lunes, 23 de julio de 2012

El arte rupestre de la Valltorta.


El hombre es el único ser capaz de crear imágenes. Una característica que ha desarrollado su mismo origen. El primer hombre del que se tiene constancia apareció en la lejana Tanzania hace dos millones de años. No se trataba de Adán, sino de un homínido que decidió tallar una piedra para tener un utensilio con el que poder cortar la carne de los animales que se quería comer. Y es que esa es otra característica típicamente humana. Los animales pueden utilizar herramientas en un momento dado pero nunca las diseñan previamente ni las guardan con posterioridad. Ese mismo ser humano llegó un momento en que sintió la necesidad de plasmar en imágenes escenas de su vida cotidiana y fue así como surgieron las primeras pinturas rupestres que se conocen, las de Altamira, que tienen 35.000 años de antigüedad, seguidas por las francesas de Chauvet con 30.000 años y que el venerado director de cine Werner Herzog acaba de plasmar en un documental de 3D llamado «La cueva de los sueños olvidados».

Y es así como llegamos a las pinturas rupestres de la Valltorta, la expresión artística más antigua de toda la Comunidad Valenciana con unos 7.000 años de antigüedad. Este enclave, situado en el Maestrazgo castellonense, entre Cuevas de Vinromá y Tírig, cuenta con 21 abrigos que acogen diferentes pinturas rupestres, lo que le ha llevado a ser declarado Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO en 1998. Sin embargo, a pesar de ello, son muy pocos los visitantes que se acercan a contemplar esta maravilla creada por la mano del hombre.
El museo -que contiene una reproducción de uno de los abrigos mejor conservados, «La cova dels cavalls», junto con paneles explicativos de la vida y constumbres de los antiguos pobladores de estas tierras- organiza visitas a determinadas horas a los abrigos más importantes. La visita al enclave conocido como «Coves del civil» comienza las seis de la tarde y está compuesta por una familia holandesa, una pareja de Bilbao y un matrimonio suizo. El paisaje que vemos es mucho mucho menos frondoso del que se encontraron los artistas que decidieron plasmar las escenas en las que daban caza a ciervos, cabras montesas y jabalíes, animales que escasean en la zona, y que nada tienen que ver con los bisontes de Altamira. Una vez enfrente de las pinturas, el espectador tiene que realizar un gran esfuerzo de imaginación para poder distinguir las distintas figuras, pero una vez el ojo se acostumbra, se puede contemplar unas pinturas que no son sino el origen de nuestra propia historia.
El hombre es el único ser capaz de crear imágenes. Una característica que ha desarrollado su mismo origen. El primer hombre del que se tiene constancia apareció en la lejana Tanzania hace dos millones de años. No se trataba de Adán, sino de un homínodo que decidió tallar una piedra para tener un utensilio con el que poder cortar la carne de los animales que se quería comer. Y es que esa es otra característica típicamente humana. Los animales pueden utilizar herramientas en un momento dado pero nunca las diseñan previamente ni las guardan con posterioridad. Ese mismo ser humano llegó un momento en que sintió la necesidad de plasmar en imágenes escenas de su vida cotidiana y fue así como surgieron las primeras pinturas rupestres que se conocen, las de Altamira, que tienen 35.000 años de antigüedad, seguidas por las francesas de Chauvet con 30.000 años y que el venerado director de cine Werner Herzog acaba de plasmar en un documental de 3D llamado «La cueva de los sueños olvidados».
Y es así como llegamos a las pinturas rupestres de la Valltorta, la expresión artística más antigua de toda la Comunidad Valenciana con unos 7.000 años de antigüedad. Este enclave, situado en el Maestrazgo castellonense, entre Cuevas de Vinromá y Tírig, cuenta con 21 abrigos que acogen diferentes pinturas rupestres, lo que le ha llevado a ser declarado Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO en 1998. Sin embargo, a pesar de ello, son muy pocos los visitantes que se acercan a contemplar esta maravilla creada por la mano del hombre.
El museo -que contiene una reproducción de uno de los abrigos mejor conservados, «La cova dels cavalls», junto con paneles explicativos de la vida y constumbres de los antiguos pobladores de estas tierras- organiza visitas a determinadas horas a los abrigos más importantes. La visita al enclave conocido como «Coves del civil» comienza las seis de la tarde y está compuesta por una familia holandesa, una pareja de Bilbao y un matrimonio suizo. El paisaje que vemos es mucho mucho menos frondoso del que se encontraron los artistas que decidieron plasmar las escenas en las que daban caza a ciervos, cabras montesas y jabalíes, animales que escasean en la zona, y que nada tienen que ver con los bisontes de Altamira. Una vez enfrente de las pinturas, el espectador tiene que realizar un gran esfuerzo de imaginación para poder distinguir las distintas figuras, pero una vez el ojo se acostumbra, se puede contemplar unas pinturas que no son sino el origen de nuestra propia historia.
Extraído de ABC