miércoles, 4 de junio de 2014

Los perfumes y los ungüentos en la antigua Roma.

Cofre en madera y marfil procedente de Capua, siglo I d.C.
Los perfumes y los ungüentos perfumados fueron artículos de lujo que gozaron de gran popularidad entre hombres y mujeres de todo el Imperio.
“Me gustan los ungüentos; son los perfumes aptos para los hombres. Los finos perfumes de Cosmo proporcionan la justa fragancia…” Marcial, XV, 59.
Utilizados originariamente con fines puramente rituales y culturales, los perfumes se obtenían de las fragancias derivadas de las plantas, las flores y las semillas. Ingredientes fundamentales eran la mirra, el incienso, el cardamomo y la canela.
Las mujeres que se perfumaban hacían llenar la boca de sus esclavas con el perfume y estas lo pulverizaban sobre sus amas. También era muy común que las mujeres se aplicasen aceites y ungüentos perfumados por los cabellos y por todo el cuerpo y que incluso perfumasen, como relata Marcial, su ropa interior y sus vestidos –Calígula se bañaba en perfume y Nerón incluso perfumaba su calzado.
Las principales factorías de perfumes, como las de Capua, se concentraban en los lugares en los que crecían las hierbas aromáticas que predominaban en cada esencia. En Roma los mejores perfumes, como e lcosmianum y el nicerotianum, se podían conseguir en las perfumerías del Velabro.
El elenco de sustancias aromáticas en torno al año 100 comprendía más de 60 tipos, y los perfumes más cotizados, como el de Judea o el telinum, el perfume favorito de Julio César, podían llegar a costar hasta dos denarios el gramo, mientras que el precio de los perfumes de tipo medio oscilaba entre los cinco y los diecisiete denarios por libra de 327 gramos (cuando, para que nos hagamos una idea, en época imperial, un trabajador agrícola recibía un salario de 25 denarios al día).
Existía una preferencia por los perfumes sutiles, especiados y relativamente dulces. Para Plinio, un perfume debía ser tal que su fragancia debía atraer sin problema a todo aquel individuo que estuviese ocupado.
En época imperial se exportaban anualmente del Medio y del Extremo Oriente conocidos esencias por un valor de cien millones de sestercios. Algunos de estos perfumes eran tan caros que la lex Oppia del 189 a.C. trató de regular su consumo y, asimismo, Tiberio reguló su importancia para no enriquecer excesivamente al Oriente.
Naturalmente, existían imitaciones muy asequibles que se vendían a las mujeres con menos recursos y a las prostitutas, a las que en ocasiones se pagaba con maquillajes y perfumes.
Se daba por supuesto que la mujer que olía bien gozaba de buena salud, si bien algunos, como Plauto o Marcial, consideraron que los perfumes demasiado intensos sólo servían para camuflar la escasa higiene personal.
Antes de vestirse, el exceso de ungüento perfumado se quitaba con el capulus y la ligula. Entre los ungüentos más preciados destacaba el conocido como ‘ungüento real’, elaborado con veinticuatro sustancias y llamado así porque lo usaba el rey de los partos, utilizado, además, como desodorante y blanqueador, y, según Plinio el Viejo, los ungüentos a base de nardos.
Para conseguir los ungüentos perfumados se hacían macerar las sustancias aromáticas en aceite caliente y posteriormente se filtraban. Así, se obtenían los aceites esenciales, mientras que las pomadas se lograban dejando macerar pétalos de rosa en grasa animal. El onfacio era un aceite ligero de oliva inmadura que se empleaba para ligar ungüentos y perfumes, y el cálamo, previa maceración en el vino, estaba presente en muchos ungüentos y aceites.