martes, 4 de enero de 2011

El concepto de especie.

El mes de febrero de 2007 fue muy especial, dado que organizamos una exposición y un Workshop sobre Atapuerca, en el marco del Museo de Historia Natural de New York. Empiezo recordando esta reunión porque una de las grandes preguntas que nos hicimos al comenzar el trabajo, que duro tres días, fue plantear qué sentido tenía hablar de especies en el género Homo. ¿Era -como mantienen colegas como Tim White- que todas las especies salidas de África a partir de Homo ergaster son variabilidad de género y, por lo tanto, pertenecen a una misma rama evolutiva?

Una vez formulada la pregunta, empezaron una serie de intervenciones tanto de paleontólogos, como paleoantropólogos y arqueólogos, que en mi opinión, nos dejó a todos asombrados. Todos teníamos y tenemos claro el concepto clásico de especie; el enunciado es que pertenecen a una misma especie dos ejemplares que pueden a través de la singamia reproducirse, y su descendencia a su vez también puede hacerlo por el mismo procedimiento con un congénere.

Hasta aquí nada que decir. Estamos todos de acuerdo, pero ¿qué pasa cuando se trabaja en especimenes que son fósiles? Esto es harina de otro costal y es por eso que se acuñó lo de especie paleontológica. Esto quiere decir que una serie de semejanzas de tipo anatómico nos indican que forzosamente son de un mismo grupo y, por lo tanto, se les atribuye a una especie concreta.

Como era de esperar, la discusión se bifurcó entre los que piensan que existen muchas especies y los que consideran que esta firmación es pura invención metodológica.

Dado que no se podía verificar hasta la emergencia de las técnicas de la reacción en cadena de las polimerasas (RCP), si el aspecto y estructura morfológica eran las únicas herramientas para determinar la pertenecía o no a una misma especie, la discusión quedó en tablas, pues, por ejemplo, aún no se había secuenciado el ADN de los neandertales (un cráneo de esta especie vemos en la foto); sólo se conocía en el género Homo la secuencia completa del Homo sapiens.

Ahora sabemos que los neandertales comparten entre un 1,5 y un 4 por ciento de material genético con nosotros, los humanos anatómicamente modernos euroasiáticos. Esto quiere decir que a nivel biológico se pudieron establecer procesos exitosos de singamia entre unos y otros, o que nuestros antepasados estaban muy próximos y que genéticamente pertenecemos a una misma especie biológica, si no, no nos podíamos cruzar.

A nivel paleontológico queda claro que Homo neanderthalensis y Homo sapiens somos distintos por nuestras características anatómicas, aunque a nivel de información genética estamos próximos. Esto abre la puerta a continuar la discusión que iniciamos en Nueva York hace unos cuatro años.

Hemos de tener en cuenta que todas las clasificaciones que se basan en criterios actualistas no pueden ser aplicadas de manera automática al pasado, ya que se corre el riesgo de extrapolar información que después es aceptada como verdadera sin ser suficientemente contrastada. Otra cuestión importante es ser capaz de encontrar nuevos convenios que nos permitan avanzar y profundizar en nuestros conocimientos. En este sentido, la tecnología nos aporta un camino importante siempre y cuando se aplique de manera coherente.

¿Somos o no una misma realidad con diversidad o con variabilidad? ¿Tendremos que esperar a encontrar ADN en todas las especies para poder ahondar en esta problemática? Sea como fuere, lo que está claro es que en ciencia las cosas cambian, a veces poco, otras mucho y que hemos de ser capaz de inferir e interpretar libres de prejuicios, nos guste o no. Solamente de esta manera la ciencia se libra del dogma, si no, no es ciencia.

Extraído de El Mundo