sábado, 15 de diciembre de 2012

El enigma del cementerio colonial en Tlatelolco.

Del complejo funerario hallado en 2007 se han recuperado 137 restos que son estudiados para conocer su pasado.

En el lugar, un grupo de arqueólogos realizan el levantamiento de siete osamentas
que forman parte de un complejo funerario colonial descubierto en 2007.
Desde la entrada principal a la zona arqueológica de Tlatelolco se alcanza a ver un campamento con coloridas lonas de costal montado en la cima de la estructura conocida como el Gran Basamento. Ahí, una cuadrilla de arqueólogos, encabezados por Lucía Sánchez y Salvador Guilliem, trabajan en el levantamiento de siete osamentas que forman parte de un complejo funerario colonial descubierto en 2007.
Los esqueletos, acomodados según la tradición católica, es decir, con el cuerpo extendido, boca arriba y con los brazos cruzados sobre el pecho o el vientre, se suman a los otros 130 que fueron exhumados entre 2008 y 2009.
El complejo funerario se ubica en el centro del edificio prehispánico que el arqueólogo Salvador Guilliem propuso explorar en 1991 con el propósito de buscar un complejo arquitectónico que pudiera corroborar la hipótesis de que Tlatelolco y Tenochtitlan tenían casas para sus élites militares construidas al mismo tiempo y con la misma simbología. (En Tenochtitlan sería la Casa de las Águilas y en Tlatelolco la Casa de los Guerreros Jaguar).
"En 2007 se inició la excavación en el centro, encontré tres muros y cuando llegué a la parte central para buscar el patio de una posible habitación me llevé la sorpresa de encontrar siete cráneos.
Suspendimos la temporada pero cuando regresamos en 2008 identificamos que es una fosa común, en la cual descubrimos 130 entierros", relata el arqueólogo que desde 1987 encabeza el Proyecto Tlatelolco, que este mes celebra 25 años de exploración.
A estas 130 osamentas recuperadas entre 2008 y 2009, se suman las siete que actualmente están en proceso de exhumación, con la colaboración de un grupo de jóvenes estudiantes de arqueología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) del INAH.
Por cada gramo de tierra removida alrededor de cada uno de los esqueletos van apareciendo otros que, por cuestiones de tiempo y conservación, serán exhumados hasta el próximo año.
Según los arqueólogos, por los siete niveles de entierro localizados y la forma en que están acomodados, la población que fue enterrada en este complejo funerario comprendería a más de 200 individuos.
"Dado a como vemos el contexto, estamos proponiendo que todavía siguen enterrados más de 100 sujetos, en un espacio de 4.5 metros por 12 metros de largo en esta fosa común", precisó Guilliem.
Dentro del contexto mortuorio se han ido recuperando restos de textiles y de madera, -estos últimos sugieren que fueron enterrados en ataúdes-, además de objetos de metal, como un anillo, clavos, así como elementos cristianos, como cruces y, en la temporada anterior, un rosario.
Además, como parte del relleno del conjunto funerario también se han ido recuperado varios tepalcates, materiales constructivos, como clavos arquitectónicos rehusados, así como objetos de obsidiana y los restos de cuatro almenas. Tres de estos elementos decorativos se encuentran en restauración y actualmente los arqueólogos recuperan los fragmentos de otra. "La sacrificaron al momento de cerrar esta etapa constructiva", señala Salvador Guilliem, quien considera que las personas que excavaron la fosa común cortaron el edificio sin saber que se trataba de una construcción prehispánica.

Materiales y contexto en estudio.
Por el contexto y los materiales recuperados se considera que se trata de un entierro colonial, pero la temporalidad del complejo funerario, así como las características y las causas de la muerte de los individuos aún no está determinada.
"Son entierros coloniales porque están extendidos, con los brazos cruzados sobre el vientre y el pecho, es una costumbre católica. Pero hemos abierto la gama de hipótesis desde el siglo XVI al XIX, no estamos descartando ninguna de las posibilidades para que el análisis de todos los objetos asociados, junto con los estudios de química de suelo, nos digan exactamente qué paso", advierte el investigador.
Por ahora, explica, sólo existen una serie de hipótesis, como las que se han propuesto a partir de estudios de antropología física de las 130 osamentas ya exhumadas.
"Vieron en los huesos humanos la calidad de vida que llevó esta gente. Por ejemplo, se dice que muchos de ellos tenían problemas en la cadera, quizá tuvieron un trabajo cotidiano de estar en cuclillas. Pero con eso tenemos toda una gama de hipótesis: pudieron ser productores de sal, lapidarios o no sabemos", advierte.
"Estamos a 60%, nos falta 40% de la investigación para entonces sí poder decir e interpretar a qué periodo corresponde y qué paso".
Por su parte, la arqueóloga Lucía Sánchez comenta que el estado de conservación de las osamentas depende del lugar donde se han localizado, ya que en el siglo pasado esa área fue vía de tránsito de trenes de carga, "los que iban a Buenavista o a los Talleres de Nonoalco".
"Cuanto más arriba, más dañado está el esqueleto por la presión y por todo lo que le pasó por encima, cuanto más abajo están mejor conservados", explica Sánchez.
Además del levantamiento de los entierros, los arqueólogos han localizado parte de un piso de estuco de manufactura prehispánica. "Pudimos detectar que en la etapa tres sí hubo un complejo habitacional. Lo tenemos protegido porque hay estuco sobre la pared y puede haber pintura mural", comenta Guilliem, quien explica que "el Gran Basamento de Tlatelolco tiene la misma ubicación que la Casa de las Águilas con respecto al del Templo Mayor de Tenochtitlan".
Junto a los trabajos de exploración en esta estructura, los investigadores del Proyecto Tlatelolco, propuesto por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma en octubre de 1987, alistan la publicación de los resultados de las investigaciones realizadas en el Templo Mayor del sitio y en la estructura colonial llamada Caja de Agua.