miércoles, 24 de agosto de 2016

Stalag Lutf III, la fuga que avergonzó a Hitler

200 hombres del campo de prisioneros de Stalag Luft III serpentearon un túnel que casi les llevaría a tocar con los dedos la libertad 
 
Recreación de la fuga de Stalag Lutf III
La gran evasión del campo de prisioneros nazi Stalag Luft III, en las inmediaciones de la ciudad polaca de Zagan, fue también la Gran Evasión de Steve McQueen. Aunque con la misma trama, la diferencia entre ambas huidas es abismal, sobre todo teniendo en cuenta que la segunda fue una versión cinematográfica de la fuga más vibrante que se produjo durante la II Guerra Mundial, y que dejó a Adolf Hitler con las vergüenzas al aire.

En marzo de 1944, el día 25 para mayor exactitud, viernes de luna nueva, alrededor de 200 prisioneros de Stalag Luft III decidían poner pies en polvorosa para dar con la libertad de una vez por todas. No era la primera vez que ocurría: los presos de estos campos intentaban una y otra vez, y por todos los medios, dejar atrás las púas y las corrientes de los alambres que los mantenían en cautiverio. Como ejemplo citaremos el caso de tres, Eric Williams, Oliver Philpot y Michael Codner, que huyeron de Stalag Luft III utilizando con disimulo un potro de gimnasia.

A estas alturas, en muchas cabezas se personará el famélico preso de Auschwitz, rayado de andrajos, moribundo y con la fuerza justa para seguir queriendo tener fuerza. Pero en Stalag Luft III, los presos no eran los típicos presos. Todos, oficiales o suboficiales de aviación que, en su libertad, habían conducido las alas de algún país aliado; todos, custodiados por camaradas de la Luftwaffe. Es decir, por allí no había ni rastro de las SS o de la Gestapo. Esto viene a significar que ese preso de Auschwitz, en Stalag Luft III estaba mejor alimentado y recibía un trato más indulgente por aquello del gremio.  

En Stalag Luft III se excavaron tres túneles burlando la vigilancia nazi 
La Gran Evasión no fue tan grande

Fue precisamente el exceso de calorías lo que provocó que en el campo de Zagan se intensificaran las medidas antifuga hasta alcanzar cotas agobiantes. Pero como la cabra siempre tira al monte, en 1943, algunos reos, con el británico Roger Bushell a la cabeza, se habían afanado en excavar tres túneles burlando la vigilancia del campo. O casi, porque de los tres, el primero, Tom, ideado como corredor escenario principal de la huída, fue descubierto por los nazis a los 5 meses del inicio de su construcción. Para que el plan no se fuese al garete, los futuros fugados decidieron centrarse en Harry, el de reserva, dejando a Dick, el tercero, como almacén señuelo.

Cuando quedaban por asomar 97 de los cerca de 200 prisioneros con pretensiones de huir, los alemanes descubrieron la desembocadura de Harry y comenzaron a disparar. Ese 97 fue el número de la suerte de Jack Harrison, un profesor de latín escocés reclutado por el ejército británico para bombardear unos barcos suministro alemanes que zarparían desde Holanda. Y reclutado también por los nazis cuando su avión fue derribado por las fuerzas alemanas. Aunque no llegó a huir, Harrison consiguió salvar su vida deshaciéndose, como el resto de los que aún continuaban en el túnel, de todo aquello que fuese susceptible de ser relacionado con la huída.

El caso es que de los 76 camaradas que llegaron hasta los bosques polacos, sólo salieron tres: Jens Müller y  Per Bergsland consiguieron tocar tierras suecas, y Bram van der Stok, españolas. Del resto, de los 73 que en un principio se zafaron de los plomos alemanes, a 50 les cogió la muerte en forma de ejecución por orden directa de Hitler —entre ellos Bushell, uno de los «padres» de la fuga— y 23 fueron llevados de vuelta a las celdas de aislamiento de Stalag Luft III.

Fue por un error de cálculo que ese túnel, Harry, no desembocase en la espesura del bosque. Unos pocos metros de llanura que dejaron al amor del agua la vida de muchos de los 200 hombres que quisieron emanciparse del horror, pero unos pocos metros que dieron la libertad a tres que aquel día 25 se excusaron con el beneplácito de la luna. Aún con todo, se consiguió el segundo objetivo: distraer a tantos soldados alemanes del frente como fuese posible para poner colorado a Adolf Hitler.