jueves, 6 de abril de 2017

Fronteras en la piel: lo sensorial y el cuerpo (II)

La percepción tiene un importante papel en la memoria, manteniéndose como un recuerdo vivo, dinámico, que puede ser pasado pero estar presente

Fronteras en la piel: lo sensorial y el cuerpo
Siguiendo con el artículo anterior, por  otra  parte, la  percepción  tiene  un  importante  papel  en  la  memoria,  manteniéndose  como un  recuerdo  vivo,  dinámico,  que  puede  ser  pasado  pero  estar  presente  en  nuestras  calles,  casas, barrios,  latiendo  a  través  de  sonidos,  olores,  tactos…  La  expresión  de  la  historia  no  sólo  a  través del  arte,  de  los  libros  y  los  testimonios,  sino  también  a una percepción del  espacio  y el  tiempo  que  “susurra” leyendas  del  pasado,  vivencias,  ecos  de  otros  momentos  fuera  del  presente  que  conforman  la identidad cultural propia, así como una identidad personal que se encuadra en sus límites y que responde a una serie de experiencias (vividas o no vividas, pues la importancia de la imaginación en el asunto de la experiencialidad y las vivencias no suele tenerse en cuenta, ya que también habitamos mundos  imaginados, sino podemos considerar directamente que todos los mundos sean de por sí imaginados).

Hablar de ventanas significa reivindicar esta idea del cuerpo contenedor de una mente a través de la que nos relacionamos con el mundo. Según Merleau-Ponty (autor de la corriente de a fenomenología), el estudio profundo del cuerpo puede ayudarnos a desentrañar muchas preguntas acerca de la propia naturaleza humana sin salir de ella. El cuerpo asiste a la percepción desde sus entrañas, es parte constante de la misma pues ambos se reúnen en un acto de percepción carnal a través de la cual somos constituidos como una continuidad con el mundo. Sin embargo hemos de ser cuidadosos de no concebir este mundo, como ya he señalado, como un entorno que “está ahí” desde una perspectiva naturalista. Referir al cuerpo como una continuación del mundo, concretamente en palabras de este mismo autor “ser cuerpo es ser-del-mundo”, supone replantearnos un debate ampliamente visitado en la filosofía sobre el carácter de ser humano.

Desde la filosofía cartesiana se lanza la separación dicotómica del alma/mente y el cuerpo como entidades separadas con una esencia separada. Este polo divide la concepción interna del ser humano, y lo coloca en la encrucijada de una incorporeidad espiritual y un cuerpo sin espíritu. De hecho más adelante, en el siglo XIX el cuerpo en sí pasa a concebirse puramente como una máquina que funciona como si de engranajes se tratara, esto es debido a todo el conjunto de saberes médico-científicos que descomponen el cuerpo humano en huesos, órganos,… en piel como ese elemento frágil y efímero que nos separa de nuestro entorno, que nos contiene y nos caracteriza al mismo tiempo. Hablar de “ventanas” al mundo nos está reflejando ya la forma en la que nos comprendemos como envueltos en el mundo y con ello nos vemos como separados de él. Por un lado nosotros figurados como un cuerpo en el espacio, y por otro el mundo sensorial cargado de estímulos, otros cuerpos, animales, objetos, luces,…

El cuerpo en cambio puede plantearse como un “dotador de sentido”, teniéndolo en cuenta como un todo en el cual el alma no necesita ser vista de forma extracorpórea se plantea una relación simbiótica y “eterna” con el medio sensorial, el cuerpo se plantea como un “filtro”  de esta forma formamos tan parte del mundo como éste es parte de nosotros. Es a partir de la percepción cómo dotamos al mundo de sentido, es decir sentir implica también significar y ello comprende un bagaje cultural concreto que media nuestra forma de mirar, oler, escuchar, tocar… Cuando pensamos en nuestros sentidos los vemos como un enfoque hacia fuera, volviendo a la idea de las “ventanas del mundo”, en cambio nuestros sentidos no son una proyección sino una continuidad de nosotros mismos en el tiempo y el espacio.

La idea de la continuidad sensorial con el mundo supone una ruptura de la piel en su calidad fronteriza, ésta deja de separarnos del mundo de forma que nos adentramos en una concepción del cuerpo cambiante, en el sentido de que es a partir de éste, entendido como la encarnación de nuestra cultura, desde donde “construimos” el mundo a partir de nuestro pensamiento, nuestros sentidos y nuestras acciones. De esta forma frente a una misma realidad podemos tener distintas interpretaciones.

En  el contexto  de  una  reflexión  de  la  percepción  humana  en  la  cual  se  ha  solido  considerar  al  cuerpo no como un objeto fisiológico sino como un filtro cultural, un entorno de relación, encontramos el embodiment  de Thomas Csordas. Desde esta perspectiva el cuerpo se convierte en el principal protagonista en los estudios culturales pues se le concibe como una encarnación de la cultura. De hecho incluso la percepción de los otros se vería transformada en tanto que dejarían  de  ser  objetivizados  y  pasarían  a  ser “otros  yoes”  concediéndoles  la  condición  de  “ser  intersubjetivo”  en  tanto  que  interviene  en  mi percepción  y  yo  en  la  suya. El cuerpo humano es visto como una expresión misma de una simbiosis entre mundo y la persona misma, eliminando las barreras entre el cuerpo mismo y las emociones, los pensamientos, la conciencia y la inconsciencia. De esta forma no podemos hablar de ventanas pues nuestros sentidos no son más que la expresión de esta unión entre  nosotros y un entorno que es percibido al mismo tiempo que se construye.

Con estas ideas se trata de descomponer la idea del yo como un sujeto y un cuerpo, por lo tanto cuestionando las barreras internas de nuestro ser aprehendidas en nuestra calidad de ser encarnado, de ser pensamientos y emociones “hechos carne”, tal y como planteara Michelle Rosaldo con su concepto de pensamientos encarnados o embodied thougths. En la construcción simbiótica del mundo y del yo se pondría en relación no sólo nuestro bagaje cultural sino también quiénes somos y cómo nos auto-percibimos. Podemos hablar por tanto de un mundo encarnado, cada uno de nosotros es una continuidad de un mundo compartido culturalmente intra e inter-grupalmente.

Replantearnos por tanto las propias barreras que nos atraviesan y nos constituyen, las cuales han creado muros que separan la propia concepción del ser humano en las sociedades occidentales como un discurso hegemónico desde muchos puntos, pues qué es eso del ser humano y qué es eso del mundo es un aspecto básico que atraviesa todo discurso ya sea político, académico… Nos relegan un conocimiento fraguado en siglos y que se ve replanteado ante el cuestionamiento de los límites de nuestros “apartados”, por un lado las emociones por otro los pensamientos por otro el cuerpo, todos estos distintos límites van cayendo uno a uno cuando se busca comprender al sujeto como una totalidad, y finalmente el telón de la separación de nuestro ser encarnado y el mundo en el que vivimos termina cayendo ante perspectivas como las señaladas pues somos-estamos-en-el-mundo, como dijera Merleau Ponty, somos un “yo” que crece con los otros “yoes”, nos conformamos y conformamos la sociedad al mismo tiempo, de la misma forma que somos construidos y construimos ese espacio que entendemos mundo a partir de nuestra percepción.

Para terminar querría dejar una paradoja conocida:

Si en un bosque donde no hay ningún ser vivo en kilómetros a la redonda, cae un árbol, y nadie lo oye. ¿Existe el ruido de ese árbol más allá de la percepción de su caída?

Bibliografía

CSORDAS, Thomas. Embodiment and Experience: the existencial ground of culture and self. Cambridge University, Cambridge, 1994.

DESCARTES, René. Discurso del método; Meditaciones metafísicas. Epasa-Calpe, Madrid, 1970.

LE BRÉTON, David. El sabor del mundo: una antropología de los sentidos. Nueva Visión, Buenos Aires, 2007.

MERLEAU-PONTY, Maurice. Fenomenología de la percepción. Península, Barcelona, 1994.

ROSALDO, Michelle. “Toward an anthropology of the self and feelings” en Shweder, Richard; y LeVine, Robert (eds), Culture theory. Essays on mind, self and emotion, Cap. 5, Cambridge University Press. Cambridge, 1984.

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