jueves, 7 de febrero de 2013

El calendario invisible de San Claudio.

El avanzado deterioro del mensario que adorna la portada del templo de Olivares no impide observar su «riqueza» y la huella de «una sociedad urbana y artesanal».

Detalle del calendario invisible de San Claudio.

A duras penas sobreviven los escasos ornamentos que rompen la austeridad del templo románico de San Claudio de Olivares, iglesia anclada al Duero y al ceremonial de las Capas cada madrugada del Miércoles Santo. El inexorable paso del tiempo y la capilaridad y fragilidad de la arenisca que componen los canecillos de su único ábside y las ricas arquivoltas, en su tiempo policromadas, que forjan la puerta principal hace que el mensaje medieval permanezca prácticamente invisible, oculto a los no iniciados en los códigos que utilizaban los canteros para adoctrinar a unos fieles que entendían mejor la imagen que la letra.
El declive de la portada no obsta para reconocer el «interesante» mensario esculpido en sus arquivoltas. Así lo aprecia José Luis Hernando, conservador del Museo Etnográfico y uno de los mayores expertos en arte románico de todo el país. Su reciente artículo en la publicación que edita el colectivo Amigos del Románico de esta especie de «calendario en piedra» muy habitual en la Edad Media. Los paisanos de los siglos XII y XIII también dejaron constancia de su preocupación por el tiempo, la organización de las actividades en función de la época del año, el trabajo, las costumbres.
No eran estos mensarios medievales calendarios circulares como el de los mayas, sino el que empleamos en la actualidad. Cada mes del año se identificaba con un par de figuras protagonizando una labor habitual de la época. Y el de San Claudio «es un ejemplar tardío pero muy rico», característico de una época en la que «la sociedad urbana y artesanal empezaba a imponerse sobre el mundo agrario», tal y como se observa en las escenas talladas sobre la deteriorada arenisca.
Aquellos calendarios medievales como el de San Claudio hunden sus raíces en lo más profundo del mundo antiguo. En una lectura correcta de la portada de Olivares -desde la derecha siguiendo las dovelas de la arquivolta interior- vemos cómo es Juno, primer rey de la región romana del Lacio, el personaje legendario representado, «sentado a la mesa de banquete celebrando el año nuevo», refleja Hernando.
Para febrero de Olivares se encuentra en uno de los canecillos del ábside, un «rústico» o aldeano se arrima al fuego con los pies desnudos abriendo las piernas para calentarse. Un mes más tarde, en marzo, los labriegos representados, más que podar (como es habitual en otros mensarios), «parecen airear la viña y tal vez abonar», explica el experto.
Avanza el año y en la dovela del mes de abril aparece la imagen de la «Flora», que «sujeta un par de ramas, pero sobre su hombro derecho apoya también un ave y a sus pies parece arrodillarse otro personaje masculino que lleva un morral al hombro». La iglesia de Olivares refleja en mayo el habitual caballero halconero -preparado para el combate como los soldados romanos en su época- «un lebrel (un perro con habilidad para cazar liebres) alzado sobre la grupa del caballo», apunta el conservador del Etnográfico. Más tarde, ya en junio, tocaba retirar cizañas, cardos y amapolas en los campos antes de San Juan para, con el trigo ya maduro, realizar el escardillo o rozón, es decir, quitar las malas hierbas. Una escena que igualmente aparece en San Claudio.
Julio es el mes de la siega mientras que la actividad de la trilla se da en agosto. En la iglesia románica «vemos también una escena de trilla tradicional ejecutada con «tribulum», donde aún podemos intuir la imagen de un rústico dirigiendo un trillo tirado por bueyes», desgrana el conservador. Septiembre es el momento de la vendimia, que en el templo se traduce en «una vid flanqueada por dos vendimiadores» para dejar que octubre se ilustre con «el trasiego del mosto desde el odre hasta la cuba».
Para el final de año se deja la labranza y la siembra, es decir, el final de las tareas agrícolas para dar paso a la matanza del cerdo, en noviembre, y el festín navideño, en diciembre. En Olivares, «los cochinos pastan libremente en una dehesa», aunque lo habitual en los mensarios medievales era recoger la escena del vareo de la bellota, hacia donde se conducían los cerdos. Y, por último, San Claudio de Olivares recoge en diciembre otra actividad, el transporte de la leña a lomos de un borriquillo. Ahí acaba el mensario y vuelve a empezar el año, otra vez, la vida.