jueves, 31 de julio de 2014

Un insólito busto etrusco en el Museo del Louvre.

Detalle del busto conservado en el Louvre | Crédito: Rouillac.
Si has visitado el Museo del Louvre —y en especial su sección de antigüedades griegas, etruscas y romanas— en el último año, es posible que hayas quedado sorprendido por una insólita pieza con más de dos mil años de historia.
La obra en cuestión, una terracota etrusca datada hacia los siglos III y II a.C., fue adquirida por el museo en una subasta celebrada el pasado verano, y en la actualidad es una de las piezas más singulares de la colección de arte antiguo.
El busto —pues de eso se trata— mide 68 centímetros de altura y representa a un joven etrusco vestido con una toga. Hasta este punto todo sería normal, pero lo más llamativo es que el muchacho presenta una gran abertura en el abdomen a través de la cual son visibles buena parte de sus órganos internos.
Según los expertos, las vísceras fueron recreadas con mucho detalle, hasta el punto de que todas ellas pueden identificarse a la perfección: los pulmones, el corazón, uno de los riñones, los intestinos, la vejiga…
Los investigadores no parecen tener dudas sobre la utilidad de tan singular escultura. Se trataría de un exvoto, una ofrenda realizada a las divinidades etruscas con la finalidad de dar gracias por una curación o para prevenir alguna enfermedad.
En época etrusca —y en especial en los siglos III y II a.C.— fue habitual la costumbre de depositar exvotos en los santuarios o sus alrededores con esta función relacionada con la salud.
Vista completa del busto etrusco | Crédito: Rouillac.
Al igual que en Egipto y Mesopotamia, los devotos etruscos realizaban estas ofrendas en los enclaves sagrados, depositando pequeñas figurillas de terracota con la forma de pies, manos, cabezas, ojos… o cualquier otra parte del cuerpo que se deseara sanar o que ya se hubiera curado.
Este tipo de ofrendas, con representaciones de partes del cuerpo u órganos independientes, eran muy habituales. Mucho menos frecuentes eran los bustos con abertura frontal dejando ver las entrañas.
De este último tipo de piezas se conservan algunos ejemplos —uno de ellos, precisamente, se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid—, aunque en todos los casos carecen de cabeza y extremidades.
Esa es la razón, precisamente, de que los expertos hayan calificado este busto de "obra extraordinaria y sin equivalente conocido en el mundo", pues posee una cabeza con rasgos delicados y se representó con un brazo (el derecho), con la mano apoyada sobre el pecho.
Antes de su compra por parte del Louvre, la pieza había pertenecido a un médico francés, el doctor Pierre Découflé, quien dedicó varios años al estudio de ésta y otras piezas similares.
Découflé la había comprado a su vez en la década de los años 60 del siglo pasado, de modo que los arqueólogos no tienen forma de saber con seguridad cuál era el contexto original del busto ni su procedencia.
Un detalle de las vísceras | Crédito: Rouillac.
A pesar de este inconveniente, los expertos creen que podría proceder de Canino, una antigua localidad etrusca ubicada en la región del Lacio, en el centro de Italia.
A diferencia de lo que opinan hoy los historiadores, el médico galoestaba convencido de que el busto etrusco tenía una función didáctica y no religiosa. Para Découflé, la escultura es tan detallada que debió haber sido tallada después de alguna disección, y creía que quizá fue empleada para aleccionar a los aspirantes a sanadores.
Hoy en día los expertos descartan esta idea casi por completo, entre otras cosas debido a que la mayor parte de este tipo de piezas se han descubierto dentro o en las proximidades de santuarios, lo que refuerza la idea de su uso como exvotos.
En lo que sí coinciden los historiadores es en el alto grado de detalle de la representación anatómica, pese a la esquematización y a ciertas inexactitudes en algunos de los órganos. De hecho, los estudiosos creen que es posible que el artesano que dio forma a la pieza tuviera ciertos conocimientos de anatomía o hubiera asistido personalmente a alguna disección.
En todo caso, de lo que no hay duda es del interés de los etruscos por la anatomía —ya fuera humana o animal—, pues el conocimiento de las vísceras jugaba un papel importante en sus creencias religiosas, como demuestran piezas como el llamado hígado de Piacenza, un modelo en bronce de dicho órgano, procedente de una oveja, y que era usado por los arúspices con la finalidad de adivinar la voluntad de los dioses.
Vía: Yahoo