sábado, 16 de febrero de 2013

El palacio andalusí de Lorca aguarda su turno.

Los técnicos esperan que las obras de reconstrucción arrojen luz sobre los restos islámicos del santuario.
El muro del palacio islámico, con sus tres arcos, tal y como se encuentra en la actualidad tras los trabajos arqueológicos. 
La tradición que recoge que el príncipe Alfonso, cuando acudió hasta Lorca para incorporarla a la Corona de Castilla, en el año 1244, situó su campamento en la zona que ocupa en la actualidad el santuario de la Virgen de las Huertas, sin estar confirmada documentalmente todavía, viene cobrando visos de autenticidad en los últimos años, tras el descubrimiento de los restos de lo que fue un palacio islámico.
Los expertos no terminan de afirmarlo, porque todavía no han encontrado datos arqueológicos que lo confirmen, aunque apuntan a que son muchas las posibilidades, ya que en aquella época la utilización de palacios o almunias por los cristianos está documentada en otras ciudades como Toledo, donde la almunia real del siglo XI, situada a orillas del Tajo, conocida a partir del siglo XVI como Palacios de Galiana, siguió siendo empleada por la corona castellana.
El caso es que bajo el santuario patronal existen restos importantes de un palacio cuya construcción se sitúa a finales del siglo X y principios del XI, cuyo descubrimiento tuvo lugar en el año 2000 con motivo de las obras de consolidación en la escalera Tota Pulchra del claustro del convento franciscano.
Según los arqueólogos Andrés Martínez Rodríguez y Juana Ponce, al retirar de manera no controlada arqueológicamente los enlucidos que recubrían el muro donde estaba apoyada la escalera, en un semisótano que los frailes venían a utilizando como almacén, quedó al descubierto un muro de mampostería construido a soga y tizón, de algo más de once metros de longitud y tres y medio de altura, con tres vanos. Ese inicial hallazgo, siguió estudiándose en una segunda fase en el año 2003, con la codirección de Enrique Pérez. En esa fase se encontrò la cimentación del muro y se documentó la profundidad a la que se encontraba el pavimento del palacio.
Tras un parón de nueve años, la segunda fase de las obras de emergencia en el santuario patronal, tras los daños ocasionados por los terremotos de 2011, propiciaron un nuevo periodo de excavaciones, en el que, junto a Martínez y Ponce, también intervino la arqueóloga Ana Pujante, que posibilitaron nuevos descubrimientos, como los restos de un cuarto arco, bajo una de las capillas del templo, que apuntan a la posibilidad de que el muro continúe debajo de la iglesia.
Todas las fases de las excavaciones arqueológicas han estado directamente vinculadas a los proyectos arquitectónicos y, por tanto, sujetas a las limitaciones impuestas por los mismos.
Los únicos restos arquitectónicos documentados de este edificio están configurados por un paramento de sillería construido a soga y tizón, típico de la arquitectura califal, fechado entre finales del siglo X y comienzos del XI, con tres vanos, de los cuales se puede apreciar la morfología del arco oriental lobulado y del central, cuyo trazado de herradura apuntado es el más antiguo que se conoce en esta zona.
¿Cómo sería la residencia?
Los arqueólogos señalan que esta arquería, que debió tener en su origen hasta cinco arcos -el cuarto se encontró en las últimas excavaciones debajo de una de las capillas de la iglesia-, daba acceso a un salón del palacio. Plantean la hipótesis de que el patio del mismo se desarrollaba hacia el norte, ocupando lo que en la actualidad es el coro de la iglesia e, incluso, parte del atrio.
Las previsiones de que se redacte un proyecto para una segunda fase de la recuperación del santuario tras los seísmos, podrían permitir que continuaran las excavaciones, dado el interés de este palacio. Una técnica que podría aportar nuevos datos seria el georadar, con el que posiblemente se conseguiría averiguar si debajo de la iglesia siguen existiendo restos del mencionado palacio y así poder excavar sobre seguro.
El muro fue reutilizado en el siglo XV para la construcción de la primera ermita con lo que se introdujeron modificaciones. Así, el arco lobulado fue convertido en arco apuntado que daba acceso a esa ermita, y el arco apuntado de herradura fue cegado. Casi todos los sillares de los arcos han perdido los enlucidos y solo se conservan algunos restos con pintura roja, por lo que se conoce que la decoración del arco estaría conformada por la alternancia de franjas blancas y rojas, que recuerdan a la decoración de los arcos de la Mezquita de Córdoba.
A unos 150 metros al sur del convento franciscano, en el año 2005 y con motivo de los trabajos para la modernización del regadío, en el camino de los Chaparros se realizó una gran zanja en la que, a unos 4,30 metros de profundidad, se encontraron restos de dos muros de mampostería, datados en los siglos X y XI que se interpretan como parte de edificaciones inmediatas al palacio y vinculadas al mismo.
La profundidad en la que aparecen los restos es consecuencia de los aportes de sucesivos desbordamientos del Guadalentín que, en el transcurso de los siglos, ha elevado el nivel de las tierras, por lo que resulta difícil que se produzcan hallazgos.
Vía: La Verdad