jueves, 5 de junio de 2014

Los peinados en la antigua Roma.

Red capilar, Museo Palazzo Massimo alle Terme.
Tradicionalmente, los peinados más elaborados eran aquellos que mostraban las mujeres de la aristocracia, auténticos símbolos de distinción social. Los interminables padecimientos de las mujeres, que podían permanecer durante varias horas bajo las manos de sus peluqueras, las ornatrices, fueron temas muy frecuentes en la sátira romana. Empero, muchas mujeres consiguieron lucir los caprichosos peinados que imponía la moda mediante el empleo de pelucas.
Si bien es cierto que existían productos para suavizar el cabello y favorecer su crecimiento, originariamente las mujeres cuidaron sus cabellos con gran sencillez. La simplicidad del peinado republicano, con raya al medio y moño, fue sustituida en época imperial por la moda de las trenzas cruzadas sobre la frente y por el empleo de elegantes postizos. Las mujeres casadas, al igual que las vestales y las sacerdotisas, portarían un peinado conocido con el nombre de sex crines, o lo que es lo mismo, ‘seis trenzas’.
Estilos del peinado romano femenino
(Imagen extractada de A. Racinet’s, Le Costume Historique. Paris, 1878).
En lo que respecta al peinado masculino, desde un primer momento el hecho de lucir una bella melena se asociaba a las grandes virtudes masculinas. Por ende, los romanos acostumbraron a dejarse largas tanto la cabellera como la barba. Sin embargo, en época imperial y, al menos, hasta bien entrado el siglo II, se impuso la costumbre de que los hombres adultos cortaran su cabello y se afeitasen.
En época tardorrepublicana el peinado masculino se había hecho mucho más complejo, pues los cabellos cortos se comenzaron a rizar con el calmistro, un hierro candente que servía para rizar el pelo y hacer bucles.
Varrón, basándose en un documento procedente de Ardea, nos informa de que los primeros barberos o tonsores llegaron a Italia procedentes de Sicilia hacia el año 300 a.C., y que el uso de tijeras, cuchillas y pinzas era desconocido por los romanos antes de esa fecha.
Solamente los jóvenes de condición libre y aquellos esclavos que formasen parte de la servidumbre de lujo presentaban los cabellos largos. Lo normal era que los ciudadanos romanos se cortasen el pelo a una cierta altura, mientras que los galanes se hacían rizar los cabellos con hierros calientes, se perfumaban abundantemente y pasaban varias horas en el barbero.
Se considera a Escipión el Africano (236-186 a.C.) el artífice de introducir en Roma la costumbre de afeitarse a diario, y a Marco Claudio Marcelo (268-208 a.C.), el conquistador de Siracusa, como el primer romano que en las monedas aparece con la barba afeitada.
La visita al barbero era un momento poco agradable para el ciudadano romano al no existir lociones de afeitado y utilizarse únicamente agua. Por ende, los frecuentes cortes sufridos por los clientes hicieron que el barbero con experiencia fuera muy apreciado.
La primera barba de los adolescentes, lanugo, debía ser ofrecida a los dioses lares en la ceremonia de tránsito a la edad adulta. Con Adriano se puso de moda la barba larga, pues muy probablemente el emperador la llevaría así para poder camuflar la cicatriz de su barbilla. Pero poco después, con Marco Aurelio se puso de moda afeitarse la barba, costumbre que se generalizó completamente en época constantiniana. Sin embargo, existieron excepciones, pues los filósofos y quienes guardaban luto ni se cuidaban los cabellos ni la barba.
Desde el siglo IV a.C., hombres y mujeres habían adoptado la costumbre griega de teñirse los cabellos de cobrizo con el jabón cáustico, hecho de sebo y cenizas, sobre todo para ocultar las canas. La tendencia fue cambiando y entrado el siglo II, tanto hombres como mujeres se decantaron por el color rubio. En este sentido, las personas más adineradas llegaron a aplicarse incluso polvos de oro sobre el pelo o se colocaron pelucas y postizos de este color que hacían traer desde Germania y que eran muy estimadas. Por otro lado, el azul y el naranja eran los colores propios que utilizaban las prostitutas.
Gran importancia tuvieron la henna egipcia, o alheña, un tinte natural de color rojizo, y el sapo germano, elaborado con grasa de cabra y ceniza de haya.
Finalmente, la calvicie fue considerada por hombres y mujeres una marca de ignominia, y quien sufría la pérdida del cabello a causa de la edad o del abuso de los tintes recurría al capillamentum, es decir, a las pelucas fabricadas con cabello natural.