sábado, 9 de noviembre de 2013

El escritor peruano Sergio Vilela publica el libro “El último secreto de Machu Picchu”.

El escritor peruano Sergio Vilela acaba de publicar el libro “El último secreto de Machu Picchu”. La Revista Diners conversó con él sobre el libro y la historia personal que lo inspiró a escribirlo.
En la imagen aparece el yacimiento de Machu Pichu.
Sergio Vilela se sintió atraído por el mundo de los antiguos habitantes de Los Andes desde pequeño. La señora que trabajó por más de 15 años como nana en su casa en Lima venía de un pueblo pequeño del Cusco y hablaba quechua. “A mí de chico sus historias siempre me causaban curiosidad, en el mundo andino siempre hay un lado místico, misterioso. Supongo que eso, a nivel más personal, me generó un interés.” Cuando creció hubo nuevos encuentros que aumentaron su curiosidad. Incluso uno con un ruso que, según dijeron los medios en su momento, murió por el impacto de un rayo en un cerro cercano a Machu Picchu. Por eso no es sorprendente que, junto al historiador José Carlos de la Puente, haya escrito El último secreto de Machu Picchu, un libro que los llevó a consultar archivos en cuatro países y que Random House acaba de reeditar para Colombia, Perú y Ecuador. Diners habló con Vilela sobre el libro.
¿Cómo surgió la idea de este libro?

Bueno, hay dos etapas: la primera, un recuerdo de mi viaje escolar de grado a Machu Picchu. Me acuerdo que me fascinó la experiencia y me dejó demasiadas preguntas. Lo que me decían los guías me parecía muy llano. En ese momento no sabía que quería hacer periodismo, simplemente me quedó cierta curiosidad. Ya después, cuando trabajaba en Etiqueta Negra [una reconocida revista peruana de periodismo narrativo], leí en un periódico una noticia de un ruso al que supuestamente había matado un rayo en la punta de Huayna Picchu [una montaña contigua a Machu Picchu]. Aunque me pareció inverosímil, había una historia por contar que podía ser fascinante. Así empieza mi primera visita a Machu Picchu en plan de investigación.

¿Cómo fue el trabajo a 2 manos?

No tan difícil como parecía desde afuera. Logramos un sistema en el que yo planteaba la estructura de los capítulos a partir de la información que José Carlos había sistematizado, y que yo organizaba con la que yo había recopilado. Aunque yo también investigaba, debo decir que él llevaba la voz cantante. Lo que yo escribía pasaba después por su filtro, hacía críticas, y metía mano a la escritura porque es un historiador que, de manera atípica, escribe bastante bien. Lo más difícil fueron las negociaciones, claro, pero el respeto mutuo a nivel profesional permitió que tuviéramos un punto medio interesante.

¿Tenían algún temor al empezar a escribirlo? El Gobierno peruano no sale muy bien parado…

Yo tenía muchos temores, por eso llamé a José Carlos (risas). Además de ser amigos desde el colegio, creo que es el historiador más brillante de su generación. Aunque ya es reconocido en el Perú, en unos años seguramente será LA figura en historia.

Yo sabía mis limitaciones como periodista respecto al tiempo, al contexto, hacerlo solo habría sido un despropósito. La ventaja de José Carlos es que tiene mucho cariño por el periodismo narrativo. Él le ha dado el rigor histórico que hace que el libro esté absolutamente documentado. Recorrimos archivos en cuatro países del mundo, vaciamos todo lo que se ha producido sobre Machu Picchu y le hicimos la “traducción” al español, por llamarlo de algún modo.
Uno de los temores, debo decir, es que Machu Picchu, en el Perú, es como un botín. Quien se mete con Machu Picchu, y no es de la cofradía de los “machupichólogos”, es expulsado a pedradas. Hay temas en el libro que son definitivamente impopulares, pero, gracias a lo rigurosa que fue la investigación, nadie ha podido salir a decir que hay algo en el libro que no esté 100% aprobado. Ahora, nuestra intención no ha sido lanzarle piedras al Estado. El Estado también es un damnificado frente a la Universidad de Yale, que se lleva unas piezas. Nuestra intención ha sido, más bien, tratar de no tomar partido. Todos pierden algo en esta historia, ese es uno de los temas que atraviesan todo el libro.
¿Suponían que les iba a tomar 4 años escribirlo?

No. José Carlos me advirtió. Me acuerdo muy bien que, cuando le conté la idea del proyecto, se entusiasmó y me preguntó: “¿Tú estás seguro de lo que quieres hacer? ¡Te estás metiendo con el tema más importante en la historia peruana!” Cuando ya estábamos en medio de la investigación, José Carlos me contó, “Mira, hay documentos sobre Machu Picchu en el archivo de Yale, en Washington, en el Archivo de Indias en España, en el Cusco, en Lima y vamos a ir a todos”. Yo solo le respondí: “¿Te has vuelto loco? ¡No hay manera!” Al final fuimos a todos los sitios. Y él, con el trabajo fanático y riguroso de un historiador, creó una base de datos con 1.500 fichas de información de referencia.
Lo más interesante es que, en el proceso, aprendimos el uno del otro: para mí la sistematización que le aporta la historia al periodismo como proceso ha sido muy valiosa. Creo que José Carlos aprendió más sobre cómo contar una historia, cómo darle un sentido dramático para que el lector no se aburra en la página 2.

¿Cuál fue la mayor dificultad?

No vivir al pie de Machu Picchu. Él ya vivía en Estados Unidos y yo ya vivía en Colombia en la última parte del libro, por ejemplo. Aunque nos reuníamos, mucho trabajo fue llevado a cabo por email, por Skype… Se nos olvidó poner en los agradecimientos a la gente de Skype (risas) ¡fueron por lo menos 400 horas, días enteros! Igual, fue un poco a la manera como se hace un libro en los tiempos que corren: con gente ocupada que tiene un trabajo, que vive en diferentes partes del mundo y que tiene tiempo que le roba a su tiempo para hacer un libro, para viajar cuando puede, para investigar y para ganarse la “Beca Machu Picchu”, pues hemos invertido una buena cantidad de tiempo y de dinero propios.

¿Y la mayor sorpresa?

Varias y de diferentes tipos. La primera es que si bien el libro en el Perú fue un best seller, todo el mundo dijo, “mejor yo paso aquí de agache” y prefirió no meter el dedo en la llaga, nadie salió a decir que no estaba de acuerdo. Salvo una, Mariana Mould, ¡todo un personaje!, porque no pusimos su edad, por ejemplo, porque no dijimos que llevaba un camafeo con la foto de su marido. Salvo ella, no pasó mucho con el libro. No sabemos si tuvo relación con el hecho de que fue publicado en algún momento por El Comercio [un diario como El Tiempo] y dejó lugar para que fuera tomado como un texto de difusión sin mayor rigor periodístico e histórico.

Otra sorpresa, relacionada con la historia en sí, fue cuando estaba investigando la historia del ruso y logré hablar con alguien allegado a su familia. Cuando le dije que el ruso murió por un motivo distinto al rayo que supuestamente lo había matado, al otro lado de la línea se oyó un llanto desconsolado, pues ellos [su familia y amigos] no habían abierto el ataúd porque creían que el cuerpo estaba carbonizado. Yo fui la primera persona que le conté que no había muerto por un rayo… Fue muy raro, eso de dar una mala noticia a alguien que no conoces y está a diez mil kilómetros de distancia.
La dignidad es un elemento importante para la mayoría de los protagonistas del libro, ¿hasta qué punto fue un encuentro sorpresivo o el resultado de una clara búsqueda por parte de ustedes?

Esa ha sido la discusión de fondo con José Carlos desde hace años: de qué se trata este libro. Olvidémonos de Machu Picchu, ¿de qué trata este libro? De cómo en América latina la dignidad es un bien completamente escaso. En Colombia, por ejemplo, estamos llenos de historias donde al final a la gente lo que le importa, más allá del dinero, de un terreno, es ser parte de una historia, que la reconozcan, que le digan, “oye, sí, tú eres parte de esta historia”. ¿Cuántos falsos positivos, cuánta gente sin tierra, cuántos desaparecidos tenemos en América latina? Muchos, por montones.

Al menos en dos ocasiones hablan de la “Historia oficial”, relacionada con la cuestión de la dignidad, algo muy latinoamericano…

Completamente. Yo creo que, en ese sentido, aunque la anécdota es Machu Picchu, el tema de fondo es la dignidad, ser borrado de la historia, cómo se escribe la historia oficial, desde fuera de América latina sobre América latina. Quisimos contar la historia de Hiram Bingham, que viene a descubrir algo que ya estaba descubierto; la de una familia que reclama la propiedad [sobre Machu Picchu] y a los que tratan como a unos idiotas, como a unos locos; la historia del Perú, que pierde su legado histórico frente a una universidad estadounidense que tiene mucho dinero. La trama es como una matrioska rusa, una historia dentro de la otra donde todos al final están luchando por un pedazo de reconocimiento de su historia personal.

¿Cómo es la relación del Perú actual con su legado inca?

Hasta hace muy poco todo lo que tenía relación con lo indígena era folclórico, de segunda clase, una especie de artesanía en lugar de algo que representara una pasado común, y que solo se alababa cuando se trataba de decir cosas como Machu Picchu es peruano. Pero en las dos últimas décadas se ha transformado de manera plausible. Hay una generación, a la que pertenezco, que creció con el terrorismo, que, si pudo, se fue del país, nos quedamos los que pertenecíamos a una clase media educada, que no teníamos de otra. Entonces, el Perú empezó una transformación donde lo peruano, a partir de los 90, empieza a tener mayor valor, se reelabora el pasado peruano y se empieza a entender que la fusión de las culturas que conviven en el Perú, la japonesa, la china, la andina, la criolla, la negra es el valor más importante para el futuro. Si bien persiste la discriminación racial y el clasismo, hay también algo que está como de moda, lo cholo power, lo andino reelaborado.

¿Hasta qué punto es a través del prisma extranjero que los latinoamericanos reconocemos que tenemos aspectos para mostrar?

Creo que es una actitud latinoamericana que está cambiando con nuestra generación, creo que ya nos hemos cansado de que vengan los otros a decir qué tan buenos somos para creernos que realmente tenemos algo que mostrar o que hacer. Eso lo veo también muy nítidamente acá en Colombia, nos hemos cansado de tener solo referentes extranjeros. Y digo “nos” porque también estoy muy metido en la producción cultural [Vilela es director editorial del Grupo Planeta para el área andina] y me he preocupado mucho por intentar darle mucho más espacio a los referentes locales. Como Bingham [el descubridor oficial de Machu Picchu], llegué aquí y dije, “oye, ustedes no se han dado cuenta de esto y lo otro”, además de la mafia y los paramilitares, que eran los temas sobre los que hacíamos libros… Ahora hay mucho más por mirar. Creo que el cambio tiene que ver con una generación más global, más cosmopolita, más viajera, con Internet, con el hecho de que ahora los fenómenos culturales se pueden generar desde cualquier parte del mundo. Piensa en el gangnam style, por ejemplo, que rompió con todo, nunca habíamos tenido ningún fenómeno coreano que prendiera en todo el mundo. Eso está pasando en todos los ámbitos.

Machu Picchu fue declarado como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno en 2007. Sin embargo, como usted cuenta en el libro, la mayoría de los peruanos, ni siquiera del Cusco, no pueden ir a Machu Picchu por razones económicas. ¿Eso ha cambiado en algo la relación con Machu Picchu?
No, sigue tal cual, porque históricamente ha sido así. Justamente uno de los temas del libro es que no podemos ser tan ignorantes con el tema que supuestamente es la insignia de Perú en el mundo. No puede ser que ni siquiera los cusqueños sepan qué hace Machu Picchu ahí, no es información que circula más allá de una pequeña cofradía. A José Carlos le pasó algo increíble. Él estaba en Machu Picchu, en un programa de intercambio de estudiantes de Estados Unidos, y le estaba explicando a unos estudiantes lo que sabía de Machu Picchu… Y lo detuvo la policía, porque para ser guía en Machu Picchu debes tener una credencial, es como una cofradía, así que si no eres parte de ese club no tienes derecho a hablarle a nadie de esto. Eso, como persona, ni siquiera como peruano, me parece inaudito, un acto de ignorancia tercermundista, eso de evitar que la información circule para que la gente saque sus propias conclusiones. El libro, de algún modo, es un grito de guerra. No podemos dejar que la gente siga siendo ignorante frente a algo que, teóricamente, es patrimonio de la humanidad y del cual no sabemos nada.