lunes, 4 de agosto de 2014

Dos mil años después la batalla continúa, ¿dónde situar Baecula?

Bailén y Santo Tomé se disputan el honor ser la cuna de un enfrentamiento entre Roma y Cartago, el primero que dirigió Escipión en la Península.
Batalla de Cannas, 216 a.C., dentro de la segunda Guerra Púnica
Bailén, el pueblo que plantó cara al ejército de Napoleón, pasó a la historia por ser el primero en resistir la invasión francesa. Ahora se encuentra de nuevo en pie de guerra para que no les arrebaten una parte de su pasado: la batalla de Baecula. Tradicionalmente se ha ubicado en el entorno de esta ciudad jienense, pero desde 2004 diversos estudios la sitúan en Santo Tomé, a unos 60 km. Esta contienda, que data del 208 a.C., ahora se libra en los despachos. Los mismos en los que se firman los acuerdos turísticos que se han asentado, según un sector crítico de los bailenenses, sobre una premisa falsa.
La batalla de Baecula se encuadra dentro de la segunda Guerra Púnica, en la que se enfrentaron el Imperio Romano –a las órdenes de Escipión el Africano– y el Imperio Cartaginés, dirigido por Asdrúbal Barca. Tras el combate, los cartagineses perdieron el control de la cabecera del Guadalquivir, por lo que se suele indicar que este fue el principio del fin de Cartago.
El enfrentamiento Roma-Cartago.
Corría el año 264 a. C. El imperio púnico-cartaginés se había ido configurando desde el siglo X y IX al norte de la actual Túnez y las islas del Mediterráneo. Era una de las dos grandes potencias de la época y vivía del comercio. Sus fuerzas navales eran las más potentes del momento, pero su ejército permanente en tierra no lo era tanto. Tenía vocación comercial más que conquistadora y, por ello, no necesitaba grandes contingentes de soldados. Mientras tanto, la República de Roma se encontraba en plena expansión y ya controlaba la Península Itálica. Su armada era menos numerosa y apenas contaba con experiencia, pero sus legiones estaba bien entrenadas y equipadas, con una importante trayectoria militar tras los dos siglos que precedieron la conquista de los territorios italianos; este sí era el ejército más poderoso de la época. Tan pronto como estuvo asentado en Italia, comenzó su expansión hacia el norte y el sur: inevitablemente se encontraron frente a frente los dos grandes imperios del momento. Las guerras, que confrontaron a Roma y Cartago durante 118 años –interrumpidos– acababan de empezar. Solo podía quedar uno, y fue Roma.
«Sucesivos tratados comerciales no lograron atemperar el creciente antagonismo de los colosos, que desembocó, primero, en guerra fría y, después, en guerra caliente: la Primera Guerra Púnica», apunta Juan Eslava Galán en su libro “Historia de España contada para escépticos”. El autor señala su admiración por los romanos, capaces de improvisar una escuadra de guerra copiando una nave enemiga que encontraron varada en una playa. Y que encima, vencieran en algunas batallas navales para terminar haciéndose con la victoria. La primera Guerra Púnica se desarrolló entre el año 264 y el 241 a. C. Cartago perdió y se vio obligado a ceder Sicilia y Cerdeña además de compensar al imperio con cuantiosas indemnizaciones.
«La fuerte indemnización de guerra que Roma había impuesto a los cartagineses y las pérdidas económicas y humanas llevó a Cartago a fijarse en las tierras del occidente, en las que la Península Ibérica se convirtió en el principal punto de referencia», señala Juan José Palao, profesor del departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad de Salamanca. Así, Amílcar Barca desembarca en Cádiz y, tras siete años, consigue dominar a los indígenas de la zona. Sus hijos continúan su misión una vez muerto su progenitor. «Carthago Nova (la actual Cartagena) rápidamente se convirtió en la principal base cartaginesa en el Mediterráneo occidental», apunta Palao.
Después de que Asdrúbal fuera asesinado, su hermano Aníbal quedó al mando del imperio cartaginés en la Península Ibérica. Tras conquistar Sagunto, el imperio romano vuelve a declararle la guerra a los cartagineses. Es el comienzo de la segunda Guerra Púnica, que se desarrolla entre los años 218 y 201 a.C. Ambos imperios llevaban años preparándose ante lo que parecía inevitable. «Cartago quería la revancha, y Roma estaba preocupada por el rearme de su rival y la pujanza que había alcanzado», señala Eslava Galán. Asdrúbal inicia su ofensiva en Italia, con gloriosas y estudiadas batallas como la de Cannas. Pero el imperio romano le devuelve el golpe en la Península Ibérica, su punto débil.
En este contexto de la Segunda Guerra Púnica se desarrolla la batalla de Baecula, en el año 208 a.C. El ejército cartaginés obedecía a las órdenes de Asdrúbal. El romano, a las de Publio Cornelio Escipión el Africano, el primer enfrentamiento a gran escala de este último tras quedar al mando de su ejército en los territorios hispanos.
La batalla de Baecula supone un hito «importantísimo» en el desarrollo de la contienda, «ya que el control de la cabecera del Guadalquivir constituía la puerta de acceso a todo el valle y el control de los recursos metalíferos. La victoria romana en este enclave permitió la penetración de estas tropas en unos territorios que hasta entonces habían controlado los cartagineses», señala Palao. Para el profesor, Baecula constituye otra prueba más del genio militar de Escipión, capaz de derrotar a un ejército superior en número y ubicado de forma ventajosa en el terreno. «Gracias a una maniobra envolvente del general romano, consiguió neutralizar al ejército cartaginés y apoderarse del campamento de Asdrúbal. Se iniciaba así la pérdida del dominio púnico en territorios peninsulares», señala Palao, que sentencia: «Si la pérdida de Carthago Nova fue un duro revés para los cartagineses, Baecula significó el principio del fin del dominio cartaginés».
La ubicación tradicional.
Los principales estudiosos, tanto nacionales como internacionales han ubicado siempre Baecula en un entorno cercano a la actual ciudad de Bailén (Jaén), pero el debate cambió cuando Arturo Ruiz, director del Centro Andaluz de Arqueología Ibérica (CAAI) y catedrático de la Universidad de Jaén, hizo públicos los datos de un estudio que aún se encuentra escribiendo: “La batalla de Baecula tuvo lugar en Santo Tomé”. Grandes titulares llenaron entonces las páginas de muchos medios, sobre todo regionales pero también locales. No era para menos: la noticia cambiaba más de dos milenios de historia.
Diez años después, los bailenenses no dan por perdida «su batalla» y se encuentran también en pie de guerra, esta vez ante la Diputación de Jaén, suplicando medios económicos para que se lleve a cabo en la zona un estudio similar al que realizó el profesor Ruiz en Santo Tomé. «Reivindicamos que se dote a Bailén de los mismos medios con que se dotó en su momento a Santo Tomé para realizar un estudio. En Bailén sí existe sustrato arqueológico de época íbera, algo que niega Ruiz, por lo que es necesario investigar también esta zona», defiende Juan Soriano, presidente del Instituto de Estudios Bailenenses (IEB). Pero, ¿qué propone Ruiz? ¿Por qué ha causado tanta polémica en un pueblo que «ya tiene otra batalla»? ¿Cómo se ha instuticionalizado tan rápido? ¿Qué otras voces pelean por hacerse oír frente a los «grandes gritos»?
Giro en la historia.
El profesor Arturo Ruiz, junto al equipo que él dirige en el CAAI se embarca en 2002 en el proyecto de investigación que tenía como fin «comprobar si lo que se había dicho de manera tradicional coincidía arqueológicamente con la realidad». Señala el profesor que «hicimos una primera prospección en el sitio que tradicionalmente se había ubicado Baecula, con resultado negativo. A partir de los historiadores clásicos Polibio y Tito Livio calculamos el movimiento que habían hecho por la noche». Lo novedoso del estudio, más allá del resultado, es su método arqueológico: «Se van registrando sobre un terreno cuadriculado de 450 hectáreas todo el material que aparece, mediante gps y se pueden interrelacionar los objetos, incluso contrastarlos con las fuentes y aclarar cuestiones que no quedaron definidas».
«El gran éxito del modelo es, no tanto el hallazgo del lugar de la batalla, sino que es aplicable a otros sitios; lo estamos desarrollando ya en Italia y presentaremos un proyecto sobre Metauro, la batalla donde muere Asdrúbal Barca. También trabajamos para reproducir la batalla de Zama, la última, que enfrenta a Aníbal con Escipión», comenta el profesor.
El movimiento del ejército está reconstruido en base a las tachuelas que iban perdiendo los legionarios, ahora recolectadas. «También hemos localizado el lugar del campamento de Asdrúbal y se han excavado las fosas de amortización», apunta. Los resultados de su estudio, que avalan la tesis «reconocida ya mundialmente», en palabras de Ruiz, son los siguientes: 6000 piezas de metal sin contar las cerámicas, de las que 2400 son del momento de la batalla. «Son los restos materiales los que nos dicen que en el año 208 a.C. allí hubo una contienda, y que sigue las trazas de lo que propusieron los historiadores romanos clásicos. Se trata de confirmar lo que dicen las fuentes a partir de los restoshallados», apunta sobre su investigación. En el próximo mes de diciembre se editará la edición del proyecto Baecula y el congreso internacional donde se presentará.
Mientras tanto, a nivel europeo ya se ha asentado esta propuesta, aunque haya algunas voces que se salgan de la corriente común. «El Consejo de Europa ha aceptado el lugar de la batalla de Baecula en el cerro de las Albahacas, y lo reconoce como una parada oficial en el Camino de Aníbal. El debate a nivel europeo y mundial está cerrado desde 2011», concluye el profesor. Pero, ¿cómo es el proceso de aceptación científica? ¿Cómo se cambian tantos años de historia? ¿Qué proceso conlleva a la consolidación de este tipo de estudios?
Para el profesor Palao, «una de las cosas buenas del debate científico sobre el mundo antiguo es que pocas veces se puede a llegar a zanjar un tema de forma definitiva». En su opinión, «que dicho enfrentamiento sea la batalla de Baeculaque narran las fuentes romanas no se puede confirmar al cien por cien, pero a tenor de los datos que presentan las fuentes, el material documentado que alude a la presencia en el lugar de tropas cartaginesas, indígenas y romanas, y la propia situación geográfica, parece muy probable que pueda tratarse de ese episodio tan decisivo de la segunda Guerra Púnica».
Por otra parte, también juegan un papel decisivo tanto las ayudas públicas como los medios de comunicación. «La perversión del propio sistema investigador español y las exigencias de una parte de la sociedad hacen que una de las formas de obtener los recursos necesarios para llevar a cabo las investigaciones sea mediante la contrapartida de los beneficios económicos o la riqueza material que puedan suponer», subraya Palao en relación a la importancia de estar presente en los medios.
Sobre esta cuestión, destaca Ruiz: «Hoy en día la investigación no se concibe como un espacio cerrado donde presentar resultados. Una parte importante son los congresos y evaluaciones, y otra esencial también es la difusión de los resultados y la transferencia al público. Este en concreto, es un tema de investigación reconocido e interesante gracias al apoyo de los medios».
Otros puntos de vista.
A pesar de la novedad que supuso el hallazgo para la comunidad científica, parece que es un tema bastante asentado. Algunos autores que se sitúan en la línea de Ruiz argumentan que el resto de atribuciones «tradicionales» de la batalla a Bailén se asienta sobre su «parecido toponímico», es decir, su similitud fonética, aunque esto no sea así. Los grandes expertos que desde el siglo XIX han estudiado la topografía de Bailén y el lugar de la batalla no se han basado en tal parecido. Por ejemplo, para Lanzeby, que escribe en 1998 sobre las técnicas guerreras de Aníbal, la causa principal de situar Baecula en Bailén es la estratégica, y lo hace después de estudiar el terreno y compararlo también con los grandes clásicos.
Alicia Canto, profesora del departamento de Prehistoria y Arqueología en la Universidad Autónoma de Madrid, publicó en 2011, a raíz de las afirmaciones de Ruiz, un artículo titulado “La batalla de Baecula no pudo ser en Santo Tomé“. Bajo ese epígrafe, que no deja lugar a dudas, aporta los argumentos que se encuentra estudiando y ampliando. Entre ellos, la cercanía a Cástulo (actual Linares, frente a los 60 km. que separan a Santo Tomé de dicha ciudad), a unas minas de plata, ser un lugar con buenas comunicaciones, estar al Oeste de Cástulo y contar con un hallazgo epigráfico expresivo del nombre antiguo.
«El profesor Ruiz es ante todo un prehistoriador, militante de la arqueología de campo. En estos casos suelen conocer menos las fuentes históricas y dar una importancia a lo mejor excesiva a los materiales mismos. En cambio, las fuentes literarias y epígrafas aportan otros puntos de vista que son importantes si se quiere estudiar la Antigüedad como un todo, y no sólo los materiales», señala la profesora en relación a los métodos –al parecer– «enfrentados» que proponen ambos. A pesar de ello, reconoce la necesidad de «ser complementarios, de no entrar en contradicción entre ellos. Porque, cuando lo hacen, como pasa en el caso de Baecula, es que uno de los dos métodos está fallando en algo», apunta.
«El estudio de los objetos es importante, pero la mayor parte de las veces carecen de cronología interna, dependen del contexto y de otros factores», señala Canto, que en su opinión, «está mal que se dé “por zanjado” un asunto que, en realidad, está muy lejos de ello». Lo que le recrimina al estudio de Ruiz es «la carencia absoluta de minas de plata en los alrededores, la topografía real, la gran dificultad de las comunicaciones con Cástulo debido al sitio “arrinconado” donde se sitúa Santo Tomé, su lejanía a dicha ciudad o la inexpresividad cronológica e identificativa de los materiales que han hallado», y señala todo esto tomando en cuenta a las fuentes literarias, que van en contra de que Baecula pueda haber estado en Santo Tomé. «Su principal problema es también que no cuentan con lo que siempre se debe cumplir cuando se propone un nombre antiguo para una ciudad moderna: que haya al menos una inscripción antigua que lo confirme. Es una regla invariable de la Geografía Histórica que rige desde siempre, aunque a él no parezca preocuparle. Y de Santo Tomé conocemos una treintena de isncripciones romanas, pero ninguna menciona la ciudad».
La profesora, por otra parte, concluye: «Baecula no tiene que estar necesariamente en Bailén, pero sí en su territorio (de eso estoy segura). El “parecido toponímico” es una simplificación y casi la principal en el caso del equipo del CAAI para descartar Bailén (junto a la inexistencia en esa zona, según ellos, de materiales propios de la segunda Guerra Púnica, lo que puedo decir directamente que no es verdad). Además, es más probable que “Bailén” derive de algo más parecido a un “Bailo” que a un “Baecula” o “Baikor”».
Indignación en Bailén.
Dejando de un lado el ámbito académico, estas últimas semanas saltaba en distintos medios una noticia curiosa: la protesta ciudadana frente a una propuesta universitaria. Aunque en cierta medida también fuera una demanda a la clase política y en concreto a la Diputación de Jaén.
Para la asociación que preside Juan Soriana, presidente del IEB, la teoría de Ruiz no es válida «porque se basa en la negación de que en Bailén y en su entorno existen restos arqueológicos de época íbera cosa totalmente falsa. Parte, en su estudio, de esa negación, una premisa errónea y, por consecuencia, el resultado del estudio es nulo». Soriano, que fue cronista oficial de Bailén, defiende, en cambio que «en el entorno de Bailén se han encontrado hasta en 23 lugares distintos restos que avalan la existencia de una batalla. El problema es que ninguna de esas zonas arqueológicas se ha investigado nunca». «Si no se conoce el lugar donde buscar los restos es normal no encontrar nada. El profesor Ruiz tendría que habernos preguntado a quienes conocemos el terreno dónde podría hallar los restos».
Sin embargo, Soriano reconoce la imposibilidad de «adjudicar» la batalla en ningún territorio, ya no solo en Bailén o en Santo Tomé: «Mientras que no exista ningún resto epigráfico, piedra escrita que diga que “este es el lugar de Baecula”, no puede poner el nombre de la batalla donde le apetezca. Al igual que tampoco se puede decir lo mismo de situarlo en Bailén».
Por otra parte, destaca también la mediatización de la que hablaba Ruiz, poniéndola en relación con el plano turístico: «Es un estudio muy mediatizado, la primera noticia ya se vincula con la promoción turística de la zona [la apuesta turística de la Diputación por la provincia de Jaén: la ruta de los castillos y las batallas]». Entre los planes del Instituto, a corto plazo está reunirse con el presidente de la Diputación, Francisco Reyes. A él pretenden presentarle un memorándum para que tenga conocimiento de sus dudas respecto a lo que se ha presentado hasta ahora y que es necesario estudiarlo más en profundidad para que aporte los medios necesarios para llevar a cabo una prospección en Bailén. Pero por si acaso ya preparan un plan B con la intención de buscar medios propios que permitan financiar el proyecto. Sin embargo, la Diputación «ya se ha implicado demasiado en el asunto», señala Soriano, promoviendo el «Camino de Aníbal» bajo un proyecto europeo, con parada en Santo Tomé.
Pocas veces una investigación académica es capaz de implicar a tanta gente tras ella, de que se interesen y organicen por algo «científico», ya no solo a nivel local. Lo bueno, tal y como apuntaba el profesor Palao, es que el proceso nunca se puede dar por cerrado, a pesar de que unos y otros (también los políticos) lo pretendan. Lo malo es que sea demasiado tarde para cuando lleguen las respuestas, pues la ciencia y la investigación necesitan tiempo para asentarse. Por ello, precipitarse puede salir muy caro cuando entran otro tipo de intereses a formar parte del tablero estratégico de esta otra batalla que hoy libran en terreno jienense un grupo de ciudadanos que no se conforma con lo que le cuentan. Que están seguros de que en su terreno hay restos íberos, porque los llevan encontrando toda su vida. Podrán estar equivocados o no, pero lo que sí es cierto es que seguirán luchando, ahora, más de dos mil años después.
Vía: ABC