lunes, 25 de enero de 2016

La paradoja del judío-musulmán

Una crítica a la lectura historicista del registro material
Tumbas de nichos laterales en el yacimiento de El Soto (Madrid)
Las identidades no se definen por un solo rasgo. En este sentido, la lectura historicista del registro material puede llevar a muchos errores de interpretación.

No hay correspondencia entre lengua, cultura y raza.  La identidad étnica es una construcción social, que hay que entender en un contexto concreto, y creado por sujetos sociales que esperan tener determinados réditos políticos. La identidad es cambiante a lo largo de la vida, y además es pluriestratificada. Los grupos étnicos son formas de agrupación secundaria que se piensan a sí mismos que son primarios.

El problema no es que sea real la pertenencia a una etnia. Lo importante es que el pertenecer a una etnia es un elemento significativo en ese contexto. Por eso se definen en términos étnicos. La construcción de las comunidades políticas postimperiales se ha basado en procesos de integración y exclusión sociopolítica legitimados en términos étnicos: Reino Suevo, Regnum Gothorum, etc.

Aunque la identidad de una comunidad no es más que una representación de la misma, que no tiene por qué reflejar la realidad, contribuye a la construcción de la realidad (y por eso hay que estudiarla).

¿Es posible entonces identificar un grupo étnico a través de la arqueología?

El arqueólogo postprocesualista S. Brather propuso la imposibilidad de las lecturas étnicas.

El historicismo cultural, por el contrario, diría obviamente que sí: la aparición de un broche visigodo en una necrópolis, representaría una necrópolisvisigoda. La arqueología ha puesto de manifiesto que esto es incorrecto. El empleo de categorías como “necrópolis visigoda” o “judía” no sólo conlleva a menudo un error de valoración, sino que minusvalora la complejidad real del registro arqueológico funerario de esta época y de las sociedades que lo generaron.

El ejemplo son los nichos laterales en las fosas de algunos yacimientos como Gózquez o El Soto, en Madrid. Musulmanes y judíos han utilizado fosas de inhumación con cámara lateral al menos durante un tramo de la Alta Edad Media, y los segundos continuaron sin duda haciéndolo durante algunos siglos más. Por lo tanto, tendríamos la paradoja de un “judío-musulmán”. La clave es que se tratan de necrópolis multiconfesionales. Además, en El Soto (Barajas), en las fases más antiguas se entierran como cristianos, pero a partir del 750, aparecen enterramientos islámicos. Los análisis de ADN mitocondrial explica que las familias eran las mismas.

Lo cierto es que los visigodos son una invención histórica: lo importante son los sujetos sociales. En el caso de Gózquez el supuesto “cementerio visigodo” es un cementerio aldeano. No todo es lo que parece, y desde luego, lo importante más que identificar “visigodos” o “romanos” es identificar a los sujetos sociales que componían estos pueblos. ¿Cementerio aldeano? ¿De las élites?

Además, la arqueología se encuentra con varios problemas en este sentido, como las contradicciones del paradigma “visigotista”:

- Ausencia de “necrópolis visigodas” en la Galia durante el reino de Narbona.

- La presencia de objetos “visigodos” en Hungría, el Danubio y el Reno, y el Ródano, donde no están documentados los visigodos.

- La ausencia de “necrópolis visigodas” en las ciudades y centros de poder donde sabemos que hay visigodos (como Toledo).

- Algunos análisis antropológicos, como los análisis biométricos de Castiltierra que muestran actividades campesinas.

Otro ejemplo podría ser el del final de las villas romanas. Hay un cambio funcional de estos espacios: las villas dejan de ser villas, se acaba la ocupación de estos lugares. Pero la memoria de la comunidad se ritualiza en las villas.

Sin embargo, las fuentes escritas reflejan lo contrario al registro arqueológico.

También está el caso de las Necrópolis del Duero (NPI), los cuchillos tipo Simancas, la TSHT, etc. Aparecen también fuera del Duero. Están asociadas a comunidades rurales que conforman lo que parece las primeras aldeas (c. 420-500). Son las primeras formas de sociabilidad aldeana o aldeas de primera generación. Lo que hoy se considera es que hay una estrategia de distinción basada en desarrollar una identidad romana. Allí donde el Imperio no está activo es donde se utiliza.
Individuos arrojados a un silo en el yacimiento de Gózquez (Madrid)
¿Por qué las identidades se hacen explícitas en los registros funerarios?

En el registro funerario se registran algunos procesos claves de reproducción social: mecanismos que garantizan el mantenimiento social existente. La muerte es una fase clave, hasta el punto de que, en ocasiones, conocemos elementos funerarios pero no dónde vivían. La muerte tiene una dimensión social que refleja muchas cosas, como comunidades políticas, etc.

Es tan importante, que a veces se monumentaliza. Los romanos monumentalizaban la muerte a pesar de que practicaban la cremación.

La clave es que la celebración de la muerte no es sólo un acto ritualizado pensando en la salvación, sino representativo para los vivos, para los que necesitan a través de estos rituales, reivindicar un determinado status. Es decir, tiene fines políticos muy concretos.

Aparte está la función que ejercía como memoria de la comunidad: en la Edad Media, con otros mecanismos, asistimos a fórmulas de monumentalización de la muerte que garantizaban el mantenimiento social existente. Son los vivos los que entierran a los muertos, y esto es muy importante. Los cementerios en época medieval son lugares donde se depositan la memoria de la comunidad. Los excluidos, son aquellos que no están en los cementerios.

Después del historicismo cultural, apareció la New Archaeology o Arqueología Procesual, una corriente anglosajona que entre otras cosas, defendía que los cementerios reflejan la sociedad de los vivos; y que los ricos objetos de los ajuares, reflejan una diferencia social interna. Ahora, ¿qué hay de las tumbas sin objetos?

Más adelante, en los años 80, apareció el Postprocesualismo, que defendía que los objetos son significativos en un contexto. Además, se reconsidera la relación entre cultura material y etnicidad como compleja. En cuanto al mundo funerario, defendían que las necrópolis no son un reflejo directo de la sociedad de los vivos, es decir, entendían las necrópolis como un lugar de competición social en el mundo inestable de los vivos (Guy Hallsall, La Rocca, W. Pöhl).

Esta corriente obliga a repensar las cuestiones. Hay que intentar comprender qué contextos son para valorizar la pérdida voluntaria de riqueza.

Por último, se podría citar el caso de individuos arrojados a silos, esto es, excluidos de la comunidad. Es decir, los cementerios no son la única forma de enterramiento. Al lado del cementerio comunitario, se encuentran otras formas coetáneas que son significativas, como el caso de los silos. Están excluidos del espacio de representación de la comunidad, hay una estrategia de olvido. Juegan un papel dentro de la comunidad: la forma de vida genera individuos excluidos aunque antropológicamente, son iguales a los demás. Estos depósitos especiales se han documentado en yacimientos como el de Gózquez (Madrid).

Imagen| Acedemia.edu