viernes, 21 de marzo de 2014

Los secretos de la cueva de Hornos de la Peña.

El director del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, Roberto Ontañón explica la identidad de la cueva que se abrirá en verano a visitas especiales.

Una de las imagénes de detalle del caballo del vestíbulo de la cavidad. / Pedro Saura
Dotada de un amplio vestíbulo bien orientado y estrechos pasajes interiores que se prolongan varias decenas de metros, Hornos de la Peña alberga un conjunto de arte parietal modesto en sus dimensiones, aunque muy abundante en valores artísticos, ya que contiene uno de los conjuntos de grabados más completo de la región Cantábrica.

Fue una cueva adecuada para la habitación humana durante los tiempos paleolíticos y también en la Prehistoria reciente, como atestiguan los diferentes niveles que constituyen la secuencia estratigráfica depositada en la entrada y el primer tramo de galería que la sigue. 

De aquí procede una de las piezas «mayores» del arte mueble paleolítico de Cantabria, un frontal de caballo con representación de la parte posterior del mismo animal localizado en el nivel auriñaciense, convertido así en uno de los objetos decorados más antiguos de la región. Hoy podemos admirar esta pieza, magníficamente expuesta, en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria.

El registro parietal conocido en la zona de la entrada estaba constituido hasta hace poco por un bisonte y un caballo ejecutados con trazo profundo en tiempos arcaicos del ciclo artístico paleolítico, hace unos 25.000 años.

Recientes investigaciones han descubierto aquí otras representaciones, en este caso de ciervas muy parecidas a las que se pueden contemplar en el vestíbulo de la cueva de Chufín.

En la parte más profunda de la cueva, una treintena de motivos de estilo más reciente, plenamente magdaleniense (15.000 años antes del presente), presentan un bestiario clásico compuesto por caballos, bisontes, uros, cabras y ciervos.

Destaca entre todos, ubicado en un nicho elevado sobre el suelo de la sala, un impresionante antropomorfo; de perfil, en pie y con su brazo proyectado hacia adelante, en una actitud idéntica a la de los «orantes» de Altamira.

Su rostro indefinido, su larga cola y su deforme extremidad palmeada nos remiten a un ser de aspecto monstruoso, un híbrido a mitad de camino entre lo humano y lo bestial. La búsqueda del significado, del sentido último de este arte prehistórico, junto con la más prosaica pero no menos fructífera tarea de revisar pacientemente las paredes en busca de figuras hasta ahora desconocidas, son los empeños de los investigadores que, a no dudarlo, seguirán extrayendo lentamente sus valiosos secretos a la cueva de Hornos de la Peña.

La cueva se sitúa en terrenos del pueblo de Tarriba, en el municipio de San Felices de Buelna. La cavidad se abre en un monte calcáreo sobre el arroyo de Tejas, conocido como ‘la Peña de los Hornos’. A varias decenas de metros sobre el fondo del valle, domina un paso natural entre los valles de los ríos Besaya y Pas. Tiene una boca orientada al sur que da acceso a un amplio vestíbulo, de 11 metros de anchura y 18 de longitud. De su fondo parte una estrecha galería, de 1,5 de ancho y 21 de largo, que desemboca en dos salas más espaciosas. A partir de aquí, la cavidad continúa con varios cambios de dirección durante varias decenas de metros.

Historia de la investigación.

El yacimiento arqueológico y su arte rupestre fueron descubiertos en 1903 por Hermilio Alcalde del Río, infatigable explorador y descubridor de numerosos sitios arqueológicos en los inicios del siglo XX.

La secuencia estratigráfica del yacimiento fue documentada entre 1909 y 1910 por el Institut de Paléontologie Humaine, financiado por Alberto I de Mónaco, institución que financiará en años subsiguientes los trabajos en El Castillo.

La excavación arqueológica se desarrolló bajo la dirección de Hugo Obermaier, y profundizó en el pasillo estrecho situado a continuación del vestíbulo.

Como en el caso de El Castillo, los resultados de estos trabajos sólo fueron sumariamente publicados. La cueva se utilizó como refugio durante la Guerra Civil española, lo que conllevó un cierto deterioro de las representaciones parietales.

En las últimas décadas del siglo XX destacan los estudios del arte rupestre llevados a cabo por Peter Ucko y la revisión del yacimiento arqueológico por parte de Leslie G. Freeman, Federico Bernaldo de Quirós, Lawrence Straus y Pilar Utrilla, entre otros. En la secuencia estratigráfica documentada están representados el Paleolítico medio, el Paleolítico superior y la Prehistoria reciente, dando testimonio de ocupaciones de los períodos Musteriense, Auriñaciense, Solutrense, Magdaleniense y de la Edad del Bronce.

Contenidos artísticos.

En la cueva pueden diferenciarse con claridad dos conjuntos de arte rupestre. En el vestíbulo existen motivos realizados con grabado de trazo simple y profundo, que pueden adscribirse estilísticamente a fases antiguas del desarrollo del arte rupestre paleolítico (hace unos 25000 años); representan un bisonte, un caballo y varias ciervas, entre otros trazos no figurativos.

En la parte profunda de la cueva se ubica otro conjunto con numerosos grabados finos, macarroni (trazados digitales sobre superficies blandas) y alguna pintura negra (como un caballito), encuadrable dentro del arte magdaleniense (con unos 15.000 años de antigüedad).

Las representaciones incluyen 11 caballos, 5 bisontes, 5 uros, 4 cabras, 2 ciervos y 1 antropomorfo, junto a algunas figuras indeterminadas y trazos no figurativos.

Las visitas especiales del verano serán guiadas y tendrán una duración aproximada de 45 minutos. Por razones de conservación existe un cupo máximo de cinco/seis personas por pase. En temporada baja y media, la actual (del 16 de septiembre al 15 de junio), el horario de apertura de esta cavidad está sujeto a reserva previa.

Tras un año sujeta a visitas con cita previa, el Ayuntamiento de San Felices expresó su deseo de facilitar la entrada contando con un guía estable durante los tres meses de verano, dejando el resto del año para entradas puntuales. Serán cinco días a la semana, de miércoles a domingo, y de julio a septiembre.