domingo, 26 de junio de 2016

De los confines al centro del Mundo Antiguo

En la tradición mítica griega, se concibe el mundo como un círculo rodeado por el río Océano

Representación de Jerusalén como centro del Mundo
Uno de los principales dilemas que nos encontramos los historiadores al estudiar el pasado radica en descifrar el concepto de realidad en cada época. En el mundo antiguo no se piensa igual que ahora y, por ende, la realidad es diferente. La mentalidad, más o menos racional, puede modificar la imagen del mundo que se percibe. Por lo tanto, si se puede concebir muchos mundos diferentes, cabe preguntarse ¿dónde acaba el mundo en cada realidad? Y, más concretamente, en la antigüedad ¿se concibe un mundo de forma finita o infinita?

El mundo infinito propiamente no se puede imaginar, así que la mayoría de las sociedades históricas, según parece, se decantan por un mundo finito, con sus límites. Esta afirmación no es extraña, ya que para llegar a entender el concepto de infinito se precisa hacer una difícil abstracción sólo alcanzable cuando se consigue cierto desarrollo mental. La percepción humana, de forma natural, sólo reconoce e identifica algo como un objeto determinado cuando tiene unos límites, o líneas, que lo demarcan.

Entonces, si se opta por un mundo finito, ¿dónde acaba? Y, más aún, ¿cómo debemos imaginar sus límites? Estas dos cuestiones nos llevan a un difícil planteamiento lógico porque, en la Antigüedad, si el mundo significa universo, y el universo lo es todo, el todo tiene que ser finito. Entonces, ¿qué hay más allá de sus límites? Si hay algo, el todo no será ya todo y el dilema volverá a presentarse así hasta el infinito. En el caso contrario, si más allá de los límites no hay nada, ¿cómo imaginan en la Antigüedad la línea que separa el algo de la nada, entre el ser y el no ser?

Con esta cuestión, se llega a una situación de difícil comprensión para la época que se está tratando, ya que la mentalidad antigua no puede dar respuesta a este dilema simplemente  porque no está preparada para afrontarlo. El cerebro humano, durante su evolución, seguramente se ejercita con tareas menos complejas hasta épocas más cercanas a nosotros.

El concepto del centro del mundo, por otro lado, está estrechamente ligado al del mundo finito, o limitado, que acabamos de analizar. Se aprecia, en la mentalidad antigua, cierta tendencia al etnocentrismo. Normalmente el centro del mundo coincide con la zona ocupada por un pueblo en concreto o, como mucho, con un lugar relevante para ellos. El filósofo rumano Mircea Eliade muestra que, para la mentalidad antigua, no todas las partes del mundo son iguales porque no se miden únicamente siguiendo criterio de cuantificación. Todo lo contrario. El mundo se articula de forma cualitativa y hay unos puntos que tienen más ser que otros porque en ellos se hace presente lo divino de una forma especial. Así mismo, hay cosas y personas que tienen más ser que otras, más maná.

La tradición mítica griega, en este caso, tiene una concepción cíclica del espacio, es decir, se concibe el mundo como un círculo rodeado por el río Océano, que es el que delimita los confines. Esta forma circular, como un plato, favorece que al mirar los griegos a su alrededor observen que se encuentran en el centro de su mundo.

Para finalizar, esta realidad sólo cambia cuando se comienza a ampliar los conocimientos geográficos. Es entonces cuando la tradición mítica pierde fuerza en favor de la visión de la realidad. Los nuevos conocimientos geográficos y la racionalidad ganan la batalla a la mitología.


Vía| PÉREZ MACÍAS, A. y CRUZ ANDREOTTI, G. (eds.), Los límites de la Tierra: el espacio geográfico en las culturas mediterráneas, Madrid, 1998
Imagen| Wikipedia