sábado, 25 de enero de 2014

Las casas de la Inquisición en Toledo.

Antigua sede de la Inquisición en Toledo.
La tacharon de epítome del terror y la barbarie humana. No fue así, pero casi. Lo cierto es que forma parte de la leyenda negra de la historia española. La Inquisición que actuó en nuestro país durante cuatro siglos (del XV al XIX) en busca de la erradicación de la herejía en el seno de la Iglesia católica tuvo en Toledo uno de sus principales escenarios, por no decir el de mayor enjundia. Y es todo un experto en esta ciudad milenaria, que fue la capital del reino de los visigodos, también imperial en tiempo de los Austria, el autor que hoy nos invita a conocer los lugares donde el Santo Oficio se explayó a conciencia y trató de purgar el territorio hispano de lo que consideraba como herejes.

José Ignacio Carmona es escritor y periodista freelance. Colaborador ocasional, entre otras publicaciones especializadas, de la revista de Arte y Ensayo Symbolos es también autor, entre otros libros, de Toledo y La Mesa de Salomón: Entre Escila y Caribidis, La España Mágica o El retorno de los sabios. También es presidente de las sociedades Tarbut Sefarad, Patrimoniae (propietaria de la marca ‘Toledo Ciudad de las Tres Culturas’), o + Plural.

El Santo Oficio tuvo una sede en el centro de la ciudad de Toledo: el convento de San Juan de la Penitencia. Luego los inquisidores se marcharon a otro edificio cercano a San Marcos y en la plaza llamada hoy del Juego de la Pelota o la Emperatriz. En 1560 compraron la casa de Don Diego de Melo, Asistente de Sevilla, que lindaba con la iglesia de San Vicente. Allí estuvo el Tribunal más de dos siglos. En la Casa Profesa que era de los Jesuitas residió el Santo Oficio cuando las Cortes de Cádiz, en 1813, acordaron su supresión.

Varios puntos de la capital toledana concentran el área por donde la Inqusición actuaba a sus anchas: El Quemadero de la Vega, donde originariamente se ajusticiaban e incineraban a los condenados, la propia Catedral, escenario del que los presos salían en procesión, la plaza de Zocodover (donde se llevaban a cabo los autos de fe), o la posada de la Hermandad.

En el resto de la provincia destaca el castillo de Guadamur, que no fue otra cosa que una de las cárceles secretas del Santo Oficio. Los sótanos de Toledo no sólo sirvieron a los alquimistas y nigromantes que ejercieron allí sus artes ocultas. También para castigarles cuando la terrible Inquisición les descubría. A partir del siglo XVIII se utilizaron para la celebración de los autos de fe el convento de San Pedro Mártir y la iglesia de San Vicente.

La Inquisición en territorio español se implantó en la Corona de Castilla en 1478 por la bula del papa Sixto IV con la finalidad de combatir las prácticas judaizantes de los judeoconversos de Sevilla. A diferencia de la Inquisición medieval, dependía directamente de la monarquía, es decir, de los Reyes Católicos. Tras una nueva bula emitida en 1483, la Inquisición se extendió a los reinos de la Corona de Aragón y a los territorios de América, y se nombró Inquisidor General a Tomás de Torquemada.

Pero el Santo Oficio también se ocupó de pequeños delitos que antes eran competencia de los tribunales civiles como la brujería, la blasfemia, la bigamia, la homosexualidad, los acusados de judaizar en secreto y algunas pintorescas prácticas supersticiosas. La mayor parte de las causas castigadas se relacionaban con opiniones que se desviaban de la ortodoxia de la Iglesia, ‘proposiciones heréticas’. Otras causas más banales castigaban el comer carne en vigila, presentar denuncias falsas, ordenar misa sin ser sacerdote, almacenar libros prohibidos, prestar falso juramento o romper una imagen sagrada.

Los castigos para los condenados solían ser azotes (entre 100 y 200), clavos que atravesaban lenguas, condenas a galeras, destierros (de uno a 10 años) o incluso la cadena perpetua. La pena máxima era la ejecución del reo en la hoguera, la horca o la decapitación. Si se arrepentía se le aminoraba el martirio; entonces era estrangulado antes de enfrentarse a las llamas. Dichas ejecuciones se llevaban a cabo en lugares apartados, no así los autos de fe, que eran actos multitudinarios donde se pretendía una cierta ‘pedagogía de las masas’ siendo el fin último el escarmiento en público.

Antes de la ejecución la Inquisición se hacía valer de la tortura para que los condenados revelaran sus delitos, si es que los habían cometido, o para obtener información interesada bajo lúgubres bóvedas. Considerada más un medio que un castigo, muchos de los métodos que infligían dolor eran terribles. Ejemplos: la Doncella de hierro, la pera vaginal, la silla con pinchos, la rueda, el cepo, los hierros candentes, la cuna de Judas, la máscara infamante, la garrucha, el aplastapulgares, el potro, la toca,… a cual de todos más cruel.

Con los reos ya juzgados y sentenciados a penas de reclusión se les alojaba en las llamadas Carceles de la Penitencia. Algunas de ellas se situaban en el Arrabal o en la bajada al Cristo de la Luz de la capital toledana. La Cárcel de la Hermandad se situaba junto al mercado y la Catedral. Esta prisión fue creada en tiempos de Alfonso VIII para perseguir a los malhechores.

Las prisiones de la Inquisición eran algo más benignas que las civiles, como se desprende del encarcelamiento de Fray Luis de León, que llegó a escribir durante su cautiverio De los Nombres de Cristo. Existían tres tipos de cárceles: las públicas, que se reservaban a los que no eran acusados de delitos contra la fe, las medias, que se destinaban a los propios funcionarios del Santo Oficio, y las cárceles secretas, reservadas a toda suerte de herejes.

España fue el último país en abandonar la Inquisición. Lo hizo en 1834, bajo el reinado de Isabel II. Además de en Toledo, uno de los juicios sumarísimos realizado en tierras españolas por el Santo Oficio lleva al viajero hasta Navarra, en concreto a Zugarramurdi y sus populares brujas. La visita a Toledo también puede ser aprovechada para descubrir otros notables lugares con una importante historia detrás, como por ejemplo lo que fue la Escuela de Traductores o bien la actual sede del Museo del Ejército, situado en el no menos histórico Alcázar. Toledo es un lugar mágico.