lunes, 20 de noviembre de 2017

Quismondo, un pueblo entero que huyó de la Guerra Civil

Quismondo revivió en la madrileña Plaza de Santa Bárbara. Allí, tres pisos de un mismo edificio recogieron a centenares de quismondanos que reproducían en Madrid lo que fue su pueblo en Toledo

El nuevo Quismondo nacido en los tres pisos de Madrid funcionaba como un auténtico pueblo
Dicen que la guerra purga la masificación terrestre, pero no aclaran por qué quien no tiene nada que ver en el asunto se ve obligado a perder la vida. Cuestiones de mesura cerebral.

Dejando a un lado las particularidades de la lucha como tal, la Guerra Civil española fue un conflicto de los de libro, es decir, el choque de dos ideologías donde se descuidó el hombre en sí. Es la tónica general de la guerra, un par que luchan a costa de todo y de todos. Ande yo caliente, se dice. La verdad es que, por compendio, no es más que el descabello de la democracia y la asfixia del sentido común: llegado el momento de prender el cañón, el instante se embuda únicamente hacia el enemigo dando de lado a todo aquello que abre la boca alrededor.

El quebranto de la guerra

Madrid, 1936. Centenares de personas acuden a la capital de España en busca de consuelo vital. Son los evadidos de la Guerra, nombre propio, llegados de los interminables horizontes meseteños, hombres rústicos con la frente achicharrada por el sol del arado, mujeres con olor a puchero rendidas por sus generaciones futuras, y niños, el candor que más ceba la vida, la pureza de un garabato.

Estos huidos llegaban a Madrid como los lobos de la camada, todos a una, esperando en colas infinitas a ser fichados en el Ministerio de Agricultura. A finales de 1936, la República estaba sobrepasada de capital humano, pero debía reagrupar a su gente bajo el techo que fuese de acuerdo a sus propias capacidades. Porque aunque algunos se dedicaran a la milicia o a la retaguardia, el perfil de los evadidos, por edad y sexo, no encajaba bien dentro de las trincheras, no cabía. Lógico si el epicentro de la vida gira entre aperos, familia y amapolas.

Así es que como también tenían que comer en un momento en el que Madrid debía mirar hasta la última peseta, la mano se le echó desde los pueblos vecinos que corrían por octubre del 36 alejados del aroma marchito de la pólvora. El vecino era entonces más que vecino, casi familia, por lo que se acostumbraba a hacer el bien sin mirar a quien.

En este sentido, tender la mano a alguien que rogaba a voz en grito mientras echaba su cuerpo fuera de la diana belicosa era un acto altruista, y Quismondo no iba a ser menos. José Quílez, el hombre que cubría la Guerra para Ahora, escribe el 12 de septiembre de 1936 que el pueblo de Quismondo, paradoja, alojó a decenas de extremeños ahuyentados por el ejército franquista, «y sin tasa se les dio comida, cama y consuelo en su voluntario destierro».

Un pueblo en tres pisos

La Guerra Civil llevó hasta Madrid a casi todo Quismondo, un pueblo de Toledo que no tuvo más remedio que quedarse en los huesos. Era eso o la más que posible muerte. Así es que hasta la capital llegaron en camiones para refugiarse con sus parientes, si es que los tenían. Porque entonces la sangre limitaba sobremanera la vida cotidiana: si no se podía pedir el amparo de la familia o de algún amigo, se debía buscar solución en posadas o residencias, y eso costaba un dinero que no solía llenar los monederos de los campos castellanos.

De la segunda forma fue como el pequeño pueblo de Quismondo revivió en la madrileña Plaza de Santa Bárbara. Allí, tres pisos de un mismo edificio recogieron a centenares de quismondanos que reproducían en Madrid lo que fue su pueblo en Toledo. Es el hábito de la supervivencia. De los tres domicilios, dos habían sido incautados por la Federación de Trabajadores de la Tierra, y el tercero, por la C.N.T. Relataba Mundo Gráfico el 14 de octubre de 1936 que «han venido con el señor alcalde a la cabeza, nada menos. Y con los concejales. Y con el médico. Y todos han formado una comunidad apretada y cordial».

Los evadidos de Quismondo, trigueros principalmente, aterrizaron en Madrid llevando consigo lo que les permitía el momento. Si bien no pudieron cargar con todo el campo a las espaldas, sí se acompañaron de algunos sacos de trigo y de su ganado, unas dos mil cabezas de ovejas y algún que otro cerdo que gestionaban pacientemente y con muchísima diligencia según las necesidades del día. España estaba en guerra, la economía estaba en guerra, y así se mantuvo, escuchimizada, durante las décadas siguientes a 1936: «Como son tantos los evadidos, tienen que comer, naturalmente, en varias tandas. Primero, los enfermos. Después, los chiquillos. Más tarde, las mujeres. Finalmente, los hombres».   

El campesino, en Madrid o en Toledo, siempre tiene su tierra entre los ojos. Paciencia y siembras, azadones deslomados y ventas al menudeo por cuatro perras. Un trabajo extenuante en el que nunca se deja de sudar. En la Plaza de Santa Bárbara, el labrador era exactamente igual al resto de labradores, que las balas no cambian tanto. Por eso no se quitaba de la cabeza la siembra. Era época de recoger el trigo. Si había suerte y este era bueno, adornaría los yermos y revitalizaría el alma. El pan de cada día.

Pero una cuna no se puede mecer a 100 kilómetros de camino, por eso algunos braceros no tuvieron más remedio que darse a la esperanza. Mundo Gráfico recoge las ilusiones de un quismondano que ponía el plazo de recogida en los Santos y de otro que alargaba la espera durante todo noviembre. Era difícil, puesto que hacía ya días que el paso hasta Quismondo estaba bloqueado.

De hecho, la República se coló en Quismondo el 27 de septiembre de 1936 dejando, según Solidaridad Obrera, 8.000 bajas franquistas que sucumbieron defendiendo una población de vital importancia, «puesto que en caso de ser tomada la misma vería cortadas sus comunicaciones». Allí estuvo hasta el 7 de octubre con la reprensión de la luna.

Cuenta La Unión que el pueblo fue tomado junto a otros que resistían a la derecha de la carretera de Talavera. Y aunque por esa nocturnidad no se pudo realizar un parte fidedigno de los caídos por España y del material incautado al enemigo rojo, «se sabe que las bajas han sido considerables» y que, posteriormente, en diciembre de ese mismo año, fue abatida una «sección de caballería mora que iba en dirección a Madrid» entre Quismondo y Santa Cruz de Retamar, donde, por aquellos días, el Ministerio de Marina español había anunciado, vía parte, el bombardeo de posiciones franquistas en Carabanchel Alto y en un aeródromo al norte de Torrijos, también en Toledo.

La lectura de la prensa histórica, en este caso la relacionada con la Guerra Civil, además de poner de manifiesto que cada uno barre para su casa demuestra la quijotesca importancia que todos, todos, dan a los finados del otro bando.

Y la colmena de toledanos

El nuevo Quismondo nacido en los tres pisos de Madrid funcionaba como un auténtico pueblo. Las mujeres se organizaban para ejercer de amas de casa ciñéndose a horarios de trabajo escrupulosamente diseñados por el bien común. Tanto que, según Mundo Gráfico, al final de la lista en la que se recogía el turno y la tarea de cada una, y que se colgaba a la entrada de la cocina, se podía leer que «se les advierte que no deben hablar mal de ninguna compañera». Paz ante todo, que bastante guerra había ya en la calle.

Como no podía ser de otra manera, este pueblo reedificado sobre sus bases de siempre incluía también un patriarca municipal. El alcalde, como se dice más arriba, había encabezado la evasión toledana junto a su equipo de gobierno. Emeterio García, que así se llamaba, se encargaba en Santa Bárbara de repartir paces y justicia, de embalsamar los desvelos de sus parroquianos con atenciones varias, y de proveer aquella pequeña aldea urbana de todo lo que impidiese el buen funcionamiento de la máquina. Lo dicho, paz ante todo.

Con los días pasando sin miramientos, los tres pisos madrileños de Quismondo continuaron su historia vigilando de cerca la sombra de la guerra. Estos hombres y mujeres, como tantos, terminaron, sin buscarlo ni quererlo, al servicio del conflicto mismo, del hambre y del miedo, de las raciones justas y de los temblores de corazón al mirar los ojos de sus hijos. Y se alargó más allá de la bandera blanca.

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