lunes, 29 de octubre de 2012

En busca de la huella de los romanos en Cáceres.

¿Sabe que hay una lápida de dos mil años empotrada en la torre de los Golfines de Abajo? ¿Y otra embutida en la fachada del Palacio de las Veletas? Dieciséis epigrafías romanas se reparten por los lugares más insólitos porque fueron aprovechas como materiales decorativos y constructivos hace siglos. Una guía las localiza y explica.




Posiblemente hubo algún núcleo anterior, pero los orígenes conocidos de Cáceres comenzaron con la fundación de la colonia Norba Caesarina hacia el año 34 a.C. Debió ser una ciudad próspera hasta el ocaso del imperio (siglo IV d.C), porque el museo conserva hoy una de las colecciones más completas de epigrafía romana del país. Esta riqueza en inscripciones latinas tiene además una singularidad muy atractiva: existen una veintena de ellas empotradas en los muros de los palacios, embutidas en fachadas o escondidas en patios señoriales, que en su momento se trasladaron desde las necrópolis u otros puntos para utilizarse como material decorativo o constructivo. El historiador Antonio Rodríguez lleva varios años investigándolas.
De hecho, en 2007 publicó un estudio que, sin perder el rigor científico, presentaba 16 epigrafías de forma didáctica, a modo de guía y de ruta por la ciudad, bajo el títuloPaseo epigráfico por el casco antiguo de Cáceres , incluido en la serie Documentos del Museo de Cáceres. Desde entonces ha indagado en otras inscripciones, generalmente en el interior de palacios y por tanto más ocultas, que verán la luz próximamente cuando estén estudiadas al detalle. El historiador cacereño bebe de fuentes anteriores muy documentadas (Benito Boxoyo, Carlos Callejo, Claudio Constanzo, Emil Hübner...), puesto que la mayoría de las epigrafías eran ya conocidas, pero actualiza las investigaciones y las completa con su propia lectura de las inscripciones, una tarea realmente compleja.
Hallazgos sorprendentes.
Por ejemplo, la guía revela que existe una inscripción en la fachada del Palacio de los Golfines de Arriba, a cuatro metros del suelo. Pasó desapercibida durante siglos ante los ojos de miles de cacereños hasta la pasada centuria. En la Cuesta de Aldana hay otra casi inapreciable, desfigurada, que bien podría ser un ara o una lápida. Pero algunas se leen al completo, como la hallada hacia 1795 en la ermita del Espíritu Santo y empotrada en la fachada del palacio del Vizconde de Roda, en la calle Condes, ocupado en parte por el restaurante Torre de Sande. Dice así: 'Marco Accio Crescens, de 60 años, aquí yace. Séate la tierra leve. Cayo Currio Privado, con su dinero, se ocupó de hacerlo' .
Ahora bien... ¿dónde estaban originalmente estas piezas? Desde luego, ninguna de ellas en su sitio actual. Las votivas (religiosas) proceden de los campos, en algunos casos a bastantes kilómetros del casco urbano. Las funerarias de las necrópolis que en época romana estaban siempre localizadas fuera de los núcleos poblados, en torno a los caminos de acceso, por ejemplo la Vía de la Plata. De hecho, se supone que debió existir una necrópolis en la zona de la ermita del Espíritu Santo y la Huerta del Conde, ya que en ese enclave se ha hallado un buen número de lápidas funerarias. "En algún momento, por una causa u otra, se trajeron y colocaron en la parte antigua. Y es que trasladar inscripciones de un lugar a otro fue una práctica habitual en el pasado, ya se hiciera por valor decorativo o para aprovecharlas como material de construcción", recoge el historiador en su estudio.
Además, al menos tres inscripciones llegaron de fuera del territorio de la colonia de Norba Caesarina --Torreorgaz, cortijo El Sauzal y zona de Arroyo-Malpartida...--. En este sentido, destaca la magnífica colección epigráfica del Palacio del Vizconde de Roda (Torre de Sande), ya que a lo largo de los años los dueños del inmueble fueron coleccionando las inscripciones que aparecían en sus fincas diseminadas por los alrededores, que hoy adornan el patio o lucen como parte de la fachada, en total siete.
Antonio Rodríguez ya ha documentado otra media docena de epigrafías reubicadas en la parte antigua, y está inmerso en ellas para analizarlas a fondo. No es un trabajo fácil. La trascripción depende de su estado de conservación empleando las pautas del sistema Leiden. También hay que seguir su recorrido a lo largo de la historia, sus distintas ubicaciones de la mano de antiguos historiadores que a veces no coinciden en sus argumentos. "Algunas se han perdido y otras han reaparecido tras un tiempo", explica el investigador.
En definitiva, un trabajo tan complejo como apasionante que conecta a Cáceres con sus orígenes, labrados a cincel y a veces escondidos ante los ojos de todos en los muros centenarios.