jueves, 28 de julio de 2016

Francisco de Cuéllar, un naufrago del desastre de la ‘Armada Invencible’ que pudo contarlo

El desastre de la ‘Armada Invencible’ nos dejó increíbles historias, como la del naufrago Francisco de Cuéllar 

Recreación de la Armada Invencible
La derrota de la “Armada Invencible” se produjo en 1588 en el contexto de las guerras que mantuvo la España de Felipe II con la Inglaterra de Isabel I, desde 1585 hasta 1604. Felipe II ordenó armar una gran flota en los puertos españoles, que llamó la “Grande y Felicísima Armada”, y la envió a luchar contra Inglaterra con la finalidad de destronar a su reina e invadir el país anglosajón. Se tomó como base los puertos de Portugal y de los Países Bajos.

La empresa, como se sabe, terminó con el desastre de la Armada española. Sin embargo, en realidad, la derrota no fue tan grave como pensamos, ya que la flota española se repuso en pocos años de la desgracia. De hecho, la guerra se extendió durante 16 años más y finalizó con el Tratado de Londres, en 1604, que fue favorable a España.

Lo curioso, y esto no es tan conocido, es que hubo muchos supervivientes españoles que naufragaron en aguas enemigas, consiguieron retornar y contar sus vivencias en primera persona. Uno de estos náufragos fue Francisco de Cuéllar, uno de los capitanes que tripulaba una de las naves españolas que zozobró en las costas irlandesas. Sobrevivió y escribió un gran relato sobre sus vivencias en la flota, el naufragio y sus peripecias por tierras irlandesas hasta llegar a España.

Cuéllar, según el investigador Rafael M. Girón, fue uno de los soldados que se alistó al ejército para invadir Portugal en 1581 y participa en el proceso de anexión del país luso. Seguidamente, se embarcó en una expedición al Magallanes, con Diego Flores Valdés al mando, como capitán de infantería en la fragata Santa Catalina. La empresa duró hasta 1584, pero Cuéllar terminó en el fuerte de Paraíba en Brasil con el fin de expulsar a unos colonos franceses que habían ocupado toda esa zona. A su regreso de la Indias, interviene en la expedición a las Azores, al mando del marqués de Santa Cruz, y termina finalmente alistándose para la misión de la “Armada Invencible”.

La flota española sufrió una derrota que Felipe II, como sabemos, achacó a los elementos más que a los hombres. Se sufrieron grandes pérdidas en las tormentas. Pero Cuéllar, capitán del galeón San Pedro del escuadrón de Castilla, sobrevivió al desastre y narró su experiencia. Según sus escritos, su navío tuvo que romper la formación de la Armada en el Mar del Norte y el General Francisco de Bobadilla lo condenó a la horca por insubordinación. Le mandaron al galeón San Juan de Sicilia, del escuadrón Levante, para que el Auditor General Martín de Aranda ejecutase la sentencia. Cuéllar salió airoso de la trifulca y permaneció en dicho galeón.

Un grupo de tres barcos españoles, incluido el de nuestro protagonista, terminó anclando cerca de Streedagh Strand, en el condado irlandés de Sligo, pero al final las bravas aguas los destrozaron estrellándolos contra la costa. Sólo consiguieron sobrevivir 300 de un total de 1000 hombres ya que, en tierra firme, los habitantes de la zona y los soldados ingleses terminaron el funesto trabajo que no pudo el mar. Tras muchas penurias, y viviendo caso desnudo como un salvaje, Cuéllar narra que esquivó la muerte y, ayudado por algunos nativos irlandeses, llegó por fin al territorio del señor Brian O'Rourke, en el actual Condado de Leitrim, donde fueron hospitalarios con él y con otros españoles que consiguieron llegar.

En aquel lugar, Cuéllar y sus compañeros se restablecieron y, posiblemente, pasaron algunos buenos ratos con las mujeres nativas, ya que todavía ronda por el lugar la leyenda de los black irish, o irlandeses oscuros, que pudieron ser los descendientes de aquellos náufragos españoles.

Posteriormente, en noviembre de 1588, Cuéllar se dirigió las tierras de MacClancy, donde pudo permanecer en uno de los castillos de este enemigo encorajinado de todo lo inglés. Probablemente permaneció en Rosclogher, en la orilla sur del lago Melvin. Pero la tranquilidad duró poco porque los ingleses enviaron un ejército contra ellos.

Según relata Cuéllar, mientras que MacClancy huía a las montañas, los españoles se dispusieron para defender el castillo. Disponían de pocas armas, pero el castillo estaba situado en una posición inexpugnable. Consiguieron resistir el asedio durante diecisiete días, incluso rechazaron una oferta de un salvoconducto a España, hasta que los ingleses tuvieron que levantar el sitio por las inclemencia del tiempo. MacClancy, agradecido por la defensa de su fortaleza, regresó con obsequios y hasta con una oferta de matrimonio a Cuéllar con su hija, que el español rechazó.

En el mes de diciembre, los españoles marcharon hacia el norte y se toparon con Redmond O'Gallagher, el obispo de Derry, que les cobijó y les facilitó la huída a Escocia. Allí esperó seis meses hasta que el Duque de Parma obtuvo unos pasajes para Flandes. Sin embargo, desgraciadamente, el navío en el Cuéllar pretendía llegar a su salvación naufragó y le tocó vivir una situación similar a la anterior, pero esta vez con los holandeses como enemigos.

Cuéllar, una vez más, consiguió escapar. Llegó a tierras flamencas, donde permaneció algún tiempo para recuperarse y donde escribió su espléndido relato. Después volvió al ejército para actuar tanto en Europa como en las Américas. Nada nos ha llegado del final de su vida.

Para terminar, sabemos que los amistosos irlandeses que le ofrecieron la mano en su aventura corrieron peor suerte que él. En 1590, O'Rourke fue ahorcado en Londres por traición y MacClancy fue apresado y decapitado.

Imagen| Velero