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lunes, 14 de agosto de 2017

¿Qué error cometió el Rey de los Ladrones?

El Rey de los Ladrones se quitaba los zapatos, pasaba como Pedro por su casa, echaba el cerrojo y parapetaba la puerta para, como dijo en su día, «no ser molestado por los importunos»

En la foto, un miembro de los Apaches, una tendencia socio-criminal que atemorizó Francia, según algunos, desde comienzos del siglo XX
Monarca de voleurs, majestad de cacos y emir de rateros. Ese era Delarne, el Rey de los Ladrones para la prensa francesa de la época. Pero no trotaba ni gota de sangre real por las venas de este obrero tranquilo y elegante que pasó casi 14 de sus 27 años dedicándose al ladronicio por Seine et-Oise, en París. Con sorna, él mismo se definió de la siguiente manera para los gendarmes que le echaron el guante en 1904:
«No ha nacido el sol ni un solo día sin que yo haya cometido dos robos, cuando menos: echen ustedes la cuenta».

Delarne era un ladrón en toda su expresión. Además de pasar desapercibido entre los tendederos de su barrio, el esposo y padre que acostumbraba a salir de casa silbando con las manos en los bolsillos puso contra las cuerdas a toda la policía de París, que no daba a basto para enfrentar los saqueos que amparaba la luna parisina. Al norte, uno; al sur, otro mejor. Robos de una hora que desorientaron soberanamente a las autoridades francesas, seguras, en principio, de que aquello era cosa de bandas. Apaches, quizá. Pero no, el artífice era uno y solo uno.

El método

Una de las principales normas que la razón le dicta a un buen caco es la que dice que en el objeto del deseo ha de reinar la paz, es decir, Delarne necesitaba que en la vivienda a desvalijar no hubiese ni un alma. Por eso llamaba a la puerta y por eso arreaba con una piedra contra las persianas, para asegurarse que el hombre de la casa, por ejemplo, no se ajustaba el corbatín al cuello frente al espejo. Casa vacía, ergo buen plan.

Entonces el Rey de los Ladrones se quitaba los zapatos, pasaba como Pedro por su casa, echaba el cerrojo y parapetaba la puerta para, como dijo en su día, «no ser molestado por los importunos». Y comenzaba a trabajarse el lugar con mucha animosidad.

Cometer un par de robos al día sin ser capturado requería y requería de mucha habilidad. Así, además de un físico portentoso y una mente privilegiada, Delarne estaba sobrado de seguridad en él mismo. Para muestra, un botón.

Mundo Criminal cuenta que en una ocasión en la que el ladrón andaba desvalijando la casa de un desdichado le sorprendió el sonido de la puerta. Delarne se apresuró a recoger su botín para salir pitando, pero se topó de bruces con un hombre que no resultó ser dueño de nada: «Señor, ¿quiere usted un buen bistek?», dijo el mozo de la carnicería. «Vea usted a la cocinera», respondió Delarne. Y se quedó tan ancho.

Inmediatamente, el pobre muchacho hizo lo que le habían mandado y salió de la habitación mientras el Rey, sacudiéndose la confianza que llevaba sobre los hombros, hacía lo mismo pero en sentido contrario y montado en la bicicleta del mozo. En el portabultos, el botín que se había llevado de la casa, además de la carne que el chico tenía que repartir.

Según «Mundo Criminal», este sería el rostro del Rey de los Ladrones
¿Cuál fue su fallo?

Sin embargo, a pesar de ser el Rey, Delarne cometió un error de principiante al personarse él mismo para negociar uno de los títulos de deuda que había sisado en una casa. Así se ponía fin a la leyenda del Rey de los Ladrones y también a la anchura con la que vivían sus familiares: «Ocultos hábilmente en troncos de madera encontróse relojes de oro, sortijas, pulseras, pendientes de brillantes, alfileres de corbata, con las marcas de los más célebres joyeros», y una pila de monedas de oro que Delarne y los suyos habían escondido tras el empapelado de una habitación.

En su favor, Mundo Criminal escribe que durante esos 14 años en los que Delarne anduvo como un funámbulo por la ley no se llevó por delante la vida de nadie. Al parecer, el Rey de los Ladrones siempre tuvo «horror a la sangre». Y, sin quererlo, la cabeza se llena con las tropelías cruentas de los Apaches citados al comienzo del artículo. Nada que ver.

Vía| El Rey de los ladrones, Museo Criminal, Madrid, 1904.
Imágenes| Play Ground

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