martes, 10 de noviembre de 2015

Tintoretto, el último pinto del Renacimiento

Un pintor que tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de Tiziano

'El Lavatorio', oleo sobre lienzo
Jacopo Rubosti conocido como Tintoretto nació en Venecia el 29 de Septiembre de 1518 y murió el 31 de Mayo de 1595, gran pintor de la escuela veneciana y posiblemente el último pintor del renacimiento, fue un excelente pintor. Sus obras decoran edificios públicos y religiosos.

Tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de Tiziano, no pudiendo evitar que se le comparara. Se obsesionó por superarlo sobre todo en su última etapa, aún siendo este treinta años  mayor y más famoso en Venecia que Tintoretto.

Tintoretto,  hijo de un tintorero de telas, de ahí su apodo, se comentó  que empezó primero en el taller del maestro Tiziano pero este lo expulsó a los pocos días, lo que le obligó a abrir su propio taller en el que luego trabajaron sus tres hijos. Su tormentosa personalidad y su obsesión por ser el mejor la plasmó en sus numerosas obras. Como técnica, no improvisaba la composición ni el dibujo, pues se conservan muchos bocetos que estudian las poses utilizadas, casi todos los dibujos preliminares están realizados sobre una cuadrícula para que los ayudantes del taller pudieran reproducirlos a grandes escalas.

Hacia el 1570 cambia la técnica de pintura consiguiendo una iluminación efectiva dentro del cuadro, mezclando tierra parda con pigmentos negros. El oscurantismo llevó a Tintoretto a abordar de distinta manera la composición sobre el lienzo, ya no dibujará con el pincel cargado de pigmento negro sino de blanco de plomo, dejando sin pintar zonas en la base oscura para que las veladuras posteriores unificasen distintos tonos. El resultado es una pintura tradicional, pero contemporánea a su tiempo, con esta técnica influyó en artistas posteriores como el Greco, Rembrandt y Velázquez.

Una de las obras de Tintoretto, “El Lavatorio”, de óleo sobre lienzo, considerada como una de las obras más importantes, fue pintada entre el 1548 y 1549. La obra representa el momento en que Jesús se puso a lavar los pies a sus discípulos. La obra, que está divida por estancias, da la sensación de que la composición está descentrada. La mesa acentúa el efecto de perspectiva. Al fondo vemos un gran arco que se abre a un estanque, que a su vez se cierra con un nuevo arco en la perspectiva más lejana, y se rodea todo ese espacio exterior de arquitecturas  clásicas recordando de una manera a Venecia, una habitación en penumbra que no guarda relación con el resto del cuadro.

Jacopo usa una gama de pigmentos combinando los colores cálidos como rojos, rosas, carnes, y marrones con los tonos fríos de los azules, los distintos grados de saturación y la luz que crea un claro oscuro bastante acusado. Da la sensación de volumen en las figuras centrándose en la iluminación en el centro de la obra. Actualmente esta obra se encuentra expuesta en el Museo del Prado.