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lunes, 30 de octubre de 2017

¿Cómo debía ser un ‘niño altruista catalán antifascista’?

El Comisariado de Propaganda de la Generalitat publicó en 1937 el perfil que tenía el antifascista catalán de cuna

El Noucentisme, en el que se incluye la obra de Obiols, tuvo irremediablemente un trasfondo político
Un estado no es una nación y la autoridad no es comunidad. El intríngulis de nacionalismos modernos en los que a menudo se quieren ver raíces no es más que un invento puesto en marcha a finales del siglo XIX. Lo dijo Hobsbawm, el grande, utilizando para ello el archiconocido caso judío y su diáspora. En ese párrafo en concreto, porque en el resto de Naciones y nacionalismos desde 1780, el enorme historiador hace un recorrido disciplinadamente docto por todo el globo, el nuestro, el de todos. Y el tema siempre es el que es, una burbuja a punto de explotar dentro de un caldero hirviendo.

La lengua inventada por las élites

El Comisariado de Propaganda de la Generalitat de Cataluña publicó en 1937, ilustrado y en cuatro idiomas de forma simultánea, la Vida del niño altruista catalán antifascistaAuca del noi català antifeixista i humà—, con dibujos de Josep Obiols. Este, «el dibujante nacional de Cataluña» según decía en 2015 para La Vanguardia el entonces conseller de Cultura, Ferran Mascarell, fue un novecentista catalán, y, por lo tanto, heredero de la Renaixença.

El Noucentisme en el que se incluye la obra de Obiols tuvo irremediablemente un trasfondo político, y, como tal, se desarrolló a merced de su evolución, con parones pseudofascistas incluidos (Léase Primo de Rivera y Franco). Los novecentistas apuntaban hacia el futuro, que era donde se veía Europa, y no hacia España, pero caminando por conseguir una cultura propia y representativa, un catalanismo real, una lengua.

A propósito de la lengua, podemos preguntarnos cuál es su misión dentro de los nacionalismos. Con las entendederas puestas allá en el siglo XIX se puede decir que entre alfabetizados sí pudo ser determinante. Sin embargo, la inmensa mayoría de la población europea era analfabeta y, aunque no se sabe con certeza precisamente porque las únicas fuentes fueron escritas por esas elites —la tradición oral limita mucho este aspecto—, se presupone que el nacionalismo no tendría en sus inicios tanto sentido para el pueblo llano: «La lengua no era más que un modo, y no necesariamente el principal, de distinguir entre comunidades culturales», afirma Hobsbawm. ¿Entonces? ¿Futuras naciones o solo grupos de personas incapaces de entenderse entre sí? Para el historiador, la lengua se inventa, se construye como un puzle a partir de un idioma o idiomas ya existentes con la única idea de extender el nacionalismo político de unos pocos poderosos. Por lo tanto, sería el estado quien engendra a la nación y no al revés.

Es decir, la lengua pasó a ser el pilar básico de los nacionalismos a partir del XIX. Hasta entonces, nada de nada. Y, como es habitual, en la gestación del protonacionalismo no importó que la inmensa mayoría no hablase ese supuesto idioma nacional, sino que bastó con que fuese la minoría elitista la entregada en cuerpo y alma a esos exclusivos vocablos. De ahí pasó al pueblo mediante «la educación pública y otros mecanismos administrativos». Un ejemplo claro se ve en 1860 con la unificación de Italia, momento en el que solo un «2,5% de la población usaba la lengua para fines cotidianos». Luego Italia era un «concepto cultural».

Manual del niño antifascista

En 1937 los dibujos de Obiols parecían ir un paso por delante en el sendero de lo que hoy es el diseño gráfico. Cuidados en colores y en siluetas, algo que definió a los novecentistas.

La Vida del niño altruista catalán antifascista comienza en la cuna: «El héroe de nuestra historia nació en un día de gloria», dice. Esa fecha, el 19 de julio, fue la batalla de Barcelona. Sigue, con poética, diciendo cómo su padre lo inscribe en el registro de acuerdo a las leyes, cómo su madre le da el pecho porque no se fía de las nodrizas y cómo se ayuda de la guardería para su crianza.

El protagonista de Obiols es un bebé cualquiera que sigue las normas establecidas según su edad. Así, desde su nacimiento, y en general, muestra un desarrollo precoz en todos los ámbitos: anda rápido, habla pronto, baila, canta, «crece sano y sin vicios», estudia leyes de ciudadanía y es exitoso en el deporte y aplicado en los estudios. «Sabe de astros y pintura, de historia y agricultura; de cuentas, y es mecanógrafo, y tiene afición de fotógrafo». Por cierto que la ilustración que acompaña la lectura del Compendi de Ciutadania es la de uno que se arrima más a bebé que a adolescente y que, vestido con el cuello camisero del arrorro mi niño, sujeta un libro bastante más grande que él.

Sin embargo, en su verde adolescencia y otorgándole así la augusta decisión de elegir su propio futuro, el chico contradice los deseos de la madre, que veía en él un triunfante ingeniero. Ella llora cuando el protagonista decide ingresar en el Instituto de Orientación: será carpintero. Proletario, como no podía ser de otra manera en una revolución social. Eso sí, sabe inglés, francés y ruso, no es un analfabeto como la mayoría de la población europea del entonces. Ya hemos hablado de las manos que las élites ponen sobre los nacionalismos. El niño da la mano a un profesor que no tiene rostro y que podría representar ese futuro de reconstrucción nacional que había comenzado en Cataluña. Incierto, pero autoritario. Además, «como catalán pulido, presta ayuda al desvalido».

Ya en lo puramente político, el Comisariado de Propaganda de la Generalitat incluyó las palabras «justicia», «libertad», «cultura» y «progreso». También «historia». De este modo, en uno de los diseños de Obiols, el niño sujeta una pancarta, dice el autor, porque es «demócrata y es noble y tan fuerte como un roble». Además es una alegoría a la libertad, un quebrar de eslabones, y así se dibuja. Es muy significativo que tras las tres páginas que se dedican a este tema aparezca, con opulencia y del color del oro, un hombre gordo empelado con un puro en la boca: «Siente odio hacia el fascista, por tirano y poco altruista», reza la leyenda. Ese hombre desdeñoso es la personificación del fascismo, el enemigo contra el que peleará el niño, ya hombre, en la Guerra Civil española. En concreto, explicita la Vida del niño altruista catalán antifascista, «contra el gran fascista gritando No Pasarán lucha cual buen catalán, que siempre se siente hermano luchando contra el tirano». Aquí, Obiols dibuja soldados sin rostro.


Y nada más se sabe de su vida. Aquí el libro pone punto y final a la historia del niño de ficción que pretendió ser muchos niños de carne y hueso. Pero eso no es exclusivo de la tierra catalana.

Para finales del siglo XX, el nacionalismo había cambiado pasando a ser separatista y no unificador, esto es, la culpa de las carencias de mi tierra la tiene el de al lado. El centro de la diana viró de estados multinacionales a otros nacionales. En Cataluña, igual que en el resto, el pueblo miraba con recelo el nacionalismo por cuestiones clasistas. De hecho, en 1980 «solo el 6,5 por ciento de los diarios que circulaban por Barcelona estaban escritos en catalán», aunque la lengua era hablada por el 80 por ciento del pueblo. Escribe Hobsbawm que fue el desplazamiento hacia la izquierda para aglutinar al mundo obrero lo que lo convirtió en una fuerza de masas. Y eso lo escribió en 1990.

Bibliografía

Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya: Auca del noi català antifeixista i humà. Barcelona, Biblioteca de Catalunya, 1937.

HOBSBAWM, E., Naciones y nacionalismos desde 1780. Barcelona, Crítica, 1991

Vía| La Vanguardia (hemeroteca), Ver bibliografía
Imagen| La Vanguardia (hemeroteca)

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