martes, 10 de enero de 2017

‘Advocatus diaboli’, el inquisidor de las canonizaciones

En la Santa Sede se decreta la creación de la figura del Promotor Fidei, conocido popularmente como ‘advocatus diaboli’, para buscar exhaustivamente cualquier dato que pudiera echar por tierra la canonización de los santos

Imagen de Sixto V
Durante el primer milenio de la Iglesia Católica, el culto a los santos era local y dependía de la aprobación del obispo a la cabeza de la diócesis en que se encuadrara la región de la que era oriundo el santo. Sin embargo, algunos de ellos -como Agustín de Hipona o Isidoro de Sevilla- traspasaron con creces las fronteras locales, siendo venerados por toda la comunidad cristiana.

Al calor del culto cada vez más extendido de algunos santos, durante el final de la era Carolingia los papas comenzaron a inmiscuirse en las canonizaciones, revisando las decisiones de los obispos llegando, incluso, a desacreditar la canonización de aquellos santos que el papa consideraba que habían sido nombrados sin un proceso claro. Así, el papa Alejandro III en 1170 promulga una bula por la que deja en manos de la Santa Sede el proceso de canonización, fruto del intento de la Iglesia de centralizar a toda la cristiandad bajo unos mismos códigos y procesos legales. Mediante una formalización del proceso de canonización se trataba de alejar a éste de los sentimientos populares para ligarlo a un proceso oficial que respaldara un culto con mayor credibilidad e integridad. La canonización de Santo Domingo -creador de la orden de los dominicos-, por el papa Gregorio IX en 1234, ya sigue un proceso en el que los testigos son interrogados y las pruebas son analizadas y catalogadas, con todos los testimonios anotados.

Aunque en esta canonización de Santo Domingo no existe todavía la figura del Promotor Fidei, sí encontramos algunos testigos a los que se les preguntó si tenían constancia de algún pecado mortal que pudiera haber cometido el santo o si en algún momento se había desviado de la regla. De este espíritu de persecución de faltas que no se conformaba con la simple afirmación de la virtud de los candidatos a ser canonizados nace en el período del nacimiento de la Reforma, tras las críticas de Erasmo y Lutero a la veracidad de las historias de los santos y su difícil constatación, la figura del Promotor Fidei, llamado comúnmente Advocatusdiaboli, en el año 1587 bajo el papado de Sixto V.

El Promotor Fidei era el encargado de someter a escrutinio la vida completa del santo en busca de alguna falta que anulara el proceso y cualquier testimonio o documento que no fuera revisado y aprobado por él no tenía validez alguna. La investigación llegaba a ser tan escrupulosa que incluso el hecho de que un santo hubiera realizado muchos escritos se ponía en tela de juicio por si constituía un pecado de vanidad que invalidara su candidatura a la canonización.

Teniendo en cuenta que la fe cristiana pide creer sin ver, encerraba cierta paradoja que desde la misma Santa Sede se impusiera un cargo dedicado a tratar de sabotear por todos los medios las canonizaciones propuestas, por lo que dicho puesto se apostilló bajo el nombre de “abogado del diablo”. Sin embargo, la figura del Promotor Fidei trataba de constatar que los santos eran realmente merecedores de dicho título y que la veneración fuera justificada para salvaguardar tanto la fe cristiana como la integridad de la Iglesia y su mensaje.

Imagen| Sixto V