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jueves, 9 de febrero de 2017

Sociedades sin Estado

El concepto tradicional y convencionalmente aceptado de «sociedad» es revisado por distintos trabajos en el área de la antropología social

El Capitolio en Washington DC, fiel representación del modelo de Estado occidental
La organización de la vida social del hombre primitivo ha sido el foco de atención de no pocos estudiosos de áreas afines a la antropología. Durante años el estudio de un presunto «sistema salvaje» pasó desapercibido en el ámbito de la ciencia y la sociedad en general, confiando en que en verdad los salvajes no tenían nada para transmitir en sus métodos a una sociedad refinada y avanzada como lo era la europea.

Sin embargo, este paradigma se modificó con la introducción del estudio antropológico, a tal punto que profesionales vigentes siguen discutiendo sobre el sistema de sociedad impuesto por una gran cantidad de sociedades primitivas dispersas a lo largo y ancho del planeta. Quizá el hecho de que el número de pueblos salvajes que implementan formas de sociedades muy similares sin haber entrado nunca en contacto unos con otros sea por demás curioso, pero esa discusión queda fuera de estas líneas y para otra ocasión.

El reconocido antropólogo y catedrático Tim Ingold se encargó de estudiar la existencia de estructuras sociales dentro de las bandas cazadoras y recolectoras en el texto adjunto a la Encyclopedia Cambridge of Hunter and Gatherers titulado Sobre las relaciones sociales de la banda cazadora y recolectora. Su principal incentivo para realizar dicho trabajo devino al preguntarse si realmente los cazadores-recolectores viven en sociedades propiamente dichas, considerando que el término «sociedad» connota un dominio de regulación externa identificado con el Estado, orientado principalmente a regular la vida de las personas en pos de la justicia y la armonía.

La principal discrepancia analizada por Ingold entre lo considerado como una sociedad y la conducta adoptada por los grupos cazadores-recolectores se manifiesta tanto en la ausencia de una división de clases y la falta de jerarquías en la organización social y política como también en la carencia de un sacerdocio formal y la inexistencia de la propiedad privada. Tomando conciencia de la necesidad de diferenciación de rangos entre los hombres que toda sociedad conlleva, ya que ésta debe tener reglas que la regulen y a su vez dichas reglas deben hacerse cumplir a través de personas que las implementen y las sancionen, lo que imposibilita una igualdad de condiciones tajante, el autor marca como poco probable la existencia de sociedades sin estructuras.

Los principios en que se basan las bandas cazadoras-recolectoras, en las cuales las personas son iguales entre sí, tienen su propia autonomía y un rígido ideal que los impulsa a compartir todo, dificultan la posibilidad de establecer a estos pueblos dentro del rango de «sociedades». Ingold se aventura simplemente a concluir que las bandas cazadoras-recolectoras poseen una socialidad distinta e incompatible con el concepto de «sociedad» occidental y moderno.

Uno de los planteos que abarca el estudio antropológico de los pueblos cazadores implica la siguiente pregunta: ¿pueden existir sociedades sin Estado? En este marco, Pierre Clastres considera que sí, de hecho denomina a las sociedades primitivas como «sociedades sin Estado» y las contrapone a las «sociedades con Estado». En su trabajo La sociedad contra el Estado señala que la economía de mercado es la principal causa del surgimiento del Estado, ya que este suceso conlleva a la producción de excedentes, lo cual, a su vez, deriva en una división de clases y en la aparición de la propiedad privada.

 La visión occidental del modelo de sociedad está tan arraigada en el inconsciente colectivo que sería incluso tarea titánica sólo imaginar un modelo distinto. Las variadas instituciones que abarcan importantes aspectos de la vida del hombre en Occidente tienen como fin último su sociabilización. Como bien había mencionado Durkheim, la educación es excluyente al moldear la consciencia de un niño y convertirlo en un ser social, pero con una socialidad occidental, acatando las normas y las convenciones establecidas. Quizá en el seno de otros pueblos puedan hallarse modelos más convenientes para el bienestar general, a merced de que un cambio global y rotundo en los tiempos que corren suena más a utopía que a una posibilidad latente.

Imagen| Pixabay

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