martes, 19 de abril de 2011

Lewis Binford, cofundador de la nueva arqueología.

El obituario de un arqueólogo no es siempre tan entretenido desde el punto de vista de la aventura como los de Howard Carter, Arthur Evans o Leonard Woolley. No todos los arqueólogos, han tenido vidas tan excitantes (en lo público al menos), realizando hallazgos tan sensacionales como esos tres excepcionales personajes, descubridores respectivamente de la tumba de Tutankamón, el palacio de Cnossos y los sepulcros reales sumerios de Ur. Lo que no significa que otros no hayan sido tan importantes o más que esos nombres para la ciencia arqueológica. Es el caso del estadounidense Lewis Binford (Norfolk, Virginia, 1930), fallecido el día 11, en cuya trayectoria no encontramos hallazgos sensacionales sobre el terreno, pero cuyo trabajo teórico ha sido fundamental en el avance de la arqueología moderna.
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Binford, al que Scientific American ha considerado el arqueólogo más influyente de su generación, fue uno de los fundadores en la década de los sesenta de la New Archaeology anglosajona, la nueva arqueología, un movimiento que trató de romper con las tradiciones a su juicio obsoletas de la disciplina y equipararla con las otras ciencias dotándola de una nueva panoplia de herramientas teóricas.
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Es difícil entrar en profundidad en los conceptos de la nueva arqueología, que ha sido acusada de hermetismo incluso por colegas de profesión. Básicamente fue una reacción contra la arqueología europea clásica a la que acusaban de demasiado empírica -en exceso ligada a la cronología estratigráfica-, indisciplinada y falta de sistema científico y cuerpo teórico. Limitada a clasificar y describir, obsesionada con los hallazgos y los yacimientos estrella, según los críticos, la arqueología tradicional había renunciado a crear un método científico de altos vuelos.
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Claves en la nueva arqueología son ideas como el evolucionismo cultural -en oposición al difusionismo de las innovaciones o cambios-, el materialismo determinista (los aspectos materiales son determinantes para la estructuración de las prácticas sociales), o la traducibilidad, la extrapolación del comportamiento de los pueblos primitivos actuales a las sociedades del pasado. Binford utilizó su profunda experiencia en el campo de la antropología -que para él tenía que enriquecer a la arqueología- y aplicó al estudio de las sociedades prehistóricas sus conocimientos adquiridos en el trabajo de campo etnográfico con los esquimales nunantiut de Alaska, bosquimanos del Kalahari o aborígenes australianos (etnoarqueología).
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Hombre de carácter, a Binford sus detractores le han afeado pecar de dogmatismo y hasta de practicar el juego sucio en la interpretación del musteriense (!), que ya es acusación.
Binford, pese a su gran dimensión como teórico, tiene una biografía notable, de las que nos gustan, vamos: de joven trabajaba como albañil -decía que eso le había ido muy bien luego para hacer de arqueólogo- hasta que fue reclutado durante la II Guerra Mundial. Se reveló un hacha para los idiomas así que, tras aprender japonés, lo enviaron al cuartel general de MacArthur para interrogar prisioneros. Le encargaron la tarea de comunicar a los habitantes de la conquistada Okinawa que sus familiares habían caído en manos de los estadounidenses y estaban vivos, así que se hizo muy popular. Allí colaboró con los historiadores en la documentación de las antiguas tumbas que aparecían: su primer contacto con la arqueología. Luego ingresó en la universidad e inició su sonada carrera académica, jalonada por enfrentamientos con defensores de la vieja arqueología.
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Aparte de sus muchos premios científicos, Binford fue especialmente homenajeado el año pasado por la Unión Internacional de Astronomía, que dio su nombre a un asteroide.
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Extraído de El País