viernes, 11 de marzo de 2016

La fabulosa historia de la Compañía Británica de las Indias Orientales

En 1670, Carlos II concede a la Compañía el derecho a «capitanear ejércitos, declarar la guerra, acordar la paz y formar alianzas»

Recreación de los uniformes de los Casacas Rojas
Este texto es parte de un trabajo de mayor envergadura sobre los mercenarios. Lejos de tratar la figura de los soldados de fortuna, el artículo se centra en el uso que de ellos han hecho diversos estados a lo largo de la Historia.

En concreto aquí se presenta el uso de una parte del ejército británico, los Casacas Rojas, por parte de una compañía privada, con el beneplácito del gobierno británico.

Finalmente se hilan unas conclusiones y se plantean unas pocas preguntas.

Una iniciativa económica privada

En el año 1600 Su Graciosa Majestad Isabel I, otorga el monopolio del comercio con Asia a una sociedad privada de inversores, la Compañía Británica de las Indias Orientales, mediante la Carta Real que Jacobo I -en 1609-, renueva por un tiempo indefinido.

El éxito de la Compañía es arrollador: el comercio del té, seda, porcelana y especias, le posibilita crear el primer punto de intercambio permanente en la India y establecer su primera fábrica;  los beneficios económicos son enormes. Esta sociedad choca con los intereses de los holandeses, cuya presencia en la zona es anterior; tras una suerte de éxitos militares y acertadas maniobras diplomáticas, los ingleses se imponen, pudiendo así comerciar en todos los puertos, y elevando el número de sus fábricas hasta 23.

En 1670, Carlos II concede a la Compañía el derecho a «capitanear ejércitos, declarar la guerra, acordar la paz y formar alianzas, así como la jurisdicción civil y criminal en todas las zonas en las que está presente»; de esta manera gobierna de manera autónoma, la India, Birmania, Singapur y Hong Kong. tras la Guerra de los Siete Años, Francia pone fin a su presencia comercial en Oriente, lo que conlleva que los ingleses tengan en sus manos el monopolio comercial. Suprimidas las resistencias locales, la Compañía se consolida como la fuerza y autoridad superior en la zona. El despliegue militar, así como la defensa de sus intereses, se realiza mediante los Casacas Rojas, la herramienta de su política comercial.

A pesar del éxito de la empresa, sus cuentas no van bien: Gran Bretaña demanda en gran número productos que produce China, sin embargo esta apenas consume productos británicos; el déficit comercial es enorme para la Compañía, y además debe pagar los productos chinos con plata. La apuesta por este metal precioso no es ningún capricho: a diferencia de otros valores, la plata mantiene su cotización estable, por lo que es un bien muy codiciado. Es entonces cuando algún despierto y brillante emprendedor da con la solución al déficit y la falta de plata: el comercio del opio.

Desde el siglo XVI, por mano de los españoles, el opio llega a China; en el siglo XVII son los holandeses quienes se adueñan del tráfico, hasta que la Compañía lo monopoliza. Los británicos producen masivamente opio en la India -de 15 toneladas en 1730 a 75 toneladas en 1773-, previendo los beneficios: unas ganancias del 400%. Aunque una parte de la producción se destina a Gran Bretaña y a sus emblemáticos fumaderos, la mayoría se destina a China, un mercado con enorme potencial.

El circuito comercial se establece de la siguiente manera: se cultiva opio en la India y se vende a China a cambio de plata; se pagan con este opio las mercancías que demanda Gran Bretaña; estas mercancías se distribuyen en la metrópolis y las colonias, también a cambio de plata. Gracias a la Carta Real, las maniobras políticas de la Compañía, la visión de un emprendedor y la fuerza de los Casacas Rojas, se revierte el déficit y entra plata a raudales en las arcas, todo gracias al tráfico de drogas. Aunque moral y éticamente reprochable, no hay duda que la maniobra es brillante, desde el punto de vista comercial.

Esta situación origina las Guerras del Opio, pues China prohíbe la venta y el consumo de la adormidera dado el gran número de adictos. La victoria británica -su poder militar es aplastante- tiene el dudoso honor de inaugurar la Diplomacia del cañonero: un eufemismo que describe la presión a un enemigo muy inferior, al que se fuerza a pactar tras bombardear sus puertos y ciudades. China firma los Tratados Desiguales, por los que abre los puertos al comercio y cede Hong Kong. Se añade la ironía de que China debe indemnizar a la Compañía con un total de diez millones de teales de plata, compensar a los comerciantes británicos y, además, tolerar el comercio de opio.

Tras la Revuelta de los Cipayos el gobierno británico retira a la Compañía el monopolio comercial y la administración territorial. A principios de 1860, todas sus posesiones pasan a manos de la corona, aunque la Compañía sigue controlando el comercio del té, hasta que se disuelve el 1 de enero de 1874.

Hasta aquí se describe el recorrido de una iniciativa comercial privada que, debido a sus acertadas maniobras y éxitos, crea un enorme imperio independiente. El gobierno británico, hereda -ya en el siglo XIX- el mando sobre una quinta parte de la población mundial.

Una iniciativa militar privada

La Compañía pasa de ser una pequeña empresa comercial, a convertirse en un leviatán que controla sin restricción gran parte del Imperio Británico. A pesar de sus aciertos, su fulgurante carrera podría haberse visto comprometida de no contar con una fuerza militar. Y es aquí donde entra en juego un aspecto concreto de la idiosincrasia de los Casacas Rojas.

Hagamos un ejercicio de imaginación y creemos a un caballero británico, de nombre lord Flashheart. Como gentleman acomodado, diletante y educado en Oxford, tiene ante sí diversas opciones en que invertir unos años de su vida, para luego poder contar jocosas anécdotas a sus colegas en algún prestigioso club londinense. Lord Flashheart duda entre pasar sus días como un dandy calavera a imitación del literario Dorian Gray; puede aventurarse en la desconocida África como un Allan Quatermain de carne y hueso; acaricia la posibilidad de ponerse un saracof y hacer de arqueólogo en Egipto; o, siguiendo la estela de un antepasado, dedicarse a la carrera de las armas. Y es esta última la opción que elige nuestro gentleman, a pesar de que su educación militar es nula y lo único que conoce sobre el combate es la experiencia adquirida tras un duelo a pistola, debido un incierto accidente sobre una partida de cartas y unas supuestas trampas.

A sus treinta años lord Flashheart no tiene ya edad para empezar una carrera en el ejército así que, gracias a su posición social y económica, decide comprar el rango militar a un compañero de universidad, acuciado por las deudas contraídas por las malas apuestas en los deportes de caballeros de dudosa legalidad: luchas de perros y combates de boxeo. Nuestro querido lord Flashheart se convierte, en un instante, en un flamante oficial de los Casacas Rojas y decide trasladarse a la India, donde son muchos los que saborean la gloria. Él sabe que la Compañía puede crear sus propias fuerzas armadas y disponer de ellas, por lo que una vez en la India se pone a su servicio. Como oficial, nuestro gentleman recluta a los soldados necesarios para crear un regimiento, y lo pone a disposición de una empresa privada para sus propios fines, aunque teóricamente este regimiento sea parte del ejército británico y, por tanto, esté bajo el mando del gobierno.

Una iniciativa dudosa

Una duda que se puede plantear es si lord Flashheart es un soldado, o un mercenario. «Un soldado», afirmamos, ya que es un oficial del ejército británico. Sí, pero no lo es del todo, pues como miembro de los Casacas Rojas rinde cuentas únicamente ante la Compañía, y esta es totalmente independiente del cualquier poder; lord Flashheart sirve a una empresa privada y no a su gobierno.

Al igual que con el caso de los corsarios, el gobierno firma una autorización, recibe su parte del botín y no invierte absolutamente nada. Un negocio redondo. Pero es distinto el caso de Francis Drake atacando Cádiz, que el caso de la Compañía haciendo y deshaciendo una parte del mundo a su antojo. Tampoco el fondo de la fuerza es el mismo: los barcos de Drake son suyos y de sus allegados, y no la flota real. En el caso que nos ocupa, se trata de convertir una estructura estatal, como lo es el ejército, en una contratista militar privada -el término, políticamente correcto, para referirse a empresas que proporcionan mercenarios-.

Nuestro gentleman se encuentra en la misma situación que el general Smedley Butler, tal y como describe en su libro La guerra es un latrocinio: «He servido treinta años en los Marines, y tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. (…) Fui premiado con medallas y ascensos; cuando miro atrás considero que podría haber dado sugerencias a Al Capone. Él, como gánster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como Marine, operé en tres continentes».

Tanto lord Flashheart como Butler, llegado este punto, pueden tener la sospecha -o la certeza-, de verse como unos mercenarios. Legalmente, y como se describe en la Convención de Ginebra, un mercenario es una persona que ha sido reclutada con el fin de luchar en un conflicto armado, toma parte directa en las hostilidades y no es miembro de las fuerzas armadas de ninguno de los contendientes en el conflicto. Dos de tres, a favor de la Compañía. ¿Qué regusto nos deja ahora la estrategia comercial de esta? No parece muy distinta de la táctica gánster que denuncia el ex Marine.

¿Podría darse el caso que algunas empresas, como por ejemplo Google, Inditex o Peugeot, se sirvieran de los ejércitos de sus estados en sus estrategias de expansión? Si algunos soldados llegan a perder la perspectiva, si algunos obedecen a la empresa privada por encima del estado, ¿qué podría llegar a ocurrir? ¿O nunca ocurriría nada?

Que una compañía privada, que unos pocos individuos, puedan reclutar y servirse de un ejército de un estado, es algo que puede dar mucho miedo. Podemos pensar que pertenece del pasado, y que hemos aprendido lo suficiente para evitarlo. Puede ser que sí. Claro que podemos plantearnos los vínculos entre determinados gobiernos, algunas empresas y contratistas militares privados. Así encontramos, por ejemplo, los intereses que unen a la Corporación Monsanto, el Pentágono y la contratista Academi; y también los nexos entre esta última, miembros de la administración Bush -Donald Rumsfeld y Dick Cheney- y la industria armamentística norteamericana.

No he encontrado una mejor reflexión a este problema, que estas palabras de George R.R. Martin:

- «¿Os dejo con un acertijo, lord Tyrion? En una habitación hay tres grandes hombres: un rey, un sacerdote y un hombre rico. Frente a ellos se encuentra un mercenario y, cada uno de los hombres, quiere que mate a los demás.

- Mátalos -dice el rey-, porque yo soy tu legítimo gobernante.

- Mátalos -dice el sacerdote-: te lo ordeno en el nombre de los dioses.

- Mátalos -dice el rico-, y todo este oro será tuyo.
Y decidme... ¿Quién vive y quién muere? ¿A quién obedecerá el mercenario?

- Le he dado algunas vueltas -reconoció Tyrion-. El rey, el sacerdote, el hombre rico... ¿Quién vive y quién muere? Todo depende de cómo sea el hombre de la espada. Es un acertijo sin respuesta; mejor dicho, con demasiadas respuestas.

- Pero, en realidad, el hombre de la espada no es nadie -señaló Varys-. No tiene corona, ni oro, ni el favor de los dioses, sólo un trozo de acero afilado.

- Ese trozo de acero es el poder de la vida y la muerte.

- Exacto. Pero, si quien nos gobierna en realidad es el hombre de armas, ¿por qué fingimos que son nuestros reyes los que tienen el poder? ¿Por qué un hombre fuerte con una espada se plantearía jamás obedecer a un niño rey como Joffrey, o a un idiota borracho como su padre?

- Porque esos niños reyes y esos idiotas borrachos pueden llamar a otros hombres fuertes, con otras espadas.

- Entonces serían esos otros guerreros los que en realidad tendrían el poder. ¿O no? ¿De dónde salen sus espadas? ¿Por qué obedecen? -Varys sonrió-. Hay quien dice que el conocimiento es poder. Hay quien dice que el poder deriva de los dioses. Otros dicen que el poder lo da la ley.

- ¿Vais a decirme la respuesta del puto acertijo o solo queréis empeorarme esta jaqueca? -Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado-.

- De acuerdo -dijo Varys sonriendo de nuevo-, ahí va: el poder reside donde los hombres creen que reside. Ni más ni menos.

- Entonces, ¿el poder es una farsa?

- Una sombra en la pared -murmuró Varys-. Pero las sombras pueden matar».
  
Imagen| Wikimedia