miércoles, 2 de julio de 2014

Descubren en Perú una cámara funeraria con varios miembros de la realeza wari.

Descubren en Perú un tesoro arqueológico que ha permanecido oculto durante más de un milenio: una cámara funeraria con varios miembros de la realeza wari.

La mano de un noble andino, en perfecto estado de conservación,
aún sigue aferrada a un trozo de tela mortuoria.
En la costa de Perú, a la luz del atardecer, los arqueólogos Miłosz Giersz y Roberto Pimentel Nita abren una hilera de pequeñas cámaras junto a la entrada de una antigua tumba. Selladas y ocultas durante más de mil años bajo una gruesa capa de ladrillos de adobe, albergan grandes vasijas de cerámica, algunas pintadas con figuras de lagartos y otras, con sonrientes rostros humanos. Al retirar los ladrillos de la última sala, Giersz hace una mueca. «Aquí dentro huele fatal», farfulla. Examina con atención el interior de una enorme vasija sin pintar: está llena de puparios podridos, restos de las moscas que en su día fueron atraídas por el contenido del recipiente. El arqueólogo se pone de pie y sacude de sus pantalones una nube de polvo de 1.200 años de antigüedad. En los tres años que lleva excavando este yacimiento, llamado El Castillo de Huarmey, Giersz se ha topado con un inesperado ecosistema de muerte, constituido por restos de insectos que un día se alimentaron de carne humana, serpientes que se enroscaron y murieron en el fondo de las vasijas de cerámica, o abejas africanizadas que salieron en grandes enjambres de las cámaras subterráneas y atacaron a los operarios.

Muchas personas habían advertido a Giersz de que excavar entre los escombros de El Castillo sería difícil, y casi con certeza una pérdida de tiempo y de dinero. Durante al menos un siglo los saqueadores habían perforado las laderas de la colina en busca de tumbas que contuvieran esqueletos engalanados con piezas de oro y envueltos en algunos de los tapices más bellos de la historia. La loma, a cuatro horas de viaje en coche desde Lima, al norte de dicha ciudad, era como un cruce entre la superficie de la Luna y un vertedero: surcada de agujeros, cubierta de antiguos huesos humanos y repleta de basura mo­derna (los ladrones solían deshacerse de su ropa antes de volver a casa por temor a contagiar a sus familias las enfermedades de los muertos).

No obstante Giersz, un afable inconformista de 36 años que enseña arqueología andina en la Universidad de Varsovia, estaba decidido a excavar allí de todos modos. Tenía la total convicción de que algo trascendental había sucedido en El Castillo hace 1.200 años. Por sus laderas se es­­parcían muestras de tejidos y fragmentos de cerámica de la poco conocida civilización wari, originaria de Perú, cuyo centro de poder estaba mucho más al sur. Así pues, el arqueólogo y un pequeño grupo de investigación empezaron a explorar con un magnetómetro lo que yacía en el subsuelo y a sacar fotografías aéreas con una cámara ajustada a una cometa. Las pruebas revelaron lo que a varias generaciones de saqueadores de tumbas les había pasado inadvertido: los difusos contornos de unas paredes enterradas que recorrían un promontorio rocoso en la parte meridional del enclave. Giersz y un equipo polaco-peruano solicitaron de inmediato el permiso para iniciar las excavaciones.

Aquellos contornos desdibujados resultaron formar parte de un extenso laberinto de torres y altos muros que se desplegaba por todo el extremo sur de El Castillo. Pintado en su tiempo de color rojo escarlata, el intrincado complejo parecía ser un templo wari dedicado al culto a los ancestros. Cuando en otoño de 2012 el equipo cavó bajo un estrato de sólidos ladrillos trape­zoidales, descubrió algo que pocos arqueólogos andinos habrían imaginado nunca encontrar: una tumba real sin profanar. En su interior estaban sepultadas cuatro reinas o princesas wari, al menos otros 54 individuos de alcurnia y más de un millar de objetos correspondientes a la élite de aquella sociedad, desde enormes orejeras de oro hasta cuencos de plata o hachas de aleación de cobre, todo de exquisita factura.

«Este es uno de los descubrimientos más im­­portantes de los últimos años», afirma Cecilia Pardo Grau, conservadora de arte precolombino en el Museo de Arte de Lima. El análisis de los hallazgos está arrojando nueva luz sobre esta cultura andina y su opulenta clase dirigente.

Surgidos de la nada en el valle peruano de Ayacucho hacia el siglo VII de nuestra era, los wari alcanzaron su apogeo mucho antes que los incas, en una época de sequías recurrentes y crisis medioambientales. Se convirtieron en ex­­pertos ingenieros, construyendo acueductos y complejos sistemas de canalización para irrigar sus cultivos dispuestos en bancales. Cerca de la actual ciudad de Ayacucho fundaron una boyante capital, conocida en la actualidad como Wari. En su cénit, Wari acogía a una población de nada menos que 40.000 habitantes: una urbe mayor que el París de aquel momento, que no superaba los 20.000. Desde este bastión, los señores de esta civilización expandieron sus dominios cientos de kilómetros a través de los Andes e incluso se adentraron en los desiertos costeros, forjando lo que muchos arqueólogos consideran el primer imperio de la América del Sur andina.

Los investigadores han especulado largo y tendido sobre cómo lograron los wari construir y gobernar este reino tan vasto como rebelde, si fue mediante la conquista, la persuasión o una mezcla de ambas cosas. A diferencia de la mayoría de los regímenes imperiales, carecían de un sistema de escritura y no dejaron una crónica histórica bien documentada. Pero los hallazgos de El Castillo, a unos 850 kilómetros de la capital wari, están esclareciendo muchas dudas.

Las invasiones wari en este tramo de costa se iniciaron probablemente a finales del sigloVIII. La región colindaba por el norte con la que en­­tonces era la frontera meridional de los prósperos señores mochica, y según parece carecía de líderes locales fuertes. No está claro cómo los invasores lanzaron su ofensiva, pero en una im­­portante copa ceremonial de libaciones descubierta en la tumba imperial de El Castillo se representa a unos guerreros wari armados con hachas combatiendo contra unas defensas costeras provistas de propulsores, o átlatls. Cuando la niebla de la batalla se hubo disipado, los wari habían adquirido un firme control del territorio. El nuevo señor construyó un palacio al pie de El Castillo, y con el tiempo él y sus sucesores transformaron el empinado monte en un imponente templo destinado al culto a los antepasados.

Oculta por su milenaria acumulación de piedras y sedimentos transportados por el viento, hoy El Castillo tiene el aspecto de una inmensa pirámide escalonada, un monumento construido de abajo arriba. Sin embargo, Giersz intuyó desde el principio que el complejo cultual encerraba algo más que lo que se apreciaba a simple vista, y un equipo especializado en arquitectura corroboró sus sospechas: los ingenieros wari empezaron las obras en la cima misma de El Castillo, una formación natural de roca, y fueron bajando de manera gradual. Según Krzysztof Makowski, arqueólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú y asesor científico del proyecto de El Castillo, se inspiraron en otra estructura. «En las montañas, los wari hacían terrazas agrícolas, y empezaban por arriba.» Conforme descendían, rebajaban las laderas para obtener una superposición de plataformas.

En la cima de El Castillo los constructores ex­­cavaron primero una cámara subterránea destinada a ser la tumba imperial. Cuando llegó la hora de sellarla, los peones vertieron unas 30 to­­neladas de grava y cubrieron la cámara con una capa de ladrillos de adobe. Encima levantaron una torre mausoleo, cuyas paredes rojizas podían avistarse desde muchos kilómetros a la redonda. Antes de sellar la cámara la élite wari había depositado ricas ofrendas en las pequeñas cámaras anejas al sepulcro: tejidos finamente urdidos, a los que los antiguos pueblos andinos atribuían un valor superior al oro; unas cuerdas con nudos, denominadas quipus, usadas para consignar los bienes imperiales; y partes corporales del cóndor andino, un ave vinculada a la aristocracia wari. (De hecho, uno de los títulos del emperador podría haber sido Mallku, «cóndor» en aymara.)

En el centro de la torre había una sala con un trono. En tiempos mucho más recientes, hace unos 15 años, unos saqueadores informaron a un arqueólogo alemán de que habían encontrado momias en nichos de pared. «Estamos casi seguros de que la estancia se usó para venerar a los ancestros», dice Giersz. Quizás incluso sirvió para rendir homenaje a la momia del emperador, que aún no ha sido localizada por su equipo.

A fin de poder codearse en la muerte con los miembros de la dinastía real, los nobles acotaban parcelas en la cima donde elevar sus propios mausoleos. Una vez agotado todo el espacio disponible, ingeniaron el modo de ampliarlo construyendo terrazas escalonadas en las vertientes de El Castillo y llenándolas de tumbas y torres funerarias. Tan importante era para la nobleza wari reposar eternamente en El Castillo, explica Giersz, que «empleaban a todos los trabajadores locales posibles». La argamasa seca de muchos de los muros que se han exhumado últimamente presenta huellas de manos, algunas dejadas por niños de apenas 11 o 12 años.

Cuando terminó la construcción de la necrópolis, presumiblemente en algún momento entre los años 900 y 1000 d.C., El Castillo transmitía un poderoso mensaje político a los vivos: los invasores wari eran ahora sus legítimos gobernantes. «Si quieres tomar posesión de una tierra –explica Makowski–, tienes que demostrar que tus antepasados se han integrado en el paisaje. Forma parte de la lógica andina.»

En una pequeña cámara tapiada, Wiesław Więckowski se encorva sobre un brazo humano momificado y desprende la arena de sus dedos descarnados. El bioarqueólogo de la Universidad de Varsovia ha estado limpiando esa sección de la cámara, recogiendo restos de un fardo funerario wari y buscando el resto del cuerpo. Es un trabajo lento y minucioso. Al introducir la punta de su espátula en un rincón de la sala, pone al descubierto parte de un fémur humano que es­taba alojado en el muro. Decepcionado, Więckowski arruga el entrecejo y explica que, a buen seguro, los ladrones intentaron desplazar la momia desde una estancia adyacente y literalmente la hicieron pedazos. «Lo único que podemos decir es que la momia pertenecía a un varón y que era un hombre de edad avanzada.»

Como especialista en el estudio de restos hu­­manos, Więckowski ha empezado a analizar los esqueletos de todos los individuos hallados en el interior y en las inmediaciones de la tumba imperial. Dice que el grado de conservación de los tejidos blandos en la cámara sellada era pésimo, pero que sus investigaciones están empezando a aportar datos significativos sobre las vidas y las muertes tanto de las damas de elevada alcurnia como de quienes las escoltan.

Casi todas las personas enterradas en la cámara eran mujeres adultas y muchachas que probablemente habían muerto en un lapso de apenas unos meses, lo más seguro por causas naturales. Cuando fallecieron, su pueblo les dio un trato muy respetuoso. Sus sirvientas las vistieron con túnicas y mantones exquisitos, pintaron sus rostros con un pigmento sagrado de color rojo y las engalanaron con joyas preciosas, desde unas valiosas orejeras de oro hasta delicados collares de cuentas de cristal. A continuación los encargados del duelo depositaron sus cuerpos con las piernas flexionadas, la posición habitual en los enterramientos wari, y envolvieron a cada una de ellas en una tela de grandes dimensiones para formar el fardo funerario.

El rango social, apunta Więckowski, era tan importante en la muerte como en la vida. Las difuntas de mayor abolengo –quizá reinas o princesas– fueron colocadas en tres cámaras privadas en un lado de la tumba. La más importante, de unos 60 años, yacía rodeada de extraordinarios artículos de lujo: múltiples pares de orejeras, un hacha ceremonial de bronce, una copa de plata… A los arqueólogos les fascinó su riqueza y el claro afán de ostentación. «¿Qué hacía esta dama? –se pregunta Makowski–. Tejía con agujas de oro, como una auténtica reina.»

Junto a las paredes de una gran sala común más alejada colocaron a las nobles de menor categoría. Junto a cada una, salvo escasas excepciones, dejaron un objeto del tamaño y la forma de una caja de zapatos, hecho con cañas, que contenía todos los útiles necesarios para confeccionar una tela de alta calidad. Las mujeres wari, excelentes tejedoras, producían unos paños equiparables a nuestros tapices utilizando un número de hilos incluso mayor que los tejidos en Flandes y Holanda en el siglo XVI. Las nobles enterradas en El Castillo se dedicaban a este arte.

Antes de que la cámara fuera clausurada, una comitiva subió las últimas ofrendas por las laderas de El Castillo: los sacrificios humanos, tres niños y tres jóvenes. Więckowski apunta que las víctimas eran quizá descendientes de la nobleza sometida en la conquista: «Si eres el soberano y quieres que tus súbditos se mantengan leales al nuevo linaje, les quitas a sus hijos». Los cadáveres fueron arrojados a la tumba. Luego se cerró la cámara, y en la entrada se dispusieron, a modo de centinelas, los cadáveres enfardados de un joven y una mujer de mayor edad. A ambos les habían cortado el pie izquierdo, seguramente para garantizar que no abandonarían su puesto.

Więckowski espera los resultados de los análisis de ADN y las pruebas isotópicas para averi­guar más cosas acerca de las mujeres de la tumba y su lugar de origen. Pero para Giersz todas las pruebas empiezan a perfilar un detallado cuadro de la invasión wari de la costa norte. «El hecho de que erigieran un templo importante aquí, en un terreno elevado junto a la frontera mochica, sugiere que los wari conquistaron la región y planeaban asentarse en ella.»

En una tranquila sala de trabajo del Museo de Arte de Lima, los arqueólogos de El Castillo examinan entusiasmados algunos hallazgos que les acaban de llegar. Durante las últimas semanas los conservadores han eliminado la espesa pátina negra que recubría la mayor parte de los objetos metálicos, poniendo de relieve sus relucientes diseños. Sobre un papel de celofán se pueden ver tres orejeras, cada una del tamaño de un pomo de puerta y tallada con la imagen de una deidad alada o un ser mitológico. Patrycja Prządka-Giersz, miembro del equipo, arqueóloga de la Universidad de Varsovia y mujer de Giersz, las contempla con satisfacción. Estos ornamentos, dice, «son todos diferentes, y solamente podemos evaluarlos después de las tareas de conservación».

Giersz se asoma al interior de una voluminosa caja de cartón y encuentra uno de los hallazgos más preciados del equipo: una botella de peregrino. Realizada en cerámica, pintada y decorada con esmero, reproduce la figura de un señor wari ataviado suntuosamente que navega en una embarcación de madera de balsa por unas aguas costeras rebosantes de ballenas y otras criaturas marinas. Perteneciente al selecto ajuar funerario de una reina enterrada en El Castillo, esta botella de hace 1.200 años parece recrear un episodio –entre mítico y real– de la historia de la costa norte: la llegada de un importante señor wari, tal vez el mismísimo emperador. «Así pues, estamos empezando a hilar el relato de un emperador wari que se hace a la mar en una balsa –dice Makowski con una sonrisa–, un monarca que muere en la costa de Huarmey acompañado de sus esposas.»

Por ahora solo es un «relato», una conjetura con fundamento arqueológico. Pero Giersz sigue pensando que la tumba de un gran señor wari podría estar oculta en algún lugar de este laberinto de paredes y cámaras subterráneas. Y si los saqueadores no se le han adelantado, tiene intención de encontrarla.

Imágenes de la tumba y del tesoro wari: