jueves, 26 de octubre de 2017

El mal como incertidumbre

El eje rector, o metafísico es el concepto de “Incertidumbre”, desde lo filosófico propiamente dicho, pero que discurre en el origen poético de la filosofía y en la sentencia de Anaximandro “Ápeiron” 
 
Representación de la lucha del mal (diablo) contra el bien (Jesús)
El eje rector, o metafísico es el concepto de “Incertidumbre”, desde lo filosófico propiamente dicho, pero que discurre en el origen poético de la filosofía y en la sentencia de Anaximandro “Ápeiron”. Ese eje rector se convierte en lo “negativo”, “lo demoníaco” que el autor desanda en su torrente de mayor desamparo, que a contrario sensu define la idea de religiosidad occidental, o metafísica, pero volviendo, reconstruyendo o reviendo aquel concepto de mal, no como ausencia o contraposición del bien, sino como la realidad descarnada del ser humano. En su pertinaz contradicción existencial de ir por lo que nunca podrá ser asido (lo cierto, la certeza) habitando por siempre en lo incierto, en lo maligno, pese a siempre querer salir o huir de allí, su hábitat natural.

Tal vez si no iniciático, uno de los conceptos iniciáticos de la filosofía y del pensamiento occidental, introducido por Anaximandro, es la definición de lo engendrado, lo inacabado, el principio donde surge todo lo que perecerá allí. Con el paso del tiempo y de nuestros temores o de la ambición desproporcionada para vencer la naturaleza de ese temor, aquello que no tenía un curso, lo indeterminado, trocó en lo incierto, la humanidad se alarmo y le dio connotación diabólica  a lo que no maneja o no controla. La exclusividad excluyente de pretender un mundo, en manos de un solo creador, interpretado por hijos dilectos o profetas, socava la armonía de quiénes depositan sus expectativas en aquello que provenga de sus sentimientos más fidedignos (que por lo general son múltiples, contradictorios, la caótica efervescencia en la que se manifiesta la libertad) éstos convertidos por la sujeción o conversos por condicionamiento, no tienen problemas después, de vehiculizar esa violencia, esa ira, ese odio que cultivaron en ellos, en actos de violencia, en heridas desgarradoras, diciéndose adalides de ese dogma que los ha vejado, están prestos a perpetrar cualquier tipo de tropelía en contra de esa humanidad que ha permitido que les supriman el derecho de creer en lo que rayos hubiesen querido.

Esta radicalización, por no decir talibanización, descansa en el apotegma inescrutable de que les espera otra vida en un más allá imposible de escudriñar por nuestras falencias de las que en un segundo término, operan como persecución, en quiénes dictaminan que la falta de fe en tal trascendencia, puede resultar pecaminosa como ignorante, pero en igual caso, pasible de ser sancionada, excluyendo, nuevamente, al ya considerado marginal que no se atiene a lo establecido, como lo único, que para no ser presentado ante el mundo como arbitrario, se han permitido, subdividirlo en tres vías, que son ni más ni menos que la tríada conceptual monoteísta que impera en el mundo del logos, en el mundo de los conceptos. Las otras manifestaciones humanas, variopintas y por lo general, politeístas, no poseen otras consideraciones más que de carácter multicultural, exóticas, estrambóticas, o dignas de ser retomadas como si fuesen modas circunstanciales solo asequibles para señores ricos y aburridos, con derecho, ellos sí, a cualquier cosa y todo. Lo más preocupante, de lo que aún no se discute, o no se ha planteado, es la socialización de esta discusión, pues sólo fue abordada desde el bostezo de lo filosófico,  esta violencia, esta corrupción imperial, esta vejación al espíritu múltiple del ser humano que es el substrato de su ambición de libertad, permite que vivamos y que continuemos viviendo bajo un mundo, supuestamente seguro, tendiente a lo armónico y pre configurado hacia una paz perpetua imposible, en donde los latrocinios se siguen llevando a cabo, básicamente, por el costo que pagamos por tener un mundo que nos pretende creyentes de un solo dios, llámese como se llame este, sus discípulos, hijos, profetas o seguidores. Huelga destacar que no se trata de una cuestión religiosa, teísta o filosófica, es una cuestión política, pues este ordenamiento, este verticalismo, se difumina en todas las estructuras de ese sujeto al que sólo le queda creer, y casi colateralmente obedecer a un uno, llámese este caudillo, dictador o presidente.

Para reconfigurar lo expuesto, en nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente por lo que veníamos diciendo con anterioridad, el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles.

El filósofo o quién filosofa, es un dictador sin ejército o con soldados imprimibles en papel, desea, intenta dominar al mundo bajo un antojo argumental, la política o el político sin embargo, intenta, más allá de tantas cosas, obtener el control sin que nunca lo obtenga del todo, el político puede ser un dictador, circunstancial, pero nunca reconocerá tal situación, que pretende, en lo subyacente ese dominio real, el filósofo sin embargo, es honesto desde el inicio, y muchas veces, en caso de pretender ser un filósofo en la política, reconocerá los límites de lo imposible, por más que sea tentador, de trasladar la fantasía filosófica de dominar todo en la realidad, además de su presumible preparación cultural e intelectual, pese a ello, nada garantizará un éxito en lo político, lo que sí, el filósofo tiene más elementos para hacer política, que el político para hacer filosofía, sobre todo en nuestras tierras, muy ocupado en cuestiones menores, hasta para la política misma.

La intemperie de la nada, como producto o respuesta de eso otro, de eso no controlado que es lo incierto,  es la sensación más fuerte y fabulosa que podemos experimentar en la experiencia de la vida, ni la mejor comida, ni el polvo más intenso, ni la mirada más pura y candorosa de un hijo le asemejan, estar frente al mundo efímero siendo plenamente consciente de ello, es como volar sin prisa ni pausa, sin horizonte ni norte, haciéndolo simplemente para fundirnos en el viaje mismo, desintegrarnos en partículas para volver al todo, al cual pertenecemos y por el que imploramos regresar. En él mientras tanto, este que llamamos fútilmente vida (lo que se inicia y termina, de alguna manera está controlado, escapa a lo incierto, el tramo, ese estar) supuestamente hacemos y dejamos de hacer muchas cosas, pero en verdad en la medida del tiempo de lo que somos íntegramente, la vida vivida es como el fractal de tiempo en que decidimos tocar el botón del control remoto para cambiar un canal, la tecla del teléfono o de la computadora, el resto, lo sustancial, ese instante eterno es cuando todo y nada sucede a la vez.

Seguramente podrá parecer para algunos, un juego de palabras, un acertijo de intenciones o un truco de ilusionistas de los conceptos, en verdad vamos con el bisturí hasta el hueso, cavamos hasta la profundidad del núcleo y nos elevamos infinitamente, como cuando nacemos o abandonamos el mundo, como cuando nos duele algo, cuando estamos contentos, cuando comemos, cuando vamos al baño, cuando besamos, cuando lo hacemos, en esa suma de instantes de plenitud, que más luego pretendemos replicar o mantener o repetir, vanamente, es precisamente la razón de ser de nuestra finitud, de sabernos prescindibles, por más que pretendamos dejar de serlo. Es como pretender captar, capturar o secuestrar el instante mediante una foto, contar, narrar o describir una vida, mediante una novela o una película, un divertimento menor en los tiempos del calvario cuando nos azota la certeza de sabernos enfermizamente débiles, suplicantes, originariamente creativos como para inventarnos el rededor de la vida.

Esa historia detenida, por nuestros miedos, por nuestras ausencia abismal de arrojo, para que todo valga lo que tiene que valer, esa sensación, única y pura, que no se repite, ni repetirá por nada del mundo, porque de eso se trata, el poder movilizarnos en un espacio en donde la repetición constante, la instantaneidad, las imágenes deconstruidas desde su misma inconsistencia ya no representen ninguna significación, que la implosión esperada en verdad sea el sendero que nos vuelva, o nos devuelva la magnificencia de volver a sentir, a ser lo que somos y dejamos de serlo, por la concavidad de aquellos espejos enfrentados, la vieja alerta de la caverna de la que aún no podemos ni asomarnos a la hendija que nos libera.

Es entendible la angustia de vivir entre la espada y la pared, es decir ante el prisma que vivimos en una sociedad donde nuestra clase dirigente, salvo contada excepciones, no posee, no ya principios, ideologías o ideas base, sí no una mísera noción de cómo pararse ante dilemas, que cada tanto aparecen, pero que nunca se pueden dejar de lado, porque vienen con nuestra historia, con nuestro ser. Que nuestro “sistema” funcione, desde hace cientos de años, con millones de pobres, excluidos, marginados, un tercio cuando no, casi la mitad de la población en vastos de nuestros terrenos, no puede ser consuelo o perspectiva que nos incite a tener una mirada positiva. Lo más correspondido o correspondiente con lo que planteamos desde un inicio es no brindar una conclusión, o síntesis de lo expuesto, ni cómo corolario, ni mucho menos como una explicación acerca de algo que nos brinde una nueva batalla ganada, ante la eterna disputa a la que estamos condenados a salirnos perdidosos, aceptar el poder de lo incierto, sin que ello signifique claudicar en lo que deseamos, por más que esto mismo nos debata en contradicción con lo que pensamos y queremos epidérmica o sentimentalmente, podría ser una senda en el bosque, de los tantos existentes y a existir que nos llevarán a un lugar determinado, lugar que seguramente estará controlado por algo o alguien (conceptualmente) y en el caso de un no lugar sin este requisito, nuestra mente estará creando o recreando algo, para hacernos sentir, esa sensación de certeza, que podrá ser la muerte, como cesura del todo, la añoranza de la vida intrauterina como reflejo condicionante de un estado de conciencia, o la verdadera práctica de la filosofía, o mejor expresado la faz ontológica, el aspecto más crudo de aquello que le brinda sentido, haciéndole perder sentido a quién lo ofrece a esos otros que por intermedio de ese discurso o interpretación pretende controlar para no ser controlado por esa necesidad sustancial de la certeza o lo cierto.

Podemos verlo en un autor literario, influenciado por Kierkegaard, como Unamuno en su famosa novela “Niebla” el concepto de lo incierto que pretendemos desmenuzar. Al comienzo de la novela cuando Augusto está esperando en frente de su casa observando la llovizna piensa sobre Dios al decir, “Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males”. Se sugiere que el hombre se acerca a la religión o a Dios cuando se ve en un apuro. Al sugerirse que Dios es como un paraguas lo cosifica, con esto se puede sugerir que así como el paraguas es un objeto inventado por el hombre y la religión también lo es, pero lo verdaderamente importante es esta figura del paraguas, del elemento simbólico, protector, previsor, que existe para evitar algo, la certidumbre es precisamente eso, una falsa ilusión, el placebo medicamentoso para el enfermo terminal que en verdad continuara su derrotero, más allá del aliciente que siente al tragar la píldora, la certidumbre es el antídoto, como condición necesaria y suficiente, a la incertidumbre, claro que no se trata de una cuestión semántica o nominal, sino más bien de una historia que surge desde larga data, de aquel “τὸ ἄπειρον (apéiron: sin límites, sin definición) de Anaximandro, en que nos debatimos tras conceptualizaciones entronizadas en el pensamiento occidental, bajo Platón y el concepto del bien y con ello toda la larga historia hasta nuestros días. Kierkegaard en su obra Migajas filosóficas narra una parábola donde un rey se enamora de una campesina y piensa en cómo puede llegar a ella ya que, si se disfraza de campesino le va a descubrir fácilmente por su manera de hablar y su trato cultivado, propio de la corte, y no se va a enamorar de él. Kierkegaard dice entonces que el amante no puede cambiar a la persona amada, pero sí se puede cambiar a sí mismo. Entonces entra en la vida de esta mujer bajo la figura de un siervo y ella, efectivamente lo acoge y se enamora de este rey que se ha vaciado de sí mismo, de su realeza, que ha abandonado todas las maneras de proceder de la corte y se ha hecho un campesino de verdad, consiguiendo así el amor de la joven; por un salto cualitativo, no es que la campesina vaya a él, sino que es él quien va a la campesina y se transforma en la figura de un siervo”.

Este salto, como aquel famoso salto, una de las acrobacias más notables en la historia de la filosofía, no es más que un deporte exquisito para los atletas de la humanidad que pretendan salirse de la incertidumbre como mal, para jalonar, tabicar en la certeza o la certidumbre que es el bien, como bien en sí, como pureza o un instante solemne de seguridad existencial. El día que dejemos de desear que la muerte nos sobrevenga como si nos sorprendiera, quizá seamos felices. Claro que tampoco podemos tener certezas acerca de sí es lo que realmente queremos, si es que realmente queremos algo que no sea volver de dónde venimos, de ese océano de sinsentido del que nos han eyectado, injusta y burdamente.

Tras el suceso, que se festeja como hito, tememos, segundo a segundo, como implorando no dar continuidad a una cruenta pesadilla de la que no podemos y en cierto caso, por obra de la confusión, no queremos despertar.  Es un temor crepitante, inacabable, por momentos irrefrenable, que cada tanto nos pone de rodillas por esa pretensión absurda por la cual clamamos no haber sido nunca, cuando no se manifiesta de forma tan contundente, permanece, agazapado, lateralizado, en potencia, a salvaguarda del acto, para en el momento menos pensado, tomarnos por asalto y enrostrarnos su condición ineluctable. Es que en verdad nunca lo hemos disfrutado, a la estadía que nadie solicito, hemos aguardado en los peores momentos sí, hacerlo, eso que llaman esperanza, expectativa, promesas vanas de la insustancialidad del terror, de la reacción ante tanta orfandad, de vernos espeluznantemente desnudos, absortos de nuestra pequeñez, de la contradicción permanente de tras largos suplicios, aún pese a todo, continuar, con la  velada idea que todo mejore, reír cierta vez sin que la risa devenga en llanto.

Por intrepidez o irreverencia, cada tanto se escucha un estertor, un suplicio, cuál cántico lacónico, de los que han bebido, supuestamente el elixir de la tan buscada felicidad, se engañan para resistir, es entendible, si hubiesen encontrado el brebaje, tras probarlo y saborearlo, no continuaría en este ámbito, pues su quintaesencia irradia la verdad contundente de que sólo se la disfruta, plenamente, por instantes que son irrepetibles, y que el pretender perpetuar o hacer de tal instante la suma para algo, simplemente reduce al enloquecimiento de no poder comunicarse más con nadie en un lenguaje coherente. El temor que genera estas fantasías defensivas, son material en abundancia para la literatura infantil, es que la existencia misma, es básicamente relatos de hadas y princesas, de campos elíseos, de nubes suspendidas que amortiguan a seres que mantienen su peso y corporalidad.

Nos da pavor, ni siquiera afirmar, ni argumentar, tan solo pensar, por minutos prolongados, que no existe nada, absolutamente, es retornar de dónde venimos, que por algo no hemos conservador recuerdo alguno de ese no lugar, el nombre que le pongamos puede representar una terminalidad, un fin, un punto, pero ni siquiera de la cuestión nominal se trata, podríamos decir que es el ingreso a la armonía, pero no, todos sabemos que hablamos de ella y tanto miedo le tenemos que preferimos no mencionarla, no vaya a ser cosa que nos escuche y venga por sus invocadores, como en las fábulas para niños. Temblamos al vernos en la evidencia de nuestra contradicción irresuelta de pretender lo que sabemos imposible, porque jamás lo hemos conocido, porque en tal caso ya no estaríamos para decirlo, nos sacude la molestia fortuita, de la incomodidad permanente, de sentirnos liberados de tales males y ubicar momentos de plenitud en donde tengamos la certeza de ser felices sin que ello acabe. Comprender que habrá sido lo mismo nuestro pasó o no, aquella noche, su mirada, el roce de la piel, ese momento especial, por más que hagamos trampa y pongamos los episodios de dolor, que afán por permanecer en la espera del suceso que nunca acaece.

En esa mismidad, irrumpe, la pretensión infantil de ponerle moraleja, el punto final, es la devolución o repetición  a los que estamos condenados y es tan fuerte e imposible de evadir, que ni los que escribimos podemos dejar un texto inconcluso o acabado pero no publicado, porque el solo hecho de hacerlo ya significa que lo estamos terminando y por más que no lo mostremos o no lo hagamos público, siempre alguien lo está mirando, o lo que es peor podrá hacerse dueño, cuando ya no estemos, si es que alguna vez hemos estado, sabiendo que ha valido como no ha valido la pena, el estar o no estar, pues no deja de ser una condena, que cada penitente sabrá o no como sobrellevarla, sin dejar de ser víctima de las ilusiones imposibles de intentos de fuga que dan llamar felicidad.

De allí es que en lo absurdo de nuestra incomprensión de nuestra irrefrenable búsqueda por un sentido, que nos define en nuestra contradicción, abarrotados en el sinsentido encontramos, inventamos, se nos devela, como la existencia misma por la que no hemos requerido siquiera en idea, las presencias de dios y el demonio, como tanto por azar como por necesidad, como la contracara de un artilugio que nos acompaña hasta que nos evaporamos en el polvo de la madreselva, de la tierra santa, o de los ríos que surcan infiernos.

Por definición lógica, Dios es lo que no es el hombre, sino no tendría identidad alguna. Más allá de cómo se lo haya nombrado, sea piedra fundante de la humanidad, generador de causas o demás, nos encontramos ante un ente que es lo otro de lo humano. Sí el humano es una creación de un ser superior, un desarrollo progresivo de la naturaleza, una conformación particular de una realidad social, una dualidad de alma cuerpo, un compuesto basado en esencia, o cualquier otro tipo de definición. Deduciremos que el hombre es dentro de un pensar metafísico, un ser inconcluso. Sí el hombre es un ser inconcluso Dios es una entidad concluida. Más allá de quien haya inventado a quien o producto de la imaginación de, nos encontramos ante un desarrollo que aún no se ha topado con este primordial interrogante. Dios representa lo ausente en el hombre, más que nada la pretenciosa y utópica ambición de que todo marche a la perfección, Dios básicamente es la afirmación de querer es poder, es el salvoconducto de un ser particular con realidad física que pretende denodadamente transformarse en una entidad general y a la vez real.

Por supuesto que esta pretensión denodada no es explícita. La justicia, el amor, la gloria y la eternidad son necesidades que hacen a que el hombre sea tal. Como los conceptos nombrados son ausencias necesarias de cubrir para el ser humano, también lo es la imposibilidad de encontrar una respuesta a todo los interrogantes, la incapacidad de vivir atemporalmente (ser eterno). Dios es lo ausente. Lo que él no es, es el hombre.

El motivo de la existencia de este tiene un nombre, Dios, que a su vez, como para transformarse en realidad efectiva y cobijar a cada uno de los particulares, puede desgajarse en el ser amado, la especulación, la perpetuidad de sensaciones placenteras, el poder, la ambición, la notoriedad. No se puede afirmar que Dios es una esperanza de los individuos, situado en algún lugar fuera de la tierra. Tampoco de que es el gran creador de la humanidad. Dios es el destino que no pude ser exhibido. Es el destino que se va forjando. Es el azar interpretado como necesidad y la necesidad interpretada como azar. Dios es la nada del hombre, que existe gracias al ser, capacidad del hombre como para que exista la nada. El hombre es la nada y el ser. Dios es el hombre de la nada absoluta, por ello necesita mostrarse como entidad o como ser superior. El hombre es el ser, por ello siempre necesitará justificar su existencia, pese a existir. Veremos que otro tanto ocurre con el demonio o su contrapartida:

Para Kolakowski, Satanás entra en acción únicamente allí donde la destrucción no conoce otro fin que a sí misma, donde la crueldad se comete en nombre de la crueldad, la humillación por la humillación misma, donde la muerte y el sufrimiento son finalidad absoluta, donde el propósito no es sino una máscara adoptada para legalizar la sed de exterminio, está simplemente porque existe, porque es una cosa como otras. Según los siguientes escritores, que tuvieron, o la imaginación o la experiencia de conocer al demonio, podremos, concluir, al menos provisoriamente, que no estamos solos, en esto de aventurarnos a encontrar, los pasos, del caído del cielo.

“Existe un mal radical y que en cada ser humano la persistencia de la falta genérica se cruza con una libertad incondicional tanto para hacer el mal como para hacer el bien.” (Sichére. B. 1996, pág. 122.)

“Una sencilla costurera es seducida y sumida en la desdicha; un gran sabio de las cuatro facultades es culpable... En esto hay ciertamente algo oscuro. Pues la historia en sí no tiene nada de natural. Sin ayuda del diablo en persona, el gran sabio no hubiera logrado sus fines.” (Nietzsche. F, 2006, pág. 87)

“Mientras uno pierde su tiempo probando la inmortalidad del alma, la creencia viviente en la inmortalidad se marchita.” (Sartre. J.P. 1966, pág. 324)

Para Kierkegaard. S. (2004. Temor y Temblor. Primera Edición. Buenos Aires. Losada.) “Llevando las cosas al absurdo el día en que la inmortalidad sea irrefutablemente probada, nadie creerá ya en ella. Nada hace comprender mejor que la inmortalidad, aún probada, no puede ser objeto de saber, si no que ella es cierta relación absoluta de la inmanencia con la trascendencia, que no puede establecerse sino en y mediante lo vivido. No ignoro las miserias y los peligros de la vida, y tampoco los temo; salgo sin miedo a su encuentro. No me falta la vivencia de lo terrible, mi memoria es una esposa fiel y mi fantasía es eso que yo no soy; una diligente muchachita, que reposadamente hace sus tareas durante el día y que, llegada la noche, viene a describírmelos de modo tan hermoso que arrebata mi atención y me obliga a contemplar lo que no siempre son flores, paisajes o escenas idílicas”.

Para Schopenhauer.A: “Si no existiera la perversidad natural del género humano, si en nuestro fondo fuésemos honrados, en todo debate intentaríamos que la verdad saliera a la luz, sin preocuparnos, si de hecho, esta resulta conforme a la opinión que nosotros sostuvimos al principio o a la del otro; lo cuál sería indiferente, o en todo caso, de importancia muy secundaria. Nuestra congénita vanidad; especialmente susceptible en todo lo concerniente a la capacidad intelectual, no quiere aceptar que lo que, en el primer momento, sostuvimos como verdadero aparezca falso, y verdadero lo que sostuvo el adversario”. Podríamos esbozar una teoría de como hablaría el demonio, pues a dios, se lo ha escuchado bastante, sin embargo, a su contraparte, condición necesaria para la existencia del primero, poco y nada, y es quizá en esa falta de equilibrio es que radica el océano de penas en donde naufragan las esperanzas del hombre por tener certezas de una inmortalidad que insospechadamente no la podrá encontrar jamás en su vida finita, generando animadversiones entre rangos de buenos y malos que son ajenos a la naturaleza del hombre.

Temer y temblar no son acciones que necesariamente se produzcan una a partir de la otra, sino son los cismas que la reflexión metafísica despierta en quiénes no contemplan que la desolación de las no respuestas o el absolutismo de referencias integradoras, que en la necesidad de extensividad se vuelven insulsas de contenido, requieren de contra partes, de contra caras, o de contra sentidos, que a priori pueden resultar equidistantes y revulsivos en sí mismos, pero pensándolos, sintiéndolos, con temor y temblor, son lo mismo.

"Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Es un gran consuelo que en medio de la tribulación nos acordarnos, cuando llega la adversidad, de los dones recibidos de nuestro Creador. Si acude en seguida a nuestra mente el recuerdo reconfortante de los dones divinos, no nos dejaremos doblegar por el dolor. Por esto, dice la Escritura: En el día dichoso no te olvides de la desgracia, en el día desgraciado no te olvides de la dicha.» (Gregorio Magno, Moralia sive Expositio in Job, libro 3, 15-16).

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