miércoles, 9 de marzo de 2011

Arqueología molecular.

Nuevas técnicas de análisis químico están ayudando a entender el pasado.

En el siglo XII, los contactos con el mundo árabe permitieron que llegaran a Europa, sobre todo a las penínsulas ibérica e itálica, sus conocimientos astronómicos, las traducciones de Aristóteles y los avances médicos de Avicena. Pero también nos llegó la extraña creencia de que el polvo de momia servía para curar muchos males, úlceras, huesos rotos, epilepsia o dolor de muelas, además de tener poder afrodisíaco.
 
El médico del rey de Navarra, Gui de la Fontaine, realizó en 1564 un viaje a Alejandría en el que descubrió que la demanda de momias era tan alta que lo que vendían los egipcios eran cadáveres modernos envejecidos. Lo curioso es que esas falsificaciones llegaron hasta los museos. Por ejemplo, en el museo Arqueológico Nacional hay expuesta una momia falsa. No engañan a nadie, a su lado hay una radiografía en la que se demuestra que no contiene un cadáver sino una tabla. ¡Una tabla! Pero en su momento cayeron en la trampa, como también lo hicieron en el museo Darder de Banyoles donde hay otra falsa momia.
 
Para descubrir la falsedad, en los dos casos se ha acudido a la radiografía; pero ésta no es la única ayuda que prestan las ciencias duras a la arqueología. Hoy resulta muy habitual utilizar el método del carbono-14 para evaluar la edad de los restos arqueológicos orgánicos -la tela de una momia, o los restos de cenizas de un fuego de una cueva habitada hace miles de años-. Los dueños de los restos han sido muy reacios en muchas ocasiones a permitir a los científicos hacer sus pruebas, pues la mayor parte de las veces exigían grandes trozos del material y casi todas ellas -con la excepción de los rayos X y alguna más- eran destructivas. Pero eso está cambiando a velocidades increíbles. Hoy, una ínfima parte de un resto de una momia, una millonésimas de gramo, permite conocer si tenía alguna enfermedad hereditaria, si era hijo de quien se dice, etc. Pero no se trata tan solo de momias. Por ejemplo, en la famosa tumba del Rey Midas, en Anatolia occidental, había jarras con restos de pan, que en aquellos tiempos se usaban a modo de cuchara por lo que en ellos quedaban residuos de la comida. Utilizando las modernas técnicas de análisis se ha llegado a descubrir que en su fiesta funeraria se sirvieron lentejas picantes y estofado de oveja o cabra.
 
Basta con lo que contiene un poro de una jarra de barro para saber si ha contenido vino, cerveza u otra cosa. La bioquímica se ha convertido en una herramienta indispensable de la arqueología.
 
Extraído de Diario Vasco