viernes, 12 de agosto de 2016

Arcimboldo, el misterioso pintor ilusionista del Renacimiento

Pinturas que parecen ser pero no son, retratos confusos en la cercanía y detalles al milímetro son algunas de las características de un Arcimboldo

·         El Invierno de Arcimboldo. Museo de Louvre
Con un canon de belleza propio y unas musas que escapaban de lo establecido, como tiene que ser, Arcimboldo pinceló y coloreó el rostro humano utilizando para ello flores, animales, frutas u objetos. Nada de doncellas pubescentes o caballeros lanceados, sus cabriolas artísticas, sin comparación posible, dieron como resultado telas donde el ingenio era llevado a la máxima expresión. Arcimboldo trazó con magna armonía pinturas que dejarían a la vergüenza a cualquier ilusionista moderno.

Giuseppe Arcimboldo, así se llamaba, nació en Milán en 1527. Renacentista, manierista y visionario de las vanguardias del siglo XX. Todo lo tuvo. Precisamente en este siglo, en el XX, su exotismo fue desenterrado por otras figuras inmortales del pincel, como Dalí, por ejemplo, y puesto en valor pendiendo de las alcayatas en las mejores galerías y museos del planeta. Por raíces, mencionamos La Primavera de Arcimboldo, en guardia y custodia en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Retrato de Rodolfo II (1590). Óleo sobre lienzo. 68 x 56 cm

Retratista real: No dio puntada sin hilo

El pintor de la pareidolia, no obstante, fue especialmente valorado en la corte real del enfermizo Rodolfo II, que además de propenso a caer encamado por las enfermedades más populares de la época, fue aficionado a la magia y a la alquimia y protector de la botánica, como no podía ser de otra manera. Para este rey pintó Arcimboldo, y mucho.

Un óleo sobre tabla que hoy cuelga en el Skoklosters Slott, en Suecia, representó y representa la figura de Rodolfo II caracterizado como el dios Vertumno, que era quien se encargaba en Roma de mudar la vegetación en cada estación. Por eso, una cereza en un ojo, una mora en el otro ojo, una pera en la nariz, y así hasta completar el rostro entero.


Las Cuatro Estaciones de Arcimboldo

Menos famosas que las de Vivaldi pero igual de granadas, las Cuatro Estaciones de Arcimboldo quisieron representar el rostro de las estaciones utilizando para ello los elementos que más caracterizan a cada una de ellas: flores en primavera, frutas y trigo en verano, la caída de la hoja en otoño y ramas rotas, musgo y hongos para el invierno.

También gustó el pintor de representar los cuatro elementos por antonomasia. De este modo, utilizó animales terrestres para representar el rostro de la tierra y marinos para darle forma al del agua; aves para hacer lo propio con el aire y toda una suerte de elementos relacionados con el fuego para configurar este último.

El Hortelano

El colmo de la imaginación

Esos son los retratos invertidos, pinturas que son lo que son, y no. Si observamos, por ejemplo, El Hortelano, vemos una cesta de hortalizas cualquiera. Pero si uno gira el cuadro 180 grados, se dará cuenta de que esa canasta es la cara de un hombre perfectamente distribuida y definida. Por cierto que, dejando por un instante el ingenio en segundo plano, los bodegones impecables en lo que a detalle se refiere y las texturas finamente conseguidas son dos de los rasgos que marcan la pintura de Arcimboldo.

El surrealista adelantado a su tiempo necesita, además de distancia, tiempo y paciencia. Talento desperdiciado y grotesco para unos, genio y figura para otros.