martes, 3 de abril de 2012

El poblado fenicio del Castillo de Doña Blanca.


El arqueólogo, sumido en su tema de investigación, sueña y anhela hallar el yacimiento que le proporcione los datos necesarios para analizar la etapa histórica que quiere reconstruir mediante todos los elementos posibles de análisis. Cuando cree que ha encontrado lo que buscaba, siente una inmensa satisfacción y un deseo compulsivo de ver lo pretendido y poseerlo, que sólo puede comprender quien esté en una situación similar. Es lo que me ocurrió cuando en una tarde calurosa del mes de mayo de 1979, en la Universidad Autónoma de Madrid, en la última clase del curso, un alumno gaditano, ante mi pregunta de dónde se podría excavar para investigar los inicios de la presencia fenicia en Cádiz, me indicó que conocía un montículo artificial en El Puerto de Santa María donde había recogido materiales fenicios. El lugar es el Castillo de Doña Blanca, del que no había oído nunca hablar ni leído alguna noticia publicada. Y, a partir de ese día, comenzó una historia que dura hasta hoy. Es tan larga la historia, es tan poco el espacio que tengo para escribirla, que sólo referiré una mínima parte de ella, la de su situación y su espacio. Dejo para otra ocasión otros temas de interés. Merece volver sobre ello.
Se sitúa la ciudad, sin nombre todavía, al pie de la Sierra de San Cristóbal, una espina dorsal alargada que separa el mar de la rica campiña. Los primeros fenicios que navegaron a Occidente se asentaron en la isla gaditana y poco después, en tiempo tan escaso que no es fácil precisarlo, eligieron la sierra para construir una ciudad y permanecer por siempre. Un lugar idóneo para sus embarcaciones, para divisar a lo lejos, y en todas las direcciones, al enemigo o al amigo, vigilantes en la cima de la sierra, con abundante agua dulce, piedra y madera para sus construcciones y muy cerca de la campiña, excelente para el cultivo. Un lugar inmejorable para sus pretensiones. Por el flanco oriental del lugar elegido, desembocaba en ese tiempo el río Guadalete, y a sus pies se extendía la antigua línea de la costa, pues hasta ese lugar alcanzaba la bahía gaditana. Hoy el lugar se halla transformado, aunque se puede reconstruir su historia, pues el Guadalete con sus aluviones constantes durante siglos fue rellenando toda la zona delantera hasta la actual Valdelagrana y él mismo discurre, serpenteando entre ellos, hasta desembocar en El Puerto de Santa María. También ha desaparecido la masa forestal, de pinos, olivos y encinas, que se erguía en su entorno. Y la sierra ofrece un aspecto triste y lunar, horadada por las numerosas canteras al aire libre que en pocos años han cambiado su topografía. La ciudad, fenicia y turdetana, tan llena de acción y de historia, se abandonó a fines del siglo III a. de C. Pero los trabajos arqueológicos, con el pico y la pala y el trabajo de operarios, alumnos y arqueólogos, la han despertado de su estado durmiente. Es lo que también aportan estas investigaciones, su poder de resucitar el pasado, para quienes con su trabajo lo hacen posible y para aquellos que tienen la curiosidad y la pasión de conocer las antiguas historias. Por ello es tan excitante. El arqueólogo es, además, un resurrector, si es lícito emplear este término, quien rescata la vida del olvido.
El poblado, o la ciudad amurallada propiamente dicha, es un montículo artificial aproximadamente rectangular, junto a la antigua costa, de más de trescientos metros de este a oeste y de poco más de doscientos de norte a sur, unas siete hectáreas de extensión mal contadas, y posee de 7 a 9 metros de niveles estrictamente arqueológicos, que narran con sus restos de ciudades superpuestas una historia que abarca desde finales del siglo IX a fines del III a.C., unos quinientos años cruciales para la historia de Occidente. En su esquina sudeste se advierte un espigón alargado que conducía al puerto y a la zona portuaria -de unas 6 Ha de extensión-, con grandes naves alargadas que albergarían las embarcaciones en épocas no navegables y otras cuadrangulares para el depósito de mercancías, todo ello ceñido por una recia muralla. Por el norte, y en la falda de la sierra, se extiende la necrópolis en casi 200 Ha. Y en su punto más alto, conocido como Las Cumbres, un altar sacrificial de cazoletas de la Edad del Cobre, el lugar de habitación de la comunidad autóctona del Bronce final y zonas industriales de los siglos IV y III a.de C., entre las que se ha excavado casi por completo una zona industrial para la elaboración de vino, con sus zonas de trabajo, almacenes, santuario y la vivienda del propietario. Junto a la ciudad fenicia, en el lugar denominado La Dehesa, se esparce un poblado muy antiguo, del tercer milenio a.C., que ha proporcionado numerosas viviendas circulares. Y más restos se hallan repartidos por el entorno de la ciudad fenicia. En suma, más de trescientas hectáreas plenas de restos arqueológicos. A esto debemos añadir la ocupación en época islámica -la más antigua conocida-, desde el siglo VIII al XII-XII del Castillo de Doña Blanca, y más tarde la construcción de la ermita, confundida con una torre defensiva que da nombre al yacimiento -Castillo de Doña Blanca, que ha originado una historia romántica y de muerte- y las actividades extractivas de piedra para la construcción que han dejado numerosas canteras de pilares de extraordinaria belleza arquitectónica.
Me quedo aquí, en la descripción de los elementos que componen este extraordinario lugar histórico y arqueológico, que tanto interés despierta entre los investigadores y amantes del pasado.
Extraído de La Voz Digital