lunes, 17 de marzo de 2014

El repicar más antiguo del mundo.

La Wamba, fundida en 1219, es desde hace dos años la campana en activo más vetusta del planeta. Ha sobrevivido a bombardeos, incendios y al rayo que cayó sobre la Catedral de Oviedo.


La Flecha. Es la última sala de la torre de la Catedral de Oviedo, justo bajo la flecha que hubo de reconstruirse en dos ocasiones. La primera en 1723 cuando un rayo la tiró, la segunda fue tras los bombardeos de la Revolución de 1934.
Para llegar hasta la Wamba es necesario subir 104 peldaños desgastados de una angosta escalera de caracol. A mitad de la torre de la Catedral, se encuentra la sala de las campanas, con las paredes de piedra oscura llenas de grafitos de peregrinos que por allí pasaron o incluso con la marca de los canteros que trabajaron la piedra. Un nombre, una fecha y poco más. Es una sala con algo de misterioso, ocupada por el tinglado, una estructura de vieja madera sin soportes sobre los muros para que la vibración del repiqueo no los deteriore. Y allí presidiendo la sala, las imponentes campanas bajo el yugo. Allí está La Wamba.
Aunque la primera referencia de la pieza aparece incluso antes de entrar en el templo religioso. En la misma puerta, tallada por Bernardo de Meana, está la Wamba en su sede primigenia, en el campanario viejo. Porque nació para la torre construida en época de Alfonso III el Magno como elemento de defensa que completaba la fortificación. Ya a finales del siglo XI, la torre vieja añadió a su función defensiva la de campanario.
Se encargó entonces una campana para la misma, una pieza que entrara por sus vanos para facilitar la colocación. «El horno tiene que encontrarse por algún lugar cercano, entre las ruinas o a lo mejor bajo la nave de la Catedral», señala Hevia, acompañado por Paco Vilares, que desde hace 21 años colabora con el arzobispado y se encarga de dar cuerda a los relojes del templo. Al ser piezas tan pesadas, lo habitual era que artesanos, normalmente itinerantes, fabricaran en los aledaños de la torre el propio horno. «Cavaban un hueco en la tierra donde realizaban un molde de cerámica y luego procedían a su fundición. De hecho hace poco, un arqueólogo encontró uno de esos hornos en el patio de San Nicolás de Bari, en Avilés», relata el sacerdote.
De aquella antigua Catedral, la única campana que se conserva es la Wamba. Data del año 1219, tiene un metro y veintidós centímetros de diámetro, su nombre obedece al de un rey visigodo y porta una inscripción en latín que narra: «Para dar honra a Dios y libertad a la Patria. Cristo nos llama. Cristo vence. Cristo impera. Cristo reina, en nombre del Señor. Amén».
Aunque la Wamba data del siglo XIII, las campanas comenzaron a utilizarse con destino litúrgico en el siglo IV al V. San Paulino de Nola, en la catedral diócesis de la región italiana de Campania, fue el primero en usarlas. «Y de ahí que se llamen nolas o campanas», explica Hevia. En la Edad Media, se les comienzan a asignar múltiples usos. En los monasterios servían para llamar a los monjes a los oficios, pero también se usaban para convocar al pueblo a misa a los actos de culto, su objetivo fundamental.
Su uso fue variando y en ocasiones también han tenido tareas civiles, como transmitir las horas del reloj. Esta es la razón por la que los ayuntamientos tienen sus propias campanas. Los toques en caso de incendios o por otras catástrofes públicas, como riadas o inundaciones, también han sido usuales. Incluso se atribuían a las campanas poderes para «romper» las nubes. En algunas iglesias había siempre alguien de guardia para hacerlas sonar al primer signo de nubes y seguirlas tocando hasta que se marchasen.
Por todas esas facetas pasó la Wamba, que hasta hace apenas unos años daba las horas a la ciudad. «Ahora su uso está más restringido para actos solemnes. Es necesario conservarla, porque que permanezca en el buen estado que tiene es increíble», reconoce el sacerdote. De hecho, su hermana en la torre de la Catedral, la Santa Cruz, está jubilada tras sufrir un mordisco por una bomba lanzada hacia el templo religioso durante la Revolución del 34.
A la torre alta.
Con la construcción de la torre alta de la Catedral, la Wamba dejó su sitio para colocarse donde aún hoy permanece, pendiendo bajo un yugo junto a la Santa Cruz, fundida en 1539. Pasó allí en el siglo XVI. «Se colocó mientras se edificaba la torre, en medio del proceso de construcción», relata Hevia. Cuando los obreros llegaron a esa altura del templo religioso colocaron allí las campanas que ahora no pueden sacarse, «a no ser que rompamos los ventanales».
Desde esa estancia, la campana más antigua de las iglesias españolas sobrevivió a no pocos avatares, «porque a la Catedral le ha pasado de todo». Cuando estaba aún en proceso de construcción, el 24 de diciembre de 1521, un incendio destruyó gran parte de la ciudad. Las cercanas calles de La Rúa y Cimadevilla quedaron completamente asoladas y todo el andamiaje de madera colocado para levantar el templo religioso quedó también hecho cenizas. Por suerte, el fuego no traspaso ese andamiaje y las reliquias que se guardan en la Cámara Santa quedaron a salvo. De esa primera batalla al infortunio, la Wamba también salió indemne.
Unos años más tarde, la Catedral viviría otro de sus momentos más delicados. Un rayo cayó sobre el templo en 1723. Tan fuerte fue su fuerza que la flecha cayó y la pared de la fachadas se agrietó hasta el suelo. Hubo que reforzar la parte baja con caliza que puede apreciarse claramente y se optó por reconstruir la aguja, dándoles 15 metros más de altura y colocando varias tambores cilíndricos a su alrededor, ya de estilo neoclásico. ¿Y qué le pasó a la campana? «Tuvo mucha suerte y salió ilesa», revela Hevia.
Luego llegaría la Revolución del 34 y la Guerra Civil Española y de nuevo el templo religioso saldría mal parado de las contiendas. Una bomba lanzada desde lo alto de la localidad de Naves, desde La Grandota, derribó de nuevo la flecha y una de esas bombas dañó para siempre a la campana hermana de la Wamba, la Santa Cruz. «Hay quien todavía recuerda la imagen de la Catedral sin la flecha. Pudo restaurase el templo, pero la campana recibió un mordisco se intentó soldar pero no dio mucho éxito», revela el sacerdote. Ahora la Santa Cruz está jubilada, porque además del mordisco, «tiene una pequeña raja y si la tocamos se puede romper».
Cincuenta escalones más llevan justo a ese punto bajo la fecha, desde donde se disfrutan unas vistas privilegiadas de la ciudad y desde donde se ve esa flecha en miniatura que es la del campanario del monasterio de San Pelayo, donde también había una campana que competía por convocar a los fieles y pleitos hubo entre ambas. Ganó la Wamba, el tañido más antiguo que se oye en el mundo.
Ya no hay un encargado de tañer las campanas de la Catedral, ya nadie tiene que dormir en la sala de pesas pendiente del momento en que hacer sonar el repique que convocaba a los fieles para la liturgia, para el Conceyu o para anunciar un incendio en la ciudad. Pero aunque los toques sean mecanizados, en Oviedo las campanas siguen sonando y en días especiales, para actos solemnes de especial relevancia, la que se escucha es la campana más antigua de cuantas permanecen en activo de todo el mundo: la Wamba.
Hace dos años se jubilaron dos campanas del siglo XI que funcionaban en el condado de Armagh, en Irlanda del Norte. Las piezas se desmontaron y se llevaron a un museo. Desde entonces, la de Oviedo es la más vetusta de cuantas cuelgan en los campanarios. «Hay campanas más antiguas, pero están en museos. Por ejemplo en Córdoba existe una del siglo IX de la época árabe, pero no está en funcionamiento. Según los datos que tenemos, la Wamba es la más antigua», cuenta el sacerdote José María Hevia. Fundida en 1219, ha sobrevivido a un incendio, al rayo que destruyó la aguja de la Catedral y a los bombardeos de la Revolución del 34 y de la guerra civil.