domingo, 12 de noviembre de 2017

Un cura republicano y los confesionarios por las calles de Madrid

¿Persiguieron los republicanos a los sacerdotes por la mera cuestión de serlo o por su condición de adeptos al franquismo? 
 
Un cura republicano y los confesionarios por las calles de Madrid
La Iglesia católica también sufre la furia de la guerra. Lógico, andan por ahí. Perdonándose de antemano el simplismo de la afirmación, y siempre teniendo en cuenta que el peso de la balanza está lleno de excepciones, Hugh Thomas resumió la degollina de la Guerra Civil en una frase muy elocuente: «En una zona se fusilaba a maestros de escuela y se quemaban casas del pueblo, y en la otra se fusilaba a sacerdotes y se quemaban iglesias».

Entre escapularios, el desapego de las dos Españas. Porque, según la tierra en la que dejasen su aliento, los curas de la Guerra Civil han tocado cielo como mártires o no. Así de sueltas bailan las cifras: algo más de 6.800 muertes de religiosos contó Antonio Montero Moreno para el bando republicano, mientras que es un número indeterminado de ellos —menor, eso sí, y con nombres propios— los que se derrumbaron ante las balas franquistas.

Homogeneidad, ¿dónde has quedado?

Los hubo, republicanos predicadores de la fe que quisieron, por convicción o naturaleza, vivir la guerra en el otro lado, que era el enemigo. Existieron igual que también lo hizo una división interna e inaguantable que lanzó por el precipicio la victoria republicana en la Guerra Civil española. Entre ellos, «un cura que, aunque sin sotana y teja, es tan cura como el que los lleve».

Leocadio Lobo era «un auténtico sacerdote católico» para El Mono azul, un ansiado barcal en el que muchos salvaguardaron su fe católica.

En 1938, Lobo oficiaba la misa en su casa de Madrid. A diario y hasta para cien personas, muchas de las cuales escuchaban los oficios desde el pasillo. The war in Spain, que ocupó varios de sus números con las andanzas de este cura, escribe que también se ofrecía el bautismo a todo aquel que quería remojar a sus hijos en agua bendita: «El sacerdote acababa de bautizar a una niña, dándole el nombre de María del Milagro», contaba la publicación por esas fechas.

Volviendo a la homogeneidad, el cardenal de Toledo, Isidro Gomá, dio candela a la maquinaria de la propaganda durante lo que denominó como ‘cruzada’. Fue así como corrió de boca en boca que 12.000 sacerdotes habían sido asesinados por la República durante los cuatro primeros meses de la Guerra Civil. Se dice pronto. Sin embargo, Lobo enseñó siempre su escepticismo y se mantuvo contrario a estas cifras, puesto que, decía en The war in Spain, él mismo recibía a diario noticias de curas que pensaba muertos pero que en realidad no lo estaban: «No creo que ni siquiera el 3% fuese asesinado», sentenciaba entonces. Lobo fundamenta su porcentaje diciendo, en el nombre de Dios, que a muchos de esos 12.000 los mató la burocracia sin ellos saberlo, es decir, que sus nombres fueron obtenidos de los ficheros policiales con alevosía y añadidos después a esa lista de crucifijos finados. También por cuestiones de venganzas varias, algo que no pasa de moda. Cosas de la política roja y parda.

De nuevo al contrario que Gomá, Leocadio, que por el 36 era vicario de la madrileña parroquia de San Ginés, aseguraba un par de años más tarde que la República nunca persiguió a los sacerdotes por la mera cuestión de serlo, sino como hombres de política, solamente, como fascistas. No tenía nada que ver el hábito o la cogulla. Y daba algún ejemplo: «Dos sacerdotes fueron encarcelados durante muchos meses porque no se atrevieron a admitir que eran siervos de Dios, siendo liberados en el mismo instante en el que se identificaron como tales».

Confesionario en la Glorieta de Bilbao 
‘Izquierda’, demasiado plural

A contracorriente, el cura se presentó un buen día en la redacción de Solidaridad Obrera. Era noviembre del 37, la primera vez que un religioso metía la nariz dentro de aquel cubículo periodístico. Para la publicación fue esta una forma de demostrar que la República no tenía ningún tachado contra la iglesia en sí. También de poner distancia contra aquella marabunta de la izquierda que juzgaba al cura por ser cura y no por político: «¡Qué lástima!, dirán algunos reaccionarios de los que por ahí abundan. Con lo bien que nos hubiera ido que lo hubiesen arrojado por la ventana. […] No les hemos complacido».

Cuando a Leocadio le preguntaron por qué no estaba disfrutando de los privilegios que le hubiese dado el franquismo, contestó a lo proletario: «Mire usted; yo soy miembro de una familia que tuvo veintiún hijos, y mi padre ganaba siete reales diarios». No hacía falta decir mucho más. Entonces Solidaridad Obrera, haciendo gala a su nombre, vio en él la imagen de la justicia y de la lucha de clases, y terminó considerando al padre Lobo como «un descendiente en la rama española del sacerdocio católico».

Además, según declaró Lobo y en contraposición a aquella propaganda de Gomá, por ejemplo, «el Gobierno de Madrid ha reiterado a la prensa que la práctica libre de religión está permitida siempre que no se asocie con la práctica política». Y para demostrarlo, de la mano de la Junta de Protección del Tesoro Artístico, Leocadio Lobo visitó numerosas edificios religiosos «respetados por el pueblo». Lo narraba con su propia pluma en Facetas de Actualidad Española en septiembre de 1937. La custodia del patrimonio había salvado el arte incalculable, el del populacho: «El Jesús de Medinaceli fué entregado por las milicias comunistas a Margarita Nelken; la Confederación ha instalado en la Iglesia del Carmen una preciosa exposición de estatuas y ornamentos; la Virgen de la Almudena continúa intacta sobre su pedestal, aún habiendo sido utilizada la iglesia para abastos».

Confesionario en la Plaza de Olavide
A la calle con los confesionarios

Precisamente fueron esos abastos los que colocaron los confesionarios en las calles y plazas madrileñas. Ya no eran lo que fueron. Las iglesias de las que provenían cambiaron de forma, giraron ciento ochenta grados por el bien de la República, por su servicio. La práctica, se suele decir. Porque, ¿destruir para volver a edificar lo mismo? No tenía sentido para el Partido Comunista emplear dinero y tiempo en obras que, muy posiblemente, no alcanzarían ni de lejos la perfección de los templos o de las residencias de los religiosos abandonadas a su suerte. Por cierto que muchas de estas últimas pasaron a ser hospitales, guarderías o escuelas laicas.

De este modo, y por los lazos nostálgicos con los que se ata la Navidad, la Glorieta de Bilbao y la Plaza de Olavide se acostumbraron a los ver sobre sus adoquines los confesionarios, «recipientes de pecados, casi todos ellos de sordidez», escribía Mundo Gráfico en diciembre de 1936. Ahora ya no recogían los secretos de los fieles, sus pecados, sino que servían para la solidaridad de aquellos que quisiesen donar lo que fuera para los que peleaban en el Frente Popular, según contaba el responsable de la Sección de Organización y Propaganda de aquel Radio: «Nuestras camaradas han recaudado cada día de quinientas a seiscientas pesetas».

También se reinventaron los bancos de los templos y las cocinas. Los primeros, en los centros de cultura, y las segundas, para dar pitanza en los comedores populares.
Lobo se emocionaba  con  la parroquia de Maravilas, con sus gentes, quienes, al reclamarles a un Jesús crucificado, aseguraron que «ese no se le lleva; ese es nuestro; le mataron los facciosos de su tiempo por ser bueno y amigo de los pobres». Compasivo y humilde.

Aquel ayer sigue reverberando en el hoy, en la controversia de tratar Iglesia y Guerra, misericordia y horror, en el enfrentamiento por ver qué sacerdote fue traidor y cuál mártir, aunque los dos debiesen predicar el mismo evangelio. Ochenta años han corrido, pero más que hablar del muerto en sí, parece que es costumbre que el beato sea más beato —o menos— dependiendo del lado que le quitó la vida. Y así no hay quien avance.

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