sábado, 9 de agosto de 2014

El bombardeo de Almería: el día que los nazis se cebaron con los andaluces.

El acozado Scheer, fondeado en Gibraltar.
Abierta ya la mañana, una escuadrilla de rápidos bombarderos republicanos Tupolev, los llamados Katiuska, tripulados por pilotos soviéticos, partió de la base de Los Alcázares, en Murcia, y bombardeó con acertada precisión un gran buque de guerra fondeado en el antepuerto de Ibiza. Los aviadores afirmarían a su vuelta haber atacado a uno de los mayores barcos de guerra franquistas, probablemente al crucero Canarias. Un error de apreciación por parte de la fuerza aérea republicana degeneró en una escalada de represalias por parte alemana, que pudieron llegar a convertirse en una mayor implicación, más allá de los suministros que aportaban regularmente a las fuerzas golpistas. La duda estaba presente en toda su lacerante incertidumbre. Alemania podría entrometerse más a fondo en la Guerra Civil española.

El barco en cuestión se trataba de un acorazado de bolsillo alemán, el Deutschland, que incumplía la normativa del Comité de No Intervención de permanecer a un mínimo de diez millas de la costa española. La nave resultaría seriamente averiada por las bombas de cien kilos de estos fiables aviones rusos, y sus expertos pilotos se aplicarían a fondo en el ataque registrándose más de treinta muertos y setenta heridos entre sus tripulantes, casi todos ellos en el momento del ataque, reunidos en el comedor.

Hitler estaba colérico por esta ofensa y su primera intención fue bombardear el puerto de Valencia (capital provisional de la república) como represalia, pero los gerifaltes nazis le convencerían para que el ataque fuera sobre un puerto de menor relevancia. Se tomó entonces la decisión de que el crucero de bolsillo Almirante Scheer y cuatro destructores de última generación, el Albatros, Luchs, Seedler y Leopard bombardearan el prácticamente indefenso puerto de Almería.

Vista del interior de las galerías de los refugios subterráneos de Almería.
Una inmisericorde sesión de horror.

Había un gran trajín de buques de la Kriegsmarine alemana en el Mar Mediterráneo en misiones de apoyo de suministros al bando sublevado, por lo que no fue difícil reunir una fuerza naval apropiada para atacar a la ya debilitada república. A los citados buques se les ordenó dirigirse a su objetivo, para lo que se situaron ante Almería poco después del amanecer del 31 de mayo de 1937. Una sesión de horror aplicaría el Gran Lobo Feroz a la indefensa población andaluza.

El inmisericorde bombardeo alemán empezó a las 7:29 de ese día, abriendo fuego contra las baterías de costa, el puerto y sus instalaciones y cualquier barco que se encontrase dentro de él o en la bahía. Más de 200 rondas de proyectiles sembraban, con su mensaje de muerte, incendios por doquier. El bombardeo de Almería por la flota alemana se saldó con medio centenar de muertos, 55 heridos y mas de cincuenta edificios destruidos. Al contrario de lo sucedido semanas antes en Guernica, con la Legión Cóndor, los buques alemanes en ningún momento ocultaron su nacionalidad, ni pretendieron actuar como apoyo subordinado a los golpistas, sino como fuerza naval independiente del mando de los llamados “nacionales”.

Este hecho de armas contra la población civil sería muy contestado en su momento por la vesania aplicada en él. Pero la realidad era otra, Francia e Inglaterra no estaban para sobresaltos y elevarían unas quejas diplomáticas muy descafeinadas. Quiso la “providencia” que la cosa no fuera a mayores.

En aquellos duros momentos para la república, tanto el ministro de Defensa como el laureado coronel (y más tarde general), Vicente Rojo, eran partidarios de lanzar un órdago a la grande y pisar el acelerador dando una respuesta contundente a los alemanes. Rojo y sus colaboradores acatarían con disciplina, no exenta de decepción, la decisión del consejo de ministros en el que se perdería una ocasión única para los intereses republicanos. Negrín, Azaña, los comunistas (por intereses obvios) y los nacionalistas, votarían en contra de esta huida hacia adelante. Aun a sabiendas de su manifiesta inferioridad pero con una clara inspiración estratégica, buscaban la implicación de Francia e Inglaterra, lo que de haber ocurrido, habría dado un aliento de esperanza a un país en llamas, colocándonos al lado de las democracias más desarrolladas.

Lamentablemente no fue así, y una larga y asfixiante noche de cuarenta años nos privó de la necesaria luz para estar entre las naciones más avanzadas.

Las autoridades republicanas, ante la avalancha de refugiados procedentes de Málaga (alrededor de 150.000), fugitivos de la miseria y del hambre que pare el mal vientre de la guerra, del constante asedio de la aviación alemana que por aire machacaba a aquellos huérfanos de un Diós ajeno a su sufrimiento, con los barcos italianos y la marina de guerra franquista ametrallándolos sin concesiones y los repetidos bombardeos de la ciudad, por otra parte sin ningún valor estratégico, pero al tiempo muy vulnerable, decidieron construir bajo la dirección del arquitecto Guillermo Langle una larga red de túneles para proteger a la población. Todas las fuerzas políticas, sindicales, civiles y militares, se volcaron en la construcción de los cuatro kilómetros y medio financiados íntegramente por el Banco de Bilbao que adelantó dos millones de pesetas para la compra de materiales y el pago de algunos jornales, cantidad jamás recuperada dada la quiebra permanente del gobierno. Cuatrocientas toneladas de cemento y miles de voluntarios operaron el milagro que a su conclusión podría albergar en condiciones razonables hasta 35.000 personas, aproximadamente la mitad de la población almeriense, si incluimos la población flotante del momento.

Almería sería bombardeada indiscriminadamente hasta en 52 ocasiones por no haber secundado la sublevación franquista. La defensas soterradas, hoy restauradas, son un estremecedor recordatorio y una obra casi faraónica, excavada a una profundidad media de 10 metros, con 67 accesos, almacenes y un hospital perfectamente equipado, básicamente, una obra diseñada para espantar el horror. Su muñidor, el arquitecto Langle tomaría la decisión de llevar a cabo esta colosal construcción, tras rescatar de los escombros del primer bombardeo de la ciudad, los restos de una famélica madre embarazada de otra vida truncada, una niña que al parecer se iba a llamar Paz. Toda una ironía.