lunes, 16 de octubre de 2017

La cuestión catalana en 1886

Cualquier semejanza con la actualidad no es pura casualidad

La cuestión catalana en 1886
La Historia se repite, quizá porque distintas personas en distintos estadios del tiempo, tienden a reproducir ideas y comportamientos siguiendo patrones muy similares, sin atender las reveladoras experiencias que nos ofrece la disciplina histórica. Uno de estos episodios del pasado que encuentran su paralelismo en la actualidad, tuvo lugar a finales de julio de 1886, viniendo a demostrar cómo no aprendemos lo que  la Historia nos enseña.

El conflicto se originó como consecuencia del tratado que el gobierno español hizo con Inglaterra, y que en medios catalanes se tomó como una agresión a sus intereses. El 25 de julio, el Centre Catalá organizó una reunión para debatir sobre el tema, derivando en una manifestación proindependencia de Cataluña.

En un acalorado debate, el representante por Reus comparó la situación existente a la de un matrimonio, donde el hombre era honrado y trabajador (Cataluña), y la mujer, infiel y gastadora (el resto de España); y, aunque por todos los medios se procuraba evitar el divorcio, la mujer acaba incurriendo “en la bajeza” de enamorarse de un inglés. Un agravio al que no se debía emplear medios violentos, sino la conveniencia de desarrollar una resistencia pasiva.

Otro orador leyó una carta de Narciso Roca, quien por hallarse enfermo no pudo asistir a la reunión. En ella, Roca expresa la convicción de que nada habían de “temer de Madrid” por haber producido en Cataluña “el mayor mal posible”, no siendo ya política la cuestión, “sino internacional”;siendo necesario“seguir otro camino distinto del de los memoriales”, y no creer absurdo “que Cataluña pueda volver a ser independiente como en tiempo de los condes o en tiempo de su república”.

Entre fervorosos aplausos se siguió leyendo la misiva citando los casos de Polonia e Irlanda y proclamando que si no podían tener industria, “al menos tengamos independencia (…) pensemos en las cuatro barras. Protestemos de la presión de cuarenta y tantas provincias sobre tres o cuatro”.

Las grandes ovaciones y exaltaciones soberanistas aumentaron y el delegado del gobierno, que se hallaba presente, pretendió suspender la lectura de la carta, y tras unos momentos de confusión, en los que el público presente puesto en pie exigía continuarla. A pesar de los esfuerzos de retomar la lectura, el delegado consiguió a medias su propósito por reprimir la exaltación de los presentes. El Sr. Arnaus, presidente de la asamblea, a fuerza de campanilla y golpes, pudo hacerse oír y expresó: “una vez más pasamos por la calle de la Amargura. No les importa que Cataluña se muera de hambre con tal de vestir barato”, pidiendo a los diputados catalanes en las Cortes abandonaran “aquella escoria como buenos hijos (…) y reivindicar los derechos de Cataluña”, para terminar formulando la siguiente propuesta: “¿Acordáis dirigir una comunicación de mandato para que vengan, para que dé fin su indolencia por la lucha pública?” A lo que con voces atronadoras se contestó: ¡Sí, sí!

Desde medios no soberanistas, nada más tener noticia, manifestaron que el movimiento independentista no representaba a la mayoría, destacando cómo “los comerciantes, industriales y obreros catalanes se han apartado de un acto que no ha sido federalista, sino hostil a la nacionalidad española”, invitando “a los catalanes a no encerrarse en la cuestión de los intereses, sino a elevarse a la de los derechos de nacionalidad y pueblo, reivindicándolos con energía y levantando por ellos la voz y la bandera”. El Gobierno, por su parte, nada más tener noticia telegráfica de lo sucedido, acordó “que en el caso de que resultaran ciertas y comprobadas las exhortaciones a la separación e independencia de Cataluña hechas por algunos oradores, se incoase inmediatamente contra éstos el correspondiente proceso”, emplazando para el próximo Consejo de Ministros, el resolver “lo que deba hacerse”, para sin demora, comunicar“el acuerdo a los tribunales correspondientes”.

Como primera medida, el presidente del Consejo de Ministros remitió al Gobernador Civil de Barcelona una carta para distribuirla entre diferentes autoridades catalanas: 
“He recibido su telegrama, al cual solo puedo contestar que a mi juicio no debo estimar la reunión con ánimo severo. Las consecuencias del tratado con Inglaterra creo que deben se beneficiosas para el trabajo nacional, siendo el único juez de esta cuestión en el terreno de la legalidad constitucional, el poder legislativo, cuya resolución hará respetar el gobierno, sin desatender los intereses de esa ni de ninguna región de España, pero he de advertir a V. que la responsabilidad de cualquier acto extraño no pueda ser nunca de los poderes públicos, que obran dentro de las facultades constitucionales, sino de quien no acate sus resoluciones”.

Los ánimos independentistas siguieron presentes los siguientes días. Desde la prensa se alzaban proclamas como la realizada desde Reus:
“Es imposible que un pueblo como el nuestro, grande y glorioso en tradiciones, aguante por más tiempo las cadenas de la esclavitud. 
¡Cataluña, levántate de tu postración, recuerda tu pasado y medita tu funesto porvenir, y haz un supremo esfuerzo para conservar lo único que te resta de las libertades que te arrebataron!”

Por el contrario, desde medios nacionales, la proclama era bien diferente: 
“En Barcelona es preciso asustar a los catalanes y hacerles entender que se está dispuesto a todo. De aquí que ayer anuncie la prensa oficiosa que el Gobierno ha mandado profesar a todos los que hablaron en sentido separatista en el meeting que se celebró el domingo último”.

No concluimos con la resolución que tuvo el conflicto. Es algo obvio que aun hoy día seguimos igual, las viejas reivindicaciones catalanas siguen reproduciéndose en el tiempo, y las soluciones que desde el Gobierno se adoptan, apenas han variado. Un conflicto irresoluto tiende a enquistarse. La historia está ahí, ¿solo para repetirse en otros individuos y en diferentes épocas?

Vía| El Siglo futuro, nº 3407. 26 de julio de 1886, página 2.
Imagen: Wikipedia

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