viernes, 19 de abril de 2013

Darwin explica en sus cartas inéditas que su teoría de la evolución era como “confesar un asesinato”.


El naturalista británico Charles Darwin (1809-1882) confesó en una serie de cartas inéditas que sentía que escribir su teoría de la evolución, base de la biología como ciencia, era como “confesar un asesinato”.
Así lo reveló a su mejor amigo en unas cartas publicadas en la web de la biblioteca digital de la Universidad de Cambridge.
El naturalista mantuvo durante años correspondencia regular con el botánico inglés Joseph Hooker (1817-1911), con el que compartió algunos de sus sentimientos más privados, como la tristeza por la muerte de su nuera o sus reticencias acerca de su trabajo.
Investigadores británicos descubrieron esta especial relación entre las más de mil 400 cartas inéditas que el científico escribió y recibió a lo largo de toda su vida. Fue con Hooker con quien Darwin expuso por primera vez su revolucionaria teoría sobre el origen de las especies, que contradecía directamente a la religión, una atrevida afirmación que sólo compartió con su amigo en prueba de la confianza que le profesaba.
“Cuando llegaron los últimos rayos de luz estaba casi convencido (contrariamente a la opinión con la que comencé) de que las especies (es como confesar un asesinato) no son inmutables”, escribió el investigador con esos paréntesis desde la reclusión en la que vivió durante sus años de estudio.
Por su parte, Hooker respondía con preguntas que iniciaron un intenso debate entre ambos, aunque apoyó a su amigo firmemente ante las críticas que recibió en el debate religioso posterior a la publicación del “Origen de las Especies” en 1859.
Vía: SDP Noticias

1 comentario :

Anónimo dijo...

Me parece muy interesante, ya que el origen del Hombre, ha ido y seguirá siendo un misterio, en este caso el al contradecir a la iglesia, muchos quedaron con la duda, lo cual viene con nosotros desde el nacimiento, no cabe deuda de que era un hombre brillante para su época y un gran revolucionario.

Lo cual demuestra que al hombre prefiere creer, que pensar.