lunes, 19 de junio de 2017

De cómo unos peces devoraron sin piedad a su pobre cocinero

Quince días tuvo Vatel para preparar el banquete mortal, incluyendo el quebradero de asignar dormitorios en Chantilly para los desvaríos sexuales de la corte de Luis XIV
 
Vatel no pudo soportar la humillación de no haber podido llevar a buen fin su trabajo
Luis XIV, el francés que quiso desposeer al sol de su indiscutible reinado, es uno de los soberanos más conocidos de la historia. El prototipo del absolutismo europeo, además de haber cedido el nombre a la Louisiane y de haber levantado el imponente Versalles, fue un hombre dado a los placeres mundanos que llevaba el fasto en las venas por necesidad histórica y genética.

La Fiesta de los Tres Días

Y como el mejor escenario para que un poderoso despliegue su pompa sanguínea es su madriguera, otro enorme mandamás, Luis II de Borbón-Condé, se aplicó el cuento. El único inconveniente era que maravillar a Luis XIV requería un esfuerzo magnánimo, ya que superar la garra que se reflejaba desde la belleza cósmica de Versalles no era cosa fácil. Por eso Luis II decidió mostrar su poderío con un cortejo festero de tres días de duración que llevaría a François Vatel a la cabeza, un maestro de ceremonias pulcramente perfeccionista que se encargaría de que los destellos de la corte llegasen hasta la última penumbra de Europa y más allá.

Quince días tuvo Vatel para preparar todo el sainete, incluyendo el quebradero de asignar dormitorios en Chantilly atendiendo a los amoríos encubiertos que existían entre unos y otros invitados, cosa que requería de muchísima diligencia.

El cocinero debía preparar un menú diferente para cada uno de los cinco refrigerios que tendrían lugar el tercer día de la fiesta. Vatel no era un aprendiz, ni mucho menos, así es que decidió presentar al rey una fabulosa exposición de pescado que esperaría a ser devorado sobre un «mar de hielo». Y como acostumbra la perfección, el cocinero de Luis II, por si las moscas, había encargado género en varios puertos, no fuese a ser, por ejemplo, que una tormenta arruinase el festín.

Sin honor no hay nada

Pero la Fiesta de los Tres Días avanzaba y Vatel no veía el pescado en parte ninguna. Aunque los imprevistos que se habían asomado por el castillo de Chantilly los dos primeros días del festín fueron salvados con el éxito de un entendido —léase, incluso, la muerte de un desdichado por los fuegos de artificio—, no tener pescado para una cena de pescado era ya otro cantar.

Se sabe que un perfeccionista no acepta la humillación que supone el vencimiento de sus expectativas. Vatel, que lo era, viendo ante sí solo unas pocas cajas de pescado y con la lógica nublada por la desesperación de fracasar ante los dos Luises, salió de las cocinas con el rostro encapotado por la vergüenza. Él mismo dijo a uno de los familiares del príncipe que su honor estaba perdido y que nunca podría superar tal menosprecio:
«Je suis perdu d´honneur, dit-il à un des familiers du prince, voici un affront que je supporterai pas»
Humillado, el cocinero que para muchos sentó las bases de la cocina moderna, el pulcro genio de los fogones, subió a sus aposentos, se quitó la corbata —«dégrafe sa cravate»— y se dio muerte atravesándose con una espada. Mientras tanto, a ras del suelo, Chantilly recibía todo el pescado que Vatel había encargado para la gran faena de su vida.

Así es que la sobremesa terminó con uno menos. Sin embargo, sí se colocaron en su sitio las intrigas secundarias que habían llevado a ambos Luises a festejar en paz y armonía: el XIV necesitaba el apoyo de Borbón-Condé para enfrentar la más que probable guerra con Holanda, y al segundo le venía pero que muy bien un empuje económico por parte del Rey Sol.

Bibliografía

GRANADOS, Alberto. La historia más curiosa. Los grandes momentos y los personajes que debes conocer. Aguilar, 2010.

CASALI, Dimitri. Les morts à la con de l´histoire. Express Roularta, 2013.

Vía| El Mundo, Ver bibliografía
Imagen| Atelier

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