miércoles, 30 de octubre de 2013

Petra, la Ciudad Rosa del desierto jordano.

El enclave maravilla con sus edificios de piedra y sus historias caravaneras.


El camino que conduce a Petra es una sucesión de emociones cromáticas y espaciales que se van encadenando a cada paso, y no existe ciudad en el mundo que tenga una vía de acceso tan angosta y tan propicia para estimular los poderes de la imaginación. Se trata del Siq, el desfiladero que conduce a la Ciudad Rosada. Antes de entrar en él se encuentra la tumba de los Obeliscos que, coronada por cuatro de esos pilares piramidales, preludia la extravagante arquitectura de Petra.

El camino del Siq va discurriendo por el estrecho reducto, a veces casi recto, a veces en zigzag, a veces ensanchándose, a veces adelgazando súbitamente. A las impresiones que produce caminar entre dos rocas que casi se besan, se une la sinfonía de colores que emanan de la piedra como radiaciones rojas, ocres, amarillas, violáceas, grises... En su época dorada, ese camino iba acompañado por la música del agua, que circulaba por un canal tallado en la piedra que aún puede apreciarse. Para las largas caravanas que llegaban a Petra después de duras jornadas en el desierto, el rumor del agua envolviendo el desfiladero debía de representar la promesa de un mundo de delicias donde no existía la sed.

Tras más de un kilómetro por la grieta de los mil matices, el desfiladero se estrecha y se oscurece, pero es justamente entonces cuando emerge del fondo algo que al principio parece una luz rosada. Basta con dar unos pasos para advertir que lo que brilla al fondo es el Al-Khazneh, el Tesoro del Faraón, un edificio de estilo helenístico, si bien con peculiaridades nabateas, íntegramente esculpido en la roca y que pudo ser el sepulcro del monarca nabateo Aretas IV (9 a.C.- 40 d. C.). Al-Khazneh está precedido por una pequeña explanada donde paran los beduinos con sus camellos y asnos. Estos hombres del desierto –en la década de 1980 fueron reubicados en la ciudad de Wadi Musa, fuera de las ruinas– parecen los dueños del lugar y siempre están dispuestos a complacer al turista.

Antes de que Trajano anexionase Petra a la provincia romana de Arabia en el siglo II, las caravanas que cruzaban el desfiladero entraban en un vergel de casas y jardines escalonados. Veían una ciudad donde el agua, aprovechada con la sabiduría que caracteriza a los hijos del desierto –los nabateos procedían del sur de Arabia– discurría por todas partes como en la Alhambra de Granada. Hacia finales del siglo v la ciudad fue abandonada y olvidada, hasta que en 1912 la redescubrió el viajero suizo Johann Ludwig Burckhardt.

La huella de Roma.

La calzada central o Siq Exterior conduce al Teatro, donde impera la huella de Roma. Con capacidad para más de 3.000 personas, su peculiaridad es que las gradas están talladas sobre la piedra, formando una masa indistinta con la falda de la montaña. Al otro lado se alza el conjunto de las Tumbas Reales.

La Urna, panteón del rey nabateo Malachos II (40-70 d. C.), esculpido sobre la dura falda de la montaña y antecedido por una terraza con columnas, es la principal obra de las Tumbas Reales. Su interior, amplio y de resonancia grave, sobrecoge porque parece la morada de la muerte. Algo más a la derecha, se encuentran la tumba Corintia y la de Sexto Florentino, ya de época romana e igualmente esculpidas en la roca.

La impresión que produce ver desde el Teatro la sucesión de sepulcros abiertos en la roca provoca el mismo estupor que algunos conjuntos funerarios de Egipto, porque además de arte mineralizado se ve todo el esfuerzo humano que hizo posibles tan ciclópeas construcciones.

Siguiendo hacia delante y dejando atrás la curva de ballesta del Siq Exterior, aparece a la derecha la iglesia de los Papiros, pavimentada con mármol policromo, y a la izquierda la Vía Columnada junto al Gran Templo de losas hexagonales. Nos hallamos en el corazón de la Petra romana, el lugar donde hace dos mil años el griterío de los mercaderes anunciaba especias, oro y telas de Oriente.

El prisma de Qasr al-Bint.

A la izquierda, más allá de la Vía Columnada, se halla el Qasr al-Bint, uno de los pocos edificios no rupestres que quedan en pie en Petra, pues el terremoto del año 363 destruyó la mitad de la ciudad. Construido algunos años antes de Cristo, sorprende por su forma de prisma cúbico, más propio del estilo nabateo que romano.

Detrás del Qasr al-Bint sale el camino que se dirige al wadi (cauce de río) de Farasa, el suburbio más meridional de Petra, rico en toda clase de monumentos funerarios. Nada más llegar, surge una ciudad de tumbas rupestres excavadas según los caprichos de las rocas. La Renacentista y la del Frontón Partido son las primeras que salen al paso. Luego la grieta delwadi se va estrechando hasta desembocar en una escalera que concluye junto a la tumba del Soldado. Tallada con cierta tosquedad, las pilastras tienen capiteles nabateos y encuadran ventanas ciegas en las que se cobijan figuras ahora irreconocibles salvo la central, que parece la figura de un soldado romano. Otra escalera conduce hasta la tumba del Jardín, encajada entre rocas que pudieron haber acogido un pequeño vergel.

El gran templo.

Para conocer la última de las joyas de Petra, El-Deir o Monasterio, conviene regresar al final de la Vía Columnada y visitar antes el museo –conserva las pocas esculturas salvadas del furor iconoclasta musulmán– y el contiguo bar, que sirve bebidas refrescantes y comidas típicas. La costosa subida resulta mucho menos fatigosa a lomos de burro que andando, además de más vertiginosa. Al llegar frente a su gran fachada, coronada por una gigantesca urna de arenisca, el viajero descubre que en El Monasterio los nabateos también deconstruyeron la arquitectura clásica griega y conjugaron sus elementos a su manera, logrando un estilo nuevo. Ningún arquitecto griego o romano hubiese dividido el piso superior de este recinto en cinco cuerpos, una composición que le da un aire tan barroco como oriental.

Desde la amplia explanada del Monasterio resulta muy fácil alcanzar el mirador que se abre a las escarpadas y bíblicas extensiones del valle de Arabah, preludiando el desierto en el que se perdieron los pasos de Lawrence de Arabia, el legendario espía británico. La visión del desierto es fascinante y la mirada se llena de horizontes que permanecen largo tiempo en la memoria.