martes, 21 de febrero de 2017

Las kumaris, las niñas diosas vírgenes del valle del Katmandú

El proceso de selección de estas niñas nepalíes es un ritual secreto en el que no pueden intervenir ni sus propios padres

Fotografía de una kumari
La tradición se remonta al siglo X, como mínimo, cuando en todo el sur de Asia los niños y las niñas hacían de agentes de adivinación de rituales hinduistas y budistas. La conexión con lo divino y la facultad de predecir el futuro despertaban especial interés en los gobernantes de Asia. Siglos más tarde, la tradición fue adoptada por los pueblos de la periferia del subcontinente indio (Cachemira, Assam, Bengala, Nepal) donde se hacía hincapié en el poder femenino (shakti).

En la Edad Media, casi todas las poblaciones del valle de Katmandú tenían su propia kumari. Con el paso del tiempo, siguió cumpliéndose el rito, sobre todo en Bhaktapur y Patan.
En el remoto corazón montañoso de Nepal se mantuvo, hasta no hace mucho, la tradición con enorme fuerza. De hecho, la última kumari se retiró en 1972.

Para ellos, la niña diosa entraña la encarnación de la deidad femenina superior. Se eligen en el seno de familias vinculadas a determinados bahals, un tipo de patio en torno al cual residen familias newar tradicionales.

Ser elegida para el puesto se considera el honor supremo, que puede traducirse en innumerables beneficios para la familia de la kumari, por lo cual aún la carga financiera y el enorme sacrificio personal de la familia de la kumari, el hecho de que la niña sea elegida, hace llover sobre ellos abundantes bendiciones. Hay que considerar que se le da a la niña el status de diosa en el mundo moderno.


Las diosas vivientes sólo pueden vestir de rojo, el color de la energía creativa; son reverenciadas por la comunidad newar; se les atribuyen poderes premonitorios y la capacidad de curar enfermos, e impartir bendiciones de protección y prosperidad; y, sobre todo, se las considera un puente inmediato entre este mundo y el divino, capaz de generar en sus devotos el maitri bhavana, un ánimo de bondad benevolente hacia todo y hacia todos.

Las kumari se eligen en el seno de familias vinculadas a determinados bahals, patio en torno al cual residen las familias newar tradicionales, y todos sus antepasados tienen que proceder de una casta elevada. Ser elegida Kumari se considera un honor supremo.

Las niñas saben que, de ser elegidas, no continuarán yendo a la escuela y tendrán profesores en su casa. Cuando se elige la kumari, se viste de rojo, con el cabello recogido en un moño alto, los ojos perfilados con kohl hasta las sienes y, en días festivos, una tika carmesí pintada con un agni chakchuu, un tercer ojo conocido como el ojo de fuego.

Las exigencias de pureza, no sólo son requeridas en la niña, sino que se le impondrán a toda la familia; y tiene que cumplir con ritos, tales como engalanarse a diario con ropas y maquillajes especiales. En la casa hay que reservar una habitación, para convertirla en sala de puja (sala de adoración), desde la que la diosa recibe a sus devotos. Todas las mañanas la familia ha de celebrar ante ella la nitya puja, un ritual diario de adoración. La kumari sólo sale de la casa para asistir a festivales o ceremonias religiosas, y siempre tiene que ser transportada en brazos o en un palanquín, porque no debe tocar nunca el suelo con los pies. Nadie que tenga contacto con ella puede llevar algo de cuero.

Y, sobre todo, la kumari no puede sangrar. Según la creencia, el espíritu de la diosa (shakti) que entra en el cuerpo de la niña la abandonará si tiene alguna hemorragia, por mínima que sea. Es por eso que la kumari es destronada cuando tiene su primera menstruación.

Se espera que las niñas, cuando esto sucede, retomen una vida normal, pero no es fácil, puesto que son años de adoración y reclusión y de pronto deben adaptarse a un mundo desconocido para ellas.

Las niñas son elegidas por la esposa del sacerdote, en un cuarto cerrado, en el cual están las tres candidatas. Una vez elegida, se quema incienso y, al abrir la puerta, la kumari comenzará a recibir las ofrendas de sus devotos, que se arrodillan e inclinan la cabeza hasta sus pies. A partir de ahora, la kumari perderá su nombre y será llamada Dya Maiju: diosa infantil. Todos deben arrodillarse ante ella y brindarle ofrendas, no necesariamente de dinero. La niña diosa meterá sus dedos en un plato que tiene a su lado para mojarlos con pasta de bermellón, con la que marcará la frente de sus devotos.

Cuando les preguntan a quienes ya no son kumaris cómo se adaptaron a la vida común, contestan que generalmente no pueden hacerlo, puesto que mientras lo son, no pueden hablar con extraños, y por eso no se atreven a enfrentarse al gentío, al tráfico, al ruido y al suelo irregular.

Vía| La Nación
Imagen| Wikipedia

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