martes, 20 de septiembre de 2016

El origen romano de nuestro calendario

Según Michel Gras, “para conocer el tiempo hay que saber controlarlo, es decir, calcularlo”
 
Calendario romano

Como canta Joaquín Sabina, “que el calendario no venga con prisas” porque viene de un tiempo lejano. Y tan lejano, ¡de tiempos romanos!

Según Michel Gras, “para conocer el tiempo hay que saber controlarlo, es decir, calcularlo”. Nuestros antepasados toman consciencia del paso del tiempo cuando observan la alternancia entre día y noche, o entre cambios estacionales. Sin embargo, aunque otras civilizaciones más vetustas como la egipcia ya lo usan, la concepción de un calendario como el que utilizamos hoy no se genera hasta el tiempo de la antigua Roma.

Los pueblos romanos más arcaicos usan diferentes calendarios lunares y dividen el año en un número heterogéneo de meses. Los habitantes de Alba Longa, por ejemplo, tienen un calendario propio de 10 meses, divididos entre 18 y 36 días cada uno. Sin embargo, según la tradición, el primer calendario similar al nuestro viene de los tiempos de Rómulo, el rey fundador de Roma, cuando se divide el año en 10 meses, cuatro de 31 días y seis de 30 días, sumando un total de 304 días. Es curioso destacar que el año comience el 1 de marzo, con las labores agrícolas, y que el período intermedio entre diciembre y marzo no se corresponda con ningún mes.

Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, realiza posteriormente una reforma en la que los meses duran 29 y 31 días alternativamente y, con el paso del tiempo, añade los dos primeros meses al año, enero y febrero. Con el nuevo calendario, a febrero se le asigna 28 días; a marzo, mayo, julio y octubre 31 días; y al resto de meses 29 días. Suman un total de 355 días. El desfase que genera el calendario lunar oficial con respecto al curso estacional, basado en el ciclo solar, hace que se tengan que añadir dos meses cada cuatro años, denominados Mercedonios o Intercalares, de 22 y 23 días.

Cada mes, desde antiguo, tiene su propio nombre por algún motivo concreto. Martivs se llama así en honor a Marte, el dios de la guerra. Aprilis, probablemente, está consagrado a Venus, que es Apru en etrusco. Maivs puede recibir ese nombre bien por estar consagrado a la diosa Maya o bien por venerar a los Maiores, los antepasados. Ivnivs está consagrado a Juno, la diosa de la maternnidad. Qvintilis se llama así por ser el quinto mes, aunque a la muerte de Julio César pasa a denominarse Ivlivs, en su honor, por ser el mes de su nacimiento. Sextilis, el sexto mes, recibe posteriormente el nombre de Avgvstvs como dedicatoria a Octavio Augusto. Los meses que siguen conservan el nombre de su posición, es decir, september es el mes séptimo, october el octavo, november el noveno y december el décimo. Tras la reforma de Numa Pompilio, como vemos, se añade los meses ianvarivs, consagrado a Jano, y febrvarivs, dedicado a Februo o Plutón.

El sistema calendárico de 355 días se utiliza en la antigua Roma hasta el 46 a.C., cuando se implementa el calendario juliano, y el emperador Julio César fija la duración del año en 365 días, 5 horas y 52 minutos.

Pero ¿desde qué fecha empiezan a contar los romanos? Se emplea tres procedimientos diferentes para indicar los años desde los que se comienza a contar. Uno es coger como referente el año de la fundación de Roma, el 753 a.C., seguido de la expresión ab urbe condita, es decir, desde la fundación de la ciudad. Otro, en época ya republicana, es tomar como referente el cónsul que gobierna en el año en cuestión. Y otro es utilizar como referente el año 509 a.C., fecha en la que se derroca la monarquía de Tarquinio el Soberbio y se funda la República romana, con Lucio Tarquinio Colatino y Lucio Junio Bruto como los primeros cónsules.

'Mosaico del Planetario', del conjunto arqueológico de Itálica
Por otro lado, los romanos no cuentan los días de forma correlativa, sino que rompen el mes en tres partes desiguales que sirven de referencia. Dividen el mes en calendas, nonas e idus que, según las fases lunares, se corresponden con novilunios, cuartos crecientes y plenilunios. Las calendas se corresponden con el día 1 del mes; las nonas con el 5, excepto los meses de 31 días que son el 7; y los idus con el 13, excepto los meses de 31 días que son el 15. Así, se cuentan los días según las jornadas que falten para la próxima fecha señalada.

Del mismo modo, en Roma se institucionaliza otras divisiones como el nundinum pero, gracias al cristianismo, triunfa la septimana, es decir, un ciclo de siete días consecutivos denominados como dies solis, lunae, martis, mercuri, iovis, veneris y saturni.

Las jornadas romanas se configuran en días fastos, en los que es lícito tratar los negocios públicos y administrar justicia; días nefastos, en los que no son lícitas ninguna de las actividades anteriores; días comiciales, en los que es posible convocar asambleas; días intercisos, mitad fastos y mitad nefastos; y días partidos, mitad nefastos y mitad fastos. Además, existen otros días especiales como Quando Rex Comitiavit Fas, día fasto “cuando el Rey huía del Comicio”; las grandes fiestas públicas; los días alienses, de luto como conmemoración de algún evento histórico desafortunado para la ciudad; y otros días no fastos como los vitiosus, atri o religiosi.

En el calendario festivo religioso, en el que también se refleja el culto a los dioses de los territorios conquistados, destaca las fiestas lupercales, saturnales, equiria y juegos seculares.

Por último, los romanos dividen el día en 24 horas. La duodécima marca el límite entre la salida y la puesta del sol, lo que explica que en diciembre las horas rondan los 45 minutos y en junio los 75 minutos. Se entiende, así, que no tengan una noción exacta del tiempo y que usen expresiones imprecisas como mane, por la mañana; ante meridiem, antes del medio día; o post meridiem, después del medio día.

Imagen| Ispavilia