martes, 18 de noviembre de 2014

Un bastión medieval en las cumbres del Cáucaso georgiano.

Svaneti, enclavado en las cumbres del Cáucaso georgiano, es un reducto de aldeas remotas dominadas por seculares torres defensivas.

Los svan que viven en Ushguli –un conjunto de aldeas declaradas Patrimonio de la Humanidad– se aferran a unas tradiciones de honda raigambre. Los caballos aún ofrecen un medio de transporte fiable en una región donde apenas hay carreteras.
Los hombres se reúnen al alba junto a la torre de piedra, empuñando los cuchillos con manos encallecidas. Tras una noche de nevadas –las primeras de la temporada en Svaneti, una región situada en las alturas de la cordillera del Cáucaso georgiano– el día amanece claro y gélido como el hielo. De pronto, por encima de la aldea de Cholashi, allende las torres de más de 20 metros que dibujan su perfil ances­tral, se ve el círculo de picos de 4.500 metros que durante siglos ha aislado del resto del mundo una de las últimas culturas medievales.

Se hace el silencio cuando Zviad Jachvliani, un fornido exboxeador, conduce a los hombres –y a un toro recalcitrante– hasta un patio desde el que se domina el valle salpicado de nieve. Hoy se celebra el ormotsi, los 40 días desde el falleci­miento de un ser querido, en este caso la abuela de Jachvliani. Los hombres saben qué hacer, puesto que las tradiciones svan –sacrificios de animales, corte ritual de la barba, reyertas familiares– se observan en este confín remoto del mundo desde hace más de mil años. «Las cosas están cambiando en Svaneti –dice Jachvliani, de 31 años y padre por partida triple–, pero nuestras tradiciones resistirán. Las llevamos en los genes.»

En el patio sitúa el toro mirando hacia el este, por donde el sol ya se ha elevado sobre la corona serrada del monte Tetnuldi, cerca de la frontera rusa. Mucho antes de su cristianización en el primer milenio, los svan adoraban al sol, cuya fuerza espiritual –el fuego– sigue protagoni­zando los rituales de la zona. Cuando los hombres con cuchillos se reúnen ante él, Jachvliani vierte al suelo un chorrito de destilado casero, a modo de ofrenda a su abuela. Su anciano tío salmodia una bendición. Y entonces su primo, amparando del viento la llama de una vela, prende el pelo del toro en cuatro puntos: la testuz, el final de la columna y los dos brazuelos. Es la señal de la cruz, marcada en fuego.

Después de la bendición, los hombres enlazan una de las patas del astado e, inspirando al unísono, cuelgan a la bestia mugiente de la rama de un manzano. Jachvliani lo agarra por los cuernos mientras otro vecino desenvaina una daga afilada, se arrodilla junto al toro y, casi con ternura, le palpa el cuello en busca de la arteria.

A lo largo del curso de la historia han sido muchos los imperios poderosos –árabes, mongoles, persas, otomanos– que enviaron sus huestes despiadadas a través de Georgia, la frontera entre Europa y Asia. Pero el país de los svan, una franja de tierra escondida entre los desfiladeros del Cáucaso, resistió invicta hasta que se impusieron los rusos a mediados del siglo XIX. El aislamiento de Svaneti ha dado forma a su identidad, y a su valor histórico. En épocas de zozobra, los georgianos de las tierras bajas enviaban los iconos, las joyas y los manuscritos a las torres e iglesias de las montañas para su salvaguarda, convirtiendo Svaneti en custodio de la cultura georgiana ancestral. Los svan se tomaron muy en serio su papel de protectores; un ladrón de iconos podía acabar desterrado o, peor todavía, maldecido por una deidad.

En su bastión montañoso, las gentes de Svaneti han logrado preservar una cultura todavía más antigua: la suya propia. En el siglo I a.C. los svan, que algunos creen descendientes de esclavos sumerios, ya se habían ganado a pulso la fama de fieros guerreros, como se lee en la obra del geógrafo griego Estrabón. Para cuando llegó el cristianismo, alrededor del siglo VI, la cultura svan tenía una fuerte raigambre: un idioma propio, una música propia y complejos códigos de caballería, venganza y justicia comunal.

Si de aquella sociedad no quedasen más que los dos centenares de torres de piedra que se yerguen sobre las aldeas svan, ya de por sí sería impresionante, pero esas fortalezas, levantadas en su mayoría entre los siglos IX y XIII, no son emblemas de una civilización perdida, sino los signos más visibles de una cultura que ha resistido casi milagrosamente el paso de los siglos. Los que aún residen en el Alto Svaneti, hogar de algunas de las aldeas más elevadas y aisladas del Cáucaso, se aferran a sus tradiciones de canto, luto, celebración y defensa a ultranza de la honra familiar. «Svaneti es un museo etnográfico viviente –dice Richard Bærug, un erudito y hospedero noruego enfrascado en la tarea de salvar el svan, un idioma primordialmente oral que muchos expertos consideran anterior al georgiano–. En ningún otro lugar se mantienen como aquí las costumbres y los rituales del me­dievo europeo.»

¿Qué ocurre, sin embargo, cuando la Edad Media se topa con el mundo moderno? Desde los últimos coletazos del dominio soviético, hace un cuarto de siglo, miles de svan se han desplazado a cotas más bajas de Georgia huyendo de la pobreza, los conflictos, las catástrofes naturales y las bandas criminales. En 1996, cuando la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad el conjunto más elevado de aldeas svan, Ushguli, la solitaria y sinuosa carretera que se adentra en Svaneti estaba tan a merced de los bandidos que apenas hubo quien osara recorrerla. Las fuerzas de seguridad desarticularon las bandas en 2004 y hoy el Gobierno está llevando a cabo un plan para convertir en imán turístico esta región montañosa congelada en la Edad Media.

Podría afirmarse que Svaneti ha cambiado más en los últimos años que en varios milenios. En 2012 el Estado instaló tendido eléctrico para llevar luz hasta las aldeas más remotas. La carretera que conecta la mayoría de las poblaciones del Alto Svaneti pronto estará asfaltada hasta Ushguli. Una vorágine constructiva ha transformado la somnolienta capital comarcal de Mestia en un remedo de complejo vacacional suizo, con filas de chalets de madera parapetadas por ultramodernos edificios públicos y un aeropuerto. Entre tanto en las laderas del monte Tetnuldi, justo enfrente de la casa de Zviad Jachvliani, al otro lado del río, empieza a tomar forma una de las mayores estaciones de esquí de Georgia.

La cuestión es: ¿servirán todos estos cambios para preservar esta región aislada… o serán su perdición?

Bavchi Kaldani, el patriarca de una vieja familia de Adishi, habla en un susurro ronco, pero sus palabras, pronunciadas con la abrupta cadencia del svan, llegan con fuerza: «Si paro, me muero». A sus 86 años, con las manos nudosas y la espalda encorvada, insiste en realizar las arduas tareas de las aldeas svan: partir leña a hachazos, segar a guadaña la hierba que comerá el ganado en invierno y reparar la torre de piedra de la familia.

Que hasta Kaldani sintiese en su día la tentación de marcharse de Svaneti dice mucho de lo dura que puede llegar a ser la vida en las montañas. Criado en una manchubi –una vivienda de piedra tradicional en la que se alojaba la familia extensa, ganado incluido–, recuerda cuando Adishi bullía con la presencia de 60 familias, siete iglesias y decenas de piezas sacras. Jefes de clan de todo Svaneti cabalgaban durante días enteros para orar ante las cubiertas de cuero de los evangelios de Adishi, que datan de 897. Pero el desastre siempre se cernía sobre aquellas gentes, y Kaldani se las veía y se las deseaba para aviarse a sí mismo y a los suyos de cara a los crudos inviernos, que todavía hoy aíslan Adishi del resto de la región. Así y todo, aquello no era nada comparado con los aludes mortales de 1987. Él consiguió resguardar a los suyos en la base de la torre familiar, pero aquel invierno se saldó con decenas de muertos a lo largo y ancho de Svaneti, y marcó el inicio del éxodo.

A medida que más y más familias svan emigraban a las tierras bajas de Georgia, Adishi fue convirtiéndose en un pueblo fantasma. Al final solamente quedaron cuatro familias, entre ellas Kaldani y su mujer, la bibliotecaria del pueblo. Los hijos de Kaldani, que también se marcharon, convencieron a sus padres para que pasasen el invierno con ellos en las áridas planicies. Al cabo de cuatro meses al matrimonio le faltó tiempo para regresar a Adishi. «Mi familia lleva viviendo aquí más de 1.200 años –dice–. ¿Cómo voy a permitir que se pierda mi aldea?»

Cumpliendo sus tareas con la gorra de lana tradicional, Kaldani encarna tanto la resistencia de la cultura svan como los peligros a los que se enfrenta. El anciano es uno de los últimos svan que dominan el idioma. También es uno de los últimos mediadores de la aldea, árbitros a los que desde tiempos inmemoriales los vecinos acuden para que diriman sus litigios, desde pequeños hurtos hasta cruentas enemistades enquistadas. La obligación de defender el honor de la familia, hoy ligeramente atenuada, se tradujo en tantas venganzas en la sociedad svan primitiva que los expertos ven en las torres de piedra un instrumento defensivo no solo frente a invasores y aludes, sino también frente a los propios vecinos.

En el caos que siguió al desmoronamiento de la Unión Soviética, las pugnas entre clanes resurgieron con todas sus fuerzas. «Era un no parar», recuerda Kaldani. En algunos casos, tras negociar un precio de sangre (normalmente 20 vacas por un asesinato), llevaba a las familias enemigas a una iglesia y las obligaba a jurar ante los iconos y a bautizarse entre sí. El ritual, explica, garantiza que las familias en cuestión «vivirán en paz durante 12 generaciones».

En la última década las reyertas familiares prácticamente han desaparecido en Svaneti, pero perviven los ancestrales códigos de justicia aplicados por mediadores como Kaldani. Esta no es la única tradición que resiste. Cada mes de agosto una familia del lugar organiza la fiesta de Adishi, el Lichaanishoba, a la que acuden vecinos emigrados a las tierras bajas y parejas que rezan por tener descendencia o que agradecen haberla tenido. Cada pareja lleva una oveja a modo de ofrenda, además de una jarra de licor casero. El verano de 2013 acudieron 500 personas. En un otero contiguo a la diminuta iglesia de san Jorge, erigida en el siglo xii, se bendijeron y sacrificaron 32 ovejas.

Desde los 15 metros de altura de la torre de Kaldani, Adishi se antoja un lugar tan hermoso como abandonado. Contraventanas herrumbrosas zarandeadas por el viento. Pinos que brotan entre las piedras de torres semiderruidas. El río ha arrasado la pista de tierra que conduce a la aldea, a la que ahora solo se llega a pie o a caballo. Y aun así, Adishi está volviendo a la vida, gracias a la testarudez de Kaldani y a la ubicación del pueblo, en una popular ruta de senderismo. En estos dos últimos años han regresado siete familias para restaurar sus antiguos hogares y abrir pequeñas hospederías, de modo que la población permanente de la aldea es de casi 30 habitantes. Cuando dos vecinos de Kaldani afilan la guadaña en la que será la última jornada de siega antes del invierno, Adishi ya no parece un lugar abandonado. Es un pueblo redivivo.

La canción de amor y venganza comienza con unos acordes suaves, con una voz en solitario que recorre los vericuetos de una antigua melodía. Pronto se le unen otras voces en el frío salón si­­tuado en la plaza principal de Mestia, formando una densa progresión de armonías y contramelodías que va ganando presteza hasta que culmina en una nota única de claridad resonante.

Es una de las polifonías más antiguas del mundo, una forma musical compleja en la que se conjugan dos o más líneas melódicas simultáneas. Cuando el cristianismo llegó a Svaneti, la polifonía svan ya acumulaba siglos de historia. Sin embargo, ninguno de los músicos que actúan esta tarde de otoño pasa de los 25 años. Cuando termina la sesión, los chicos y chicas salen a la plaza charlando, riéndose y despidiéndose con besos en las mejillas, pero sin dejar de atender el móvil. «Todos tenemos Facebook –dice Mariam Arghvliani, una joven de 14 años que toca tres antiguos instrumentos de cuerda (entre ellos un arpa de madera con forma de L) en su grupo folclórico juvenil, Lagusheda–, pero eso no significa que olvidemos nuestras raíces.»

Una de las ironías más agridulces de Svaneti es que, mientras su idioma languidece, la música tradicional experimenta todo un resurgimiento. El mérito no es de los ancianos de las aldeas, perennes custodios de la cultura svan, sino de la juventud de Mestia, una ciudad cuyas aspiraciones de modernidad se reflejan en la futurista comisaría de policía desde la que, al alzar la vista, se distinguen las torres de piedra de las laderas.

Como la mayoría de la gente de su generación, Mariam apenas tiene unas nociones de svan –«las letras de las canciones y poco más», dice–, pero su inmersión musical empezó prácticamen­te desde la cuna: a los cuatro años ya cantaba en el coro de una tía suya. Con todo, su talento podría haberse perdido, y con él la tradición musical svan, de no ser por un programa juvenil iniciado hace 13 años por el carismático paladín cultural de Svaneti, el padre Giorgi Chartolani.

Sentado en el cementerio de su parroquia, Chartolani recuerda las convulsiones postsoviéticas que amenazaron con dar el golpe de gracia a una cultura ya debilitada tras casi 70 años de supresión comunista. «En aquellos tiempos la vida era brutal», afirma, atusándose la barba. El sacerdote señala con la cabeza las tumbas, en algunas de cuyas losas se han grabado imágenes de jóvenes asesinados en reyertas familiares. «Los pueblos se quedaban desiertos, nuestra cultura desaparecía –dice–. Había que hacer algo.» Su programa, que ha enseñado danza y música tradicionales a cientos de estudiantes como Mariam, fue «una luz en la oscuridad».

Hoy ilumina un futuro alternativo. Aquella noche los jóvenes músicos regresan a la plaza de Mestia ataviados con sus mejores galas tradicionales: los chicos, con túnica de color burdeos y una daga de plata al cinto; las chicas, con largos vestidos negros de campesina. Componen el público 50 turistas extranjeros embutidos en coloridos anoraks, que han pagado cinco euros por cabeza. El resurgimiento de la música svan ya era una realidad antes de que llegase el turismo a Svaneti, pero hasta 2012 el conjunto masculino, Kviria, no actuó ante un público foráneo. Que el mundo exterior se interese cada vez más por esta intrincada forma musical ha generado un repunte: cada vez son más los niños svan que se apuntan a las clases de Chartolani.

En Svaneti las repercusiones de una disputa familiar pueden durar siglos. Hace cien años, el bisabuelo de Zviad Jachvliani asesinó a un vecino en Cholashi para vengar la matanza de un toro de primera calidad. La pugna se zanjó cuando los Jachvliani pagaron a sus vecinos una hectárea de tierra de labor y 20 cabezas de ganado, un precio de sangre cuyos efectos aún perduran.

Hoy la familia Jachvliani solo tiene un toro. La cabeza del otro, sacrificado en honor de la difunta abuela, yace sobre una mesa de madera, los ojos todavía abiertos, la gruesa lengua gris a un lado. Bajo la mirada implacable del animal, Zviad Jachvliani y los demás hombres de Cholashi dan cuenta del primer plato ceremonial del ormotsi: un estofado picante de corazón e hígado. Más tarde, antes del ruidoso festejo nocturno, Zviad y otros hombres que se han abstenido de afeitarse en los 40 días que lleva muerta la abuela, se reúnen fuera de la habitación de esta. Una oración, un brindis. Y tras cortarse unos mechones de sus barbas ralas, los depositan sobre una mesa ofertoria junto al bastón de madera de la difunta.

En Svaneti los difuntos, como la historia misma, están presentes a diario. Durante todo un año los Jachvliani celebrarán cada mes un feste­jo menor en recuerdo de la abuela. Luego, cuando falten 70 días para la Pascua, se reunirán para el Lamproba, una ceremonia de «mención de las almas» que combina elementos cristianos y precristianos. Zviad y los hombres de su familia portarán teas de abedul a través de la nieve y las dejarán junto a la sepultura. Hasta que se consuman, compartirán brindis y oraciones.

¿Hasta cuándo arderán en Svaneti las ascuas de la tradición? A la mañana siguiente del ormotsi, un Zviad perfectamente afeitado cruza el valle rumbo a su nuevo empleo en la cuadrilla que asfalta la pista de tierra hasta lo alto del puerto. La carretera llegará hasta Ushguli, pero las obras de este tramo son para dar acceso a la maquinaria pesada hasta la estación de esquí del monte Tetnuldi. Junto al río que discurre al pie de Cholashi, una alambrada rodea las pruebas de lo que está por venir: fila tras fila de telesillas y telecabinas. Los cambios que se ciernen sobre el valle, sumados a la propuesta de construir una presa hidroeléctrica más al sur, inquietan a muchos. ¿Qué será de sus aldeas, de sus tierras, de sus tradiciones? Zviad intenta ser optimista. La estación de esquí, dice, podría traer unos recursos muy necesarios y quizás atraer a algunas de las 20 familias que abandonaron la aldea.

Sentado con su madre viuda al amor de la lumbre de la cocina, Zviad pierde la mirada en las montañas que se recortan contra el cielo. Cuando sus hermanas abandonaron las montañas, él se quedó porque era el único hijo varón, el último hombre de la familia. Hoy, con 31 años, no concibe la idea de irse. «Vuelva dentro de diez años –dice entre risas mientras sus dos hijas trepan por su espalda–, a ver si nuestra aldea ha sobrevivido.» Su confianza nace de la larga historia de supervivencia de Svaneti, en efecto, pero también de una realidad bien sencilla: ahora le corresponde a él preservar su cultura.