lunes, 23 de enero de 2017

Los pasteles que llevaron la guerra a México

Remontel, el repostero francés, sirvió sus pasteles a algunos oficiales del entonces presidente de México, Antonio López de Santa Anna, pero estos quisieron comer de balde

México, lejos de darse por vencido, expulsó a todo francés de su tierra y rechazó la capitulación
Como en el caso del Istmo de Panamá y la famosa raja de sandía, México sacó las uñas contra Francia, o al revés, también a causa de un alimento que se degustó de balde por quien entonces creía tener más autoridad. Esta vez, en una de las tierras más bonitas que existen, fueron unos pasteles deliciosos, por lo visto, los que terminaron de enrarecer el aire mexicofrancés que pululaba por Tacubaya, hoy México D.F., en 1832.

Había entonces un comerciante francés que ofrecía delicias azucaradas a todo aquel que quisiese poner en práctica las bases de una típica transacción comercial, es decir, yo te doy algo y tú me lo pagas. Remontel, que así se llamaba el repostero, sirvió sus pasteles a algunos oficiales del entonces presidente de México, Antonio López de Santa Anna. Pero aquellos, quisieron comer de borla.

Entonces, como de estabilidad México andaba falto, los empresarios franceses comenzaron a dirigir sus reclamaciones al gobierno, que no consideraba que la situación fuese para tanto. La de Remontel en concreto, de 60.000 pesos de la época. Por eso es que algunas fuentes aseguran que Francia se quejó de forma «exigente, acumulando quejas y demandando, con prepotencia, solución a situaciones en muchos casos dramatizadas».

Y no es para menos viendo que, al final, la cuantía que se pedía desde la cancillería francesa de Louis Mathie Molé era de 600.000 pesos. Una locura para la época y para el lugar.

Y así estuvieron discutiendo hasta que en febrero de 1838 la flota francesa arribase en Antón Lizardo, Veracruz, para demandar lo que consideraba suyo. A esta escuadrilla se añadiría otra más enviada por el rey Luis Felipe de Francia, y también un aviso que vencía el día que hacía el medio de abril del mismo año, y que exigía a los mexicanos «no imponer a los franceses contribuciones de guerra de ninguna especie, ni las conocidas con el nombre de préstamos, y a no señalar coto al comercio de menudeo ejercido por aquellos».

México no dio brazo a torcer

Sin entendimiento llegó el 16 de abril, y con él el sitio de Veracruz. Siete meses más en los que las partes no consiguieron ponerse de acuerdo. Entonces, el almirante francés al cargo, Bazoche, fue sustituido por Baudin, que se presentó en la ciudad mexicana con el príncipe de Francia, Joinville, para ver empezar la guerra en noviembre del 1838.

Ulúa no tuvo más remedio que capitular por la desproporción de fuerzas, y el país, lejos de darse por vencido, expulsó a todo francés de su tierra y rechazó la capitulación. El general Antonio López de Santa Anna estuvo cerca de conseguir venganza, pero fue sorprendido en los muelles junto a 300 de sus hombres, y herido de gravedad. Tanto, que se quedó sin pierna.

Tuvo que ser Inglaterra y su enorme flota quien forzase a Francia a alcanzar la paz. Así se llegó a marzo de 1839, teniendo México que pagar los 600.000 pesos que, con un cero más, salieron un año antes de los deliciosos pasteles del señor Remontel.

Imagen| WikiMéxico