jueves, 26 de diciembre de 2013

El proyecto de Chillida en Tindaya podría destruir un valioso legado indígena.

Un historiador publica en EEUU una investigación que alerta sobre los petroglifos de los guanches que desaparecerían en caso de concretarse la obra del escultor vasco en Fuerteventura.

Podomorfos de Tindaya, en el municipio de La Oliva, Fuerteventura.
El proyecto monumental para la montaña Tindaya, en Fuerteventura, no solo ha sido un quebradero de cabeza político por las enormes polémicas por presunta corrupción —con ruinosas consecuencias para las arcas públicas canarias—, sino que además podría constituir, en el caso de que se concretase alguna vez, un serio peligro la conservación de los yacimientos arqueológicos de la zona.

El investigador tinerfeño José Farrujia acaba de publicar en la filial neoyorquina de la editorial Springer su trabajo «Una arqueología de los márgenes. Colonialismo, amazigidad y gestión del patrimonio en las Islas Canarias», donde desarrolla esta idea junto con otras, como la del punto de contacto que encuentra entre la arqueología en las Islas y los problemas que se desarrollan en contextos como Alaska o incluso Canadá. 

Para Farrujia, historiador de profesión, la obra de Eduardo Chillida en Fuerteventura «no debería materializarse», por llevarse a cabo en un paraje natural y arqueológico que está protegido por ley. «Sería una obra ilegal», dice de modo concluyente, y añade que pondría en serio peligro la conservación de los yacimientos arqueológicos de la zona, «máxime teniendo en cuenta que la estructura de la montaña se vería afectada, al estar proyectado su vaciado».

El hecho de que se pretenda llevar a cabo un proyecto artístico ex novo, en un espacio protegido, pone de manifiesto «cuál es la sensibilidad que existe hacia el legado indígena: prácticamente nula», explica, porque en este caso se ha puesto en valor un determinado tipo de patrimonio, el proyecto de Chillida, «en función del atractivo turístico que puede llegar a tener».

Frente a esto, no deja de señalar que todo encierra la paradoja de anular aspectos que hacia el exterior volverían distinto y atractivo el destino canario, como es el patrimonio indígena, materializado en el arte rupestre o en fenómenos como el silbo gomero, un lenguaje hecho con sonidos distintos a las palabras.

Procedencia norteafricana.

El concepto de «amazigidad» aparece ya desde el mismo título de la obra y podría ser algo difícil de explicar al receptor no iniciado. El autor entiende que está demostrada la procedencia norteafricana de los indígenas canarios «y su relación con las poblaciones imazighen, con el ámbito amazigh de Marruecos, Túnez y Argelia».

El postulado, en este sentido, «hace referencia precisamente a esta herencia cultural, de origen norteafricano que, una vez en las islas, sufrió un proceso de adaptación y aislamiento». Esto convierte la realidad arqueológica de las Islas Canarias en «un caso extraordinario, pues el universo amazigh canario es un ejemplo único de involución (debido al aislamiento) y de adaptación a un marco insular: no existe presencia amazigh en otros contextos insulares del planeta, durante el mismo lapso temporal y con un desarrollo cultural paralelo».

Un hecho que interesa a los arqueólogos norteamericanos, señala, reside en que la arqueología isleña comparte muchas de las características y problemáticas de las denominadas «arqueologías indígenas» de Alaska y Canadá, por ejemplo, junto con dos características «fundamentales con otras arqueologías, a escala mundial: el predominio del historicismo cultural como modelo teórico y el uso de la arqueología con fines políticos de corte nacionalista».

Para Farrujia, la escasa renovación teórica de la arqueología canaria explica por qué «el discurso colonial aún está presente en la gestión del patrimonio guanche y por qué el patrimonio indígena está infra representado en comparación con el de la etapa colonial», algo que señala como otra coincidencia con Norteamérica.

Vía: ABC