lunes, 5 de noviembre de 2012

La cueva de Lascaux, el mayor museo del arte prehistórico.

En 1940, unos chicos descubrieron por casualidad, en una cueva del suroeste de Francia, un impresionante conjunto de pinturas rupestres.

Vista panorámica de la gran sala de los Toros de la cueva de Lascaux,
donde destacan grandes figuras de bóvidos.
En mayo de 1940, cuando los alemanes invadieron Francia a comienzos de la segunda guerra mundial, un profesor ya sexagenario se sumó a la oleada de parisinos que huían hacia el sur del país. Se llamaba Henri Breuil, aunque se lo conocía como abate Breuil por su condición de clérigo, y era la mayor autoridad en arte paleolítico de la época, el hombre que había explorado y calcado prácticamente todo el arte parietal que, desde el descubrimiento de Altamira en 1879, se había ido hallando en España y Francia.
Breuil abandonó París en un coche alquilado. Con él iban sus documentos científicos y una selección de sus colecciones de cráneos humanos fósiles, arte mueble y huesos grabados del Instituto de Paleontología Humana y el Museo del Hombre, donde trabajaba. Se instaló en la población de Brive-la-Gaillarde, en casa de un antiguo compañero de seminario, Jean Bouyssonie. Fue allí donde, el 21 de septiembre de 1940, un maestro retirado, Léon Laval, alcanzó a remitirle un mensaje: en su pueblo, Montignac, a unos 25 kilómetros de Brive, había aparecido una cueva con pinturas prehistóricas. Se llamaba Lascaux.

El tesoro escondido.

El nombre de la cueva procedía de una familia noble, los Labrousse de Lascaux, a la que perteneció un castillo abandonado situado cerca de Montignac. Junto al castillo había una cueva envuelta en leyendas locales. Se decía que durante la Revolución Francesa un sacerdote de la familia se había refugiado en ella y que la entrada había sido tapada para ocultar un tesoro; en realidad, el supuesto sellado quizá se debió a un corrimiento de tierras. Hasta se escuchaban misteriosos sonidos procedentes de su interior. Cuando, hacia 1920, un abeto fue derribado por una tormenta, sus raíces volcadas hicieron que quedara despejada la entrada a la gruta, pero los ganaderos de la zona la cubrieron para evitar riesgos al ganado, pues un burro desapareció en sus entrañas.
El 8 de septiembre de 1940, Marcel Ravidat, un adolescente de 17 años, y su perro Robot decidieron ir en busca del tesoro de la cueva de Lascaux. Tras mucho rondar, al final de la tarde fue el perro quien dio con un hoyo de un metro de diámetro por metro y medio de profundidad, oculto entre los matorrales. El perro se puso a escarbar en el fondo y logró abrir un orificio. Marcel arrojó piedras por el agujero y el sonido delató un hueco profundo. La noche se cernía ya sobre Lascaux y había que aplazar la exploración.
Cuatro días más tarde, Marcel volvió con tres amigos de su edad. Con un largo cuchillo de fabricación casera trabajó durante una hora para abrir un orificio por el que se introdujo de cabeza. Una vez dentro se puso a reptar con los codos, iluminando el camino con una lámpara que había fabricado él mismo (era aprendiz en un taller mecánico): una bomba de aceite de un coche con una mecha de algodón. Transcurridos seis metros cayó pozo abajo, rodando sobre nódulos de sílex. La lámpara se apagó, pero pudo recuperarla entre magulladuras y animó a sus amigos a entrar. Lo primero que encontraron en el camino fue el esqueleto del burro desaparecido. Pero esto no fue todo. Los jóvenes avanzaron unos cuarenta metros hasta llegar a una galería estrecha. Cuando levantaron la lámpara quedaron atónitos: todo el techo estaba tapizado con pinturas de caballos y toros.
Tras explorar la cueva durante dos días, los jóvenes convinieron en hablar con Léon Laval, el maestro jubilado. Al principio, Laval pensó que era una broma. Conducido al lugar, se resistió a entrar por aquel hueco, hasta que una aldeana de setenta años le dio ejemplo. Una vez dentro, Laval comprendió que era un hallazgo extraordinario y se apresuró a avisar a Breuil. Un chico, Maurice Thaon, llevó el mensaje al abate, junto con unos croquis y calcos que él mismo había trazado. Vivamente interesado, Breuil se trasladó de inmediato a Montignac. Pasó en la cueva prácticamente los tres meses siguientes estudiando las pinturas.

Joya del arte paleolítico.

Las primeras conclusiones de Breuil no se hicieron esperar. Para él, las pinturas eran del período auriñaciense (que se extiende entre 38.000 y 30.000 años atrás), y en un artículo de 1941 afirmó que Lascaux, «la Altamira francesa», «iguala como valor y como arte al de la caverna cantábrica, y, además, la explica, al modo en que un precursor puede explicar la obra de generaciones posteriores».
Pero Breuil se equivocaba en parte: los materiales asociados a la ocupación de Lascaux, aunque anteriores a los bisontes de Altamira, pintados hace entre 15.000 y 12.000 años, son magdalenienses, no auriñacienses, y se datan hace 17.000 o 18.600 años, según el análisis de una varilla de asta de reno. Se ha descubierto que en Altamira se pintaba hace más de 35.600 años, precisamente durante el auriñaciense, y que en El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria) hay signos con más de 40.800 años.
A partir de Henri Breuil, muchos estudiosos han analizado la riquísima decoración rupestre de Lascaux. Las cifras son apabullantes. En los ochenta metros de longitud de la cueva se han catalogado 1.963 unidades gráficas, entre pinturas y grabados, de las que 915, casi la mitad, son de animales, si bien sólo se identifican con precisión 615. Encontramos 364 representaciones de caballos, 90 de ciervos, unos pocos toros y bisontes... Lascaux atesora casi la décima parte de todas las manifestaciones gráficas paleolíticas inventariadas en Francia y, desde el principio, aspira, junto con Altamira, al título de capilla Sixtina del arte prehistórico.

Para saber más.

Los pintores de las cavernas. Gregory Curtis. Turner, Madrid, 2009.

Por Pedro Ángel Fernández Vega. Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, Historia NG nº 105
Extraído de National Geographic