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sábado, 23 de diciembre de 2017

Los bufones de Velázquez

Los bufones de Corte solían ser hombres, o mujeres, algunas veces niños, enanos o deformes 

El bufón don Diego de Acedo, "el Primo"
El pintor sevillano Diego de Silva Velázquez fue un artista que no llevó a cabo un número grande de obras, porque, debido a los cargos que, sucesivamente, fue ostentando en el ámbito de la Corte española de su época, no tenía excesivo tiempo sobrante para ello. Sin embargo, son muy interesantes y expresivas las obras que realizó referidas a los bufones, enanos y demás personajes deformes de la Corte de Felipe IV. A este tema está dedicado este artículo, porque, a través del estudio de estos singulares personajes, observamos cómo el artista sevillano  no sólo se relacionaba diariamente con ellos, sino que, además, y curiosamente, los observaba y sacaba sus propias conclusiones por lo que se refiere a la deformidad y/o patología que cada uno de ellos, de forma individual, padecía.

Analicemos estas obras seguidamente

Los bufones de Corte solían ser hombres, o mujeres, algunas veces niños, enanos o deformes, que ocuparon un lugar privilegiado junto a reyes y poderosos ya en la Edad Media, y cuya principal misión era entretener, servir de momentos de ocio a la familia real, aunque sí es cierto que gozaban del privilegio de poder expresar libremente sus opiniones, y de reírse o incluso decir aquello que a nadie más le estaba permitido.

Velázquez logró extraer la esencia más pura de estos personajes. Por lo general, padecían enfermedades mentales o físicas, aunque también podían fingirlas. La sola presencia de estos personajes constituía motivo de jocosidad, si bien, en algunas ocasiones, contaban con habilidades especiales, o lo contrario, eran muy torpes. Los contrastes eran muy frecuentes.

En el Museo del Prado encontramos el retrato de Pablo de Valladolid, que había nacido en Vallecas en 1587, y falleció en 1648, tras haber estado al servicio de la Corte desde 1632. La actitud declamatoria con la que el artista le pintó hizo pintar, en un principio, que se tratara de un cómico teatral. Es evidente que este retrato es una auténtica maravilla. Se trata de una obra espléndida, en la que el fondo ha desaparecido y lo que rodea al personaje es mero aire, vestido todo él de negro y pletórico de vida. La relación del personaje con el suelo se torna complicada, pero el artista lo resolvió con inigualable maestría. La actitud del personaje, con las piernas abiertas, y el brazo derecho en claro gesto declamatorio, hacen pensar que está pintado en el momento en que iba a entretener a la familia real con sus chanzas y bromas.

Otro bufón pintado por Velázquez con incomparable maestría fue el llamado Don Juan de Austria. Aquí, el artista aprovechó el apodo del bufón y estableció la comparación entre el imbatible vencedor de Lepanto y su desventurado doble. No tenía empleo fijo en la Corte, sino que era un bufón a tiempo parcial contratado ocasionalmente y para suplir una ausencia temporal, o para reforzar la plantilla de enfermos, dementes y/o idiotas que divertían al rey español. Elk rostro tiene una expresión burlona y su cuerpo apoya sobre unas piernas larguiruchas. Sobre su cabeza luce un enorm4e sombrero, coronado por un rimbombante penacho. A sus pies, sin orden ni concierto, aparecen diversas armas, como resultado de una enconada batalla naval. La complexión de la figura es frágil, el bigotazo es ridículo y el ceño está fruncido. La mirada es esquiva y desconfiada. La batalla de Lepanto queda, ganada por el auténtico Juan de Austria, no queda más que como una triste alegoría, un remedo o, quizás, un sueño del bufón.

Velázquez pintó también al personaje llamado Francisco Lezcano. Aquí, el artista no escatimó en detalles acerca de la deformidad de este bufón. Así, lo coloca en posición sedente y no hacer ningún esfuerzo por disimular sus deformidades: una pierna atrofiada y arqueada se adelanta hacia el espectador y sus peculiares rasgos faciales están tratados con gran esmero. La ligera inclinación de la cabeza hacia la izquierda denota una cierta pérdida de control, al paso que las manos barajan, de forma distraída, un mazo de cartas, en clara simbología y significado de la locura padecida por el personaje. No hay intento de burla por parte del artista, sino tan sólo reflejar la realidad. Posiblemente, este personaje padecía oligofrenia, o algún otro tipo de trastorno mental grave.

Diego de Acedo, denominado también El Primo, es otro de los personajes que retrato el pintor sevillano. Aquí, Velázquez realzó, de forma ciertamente impresionante, el tamaño, excesivamente grande del libro que tiene entre sus manos, en abierto contraste con el tamaño, pequeño y deforme, del personaje retratado, cuyas gordezuelas manos intentan manejar, como símbolo, desde mi punto de vista, del ansia de saber y de la imposibilidad del conocimiento universal. A los pies, otro libro, abierto por una página, descansa a la espera de ser consultado. El personaje mira al espectador y su expresión denota cierta tristeza o melancolía.

Don Diego de Acedo, que, al parecer, era pariente de Velázquez, y de ahí la denominación de El Primo,, no fue propiamente un bufón, sino que ostentó la cualidad de funcionario de palacio, encargado de la estampilla con el facsímil de la firma real.

Expresivo y maravilloso desde el punto de vista pictórico es el retrato de Juan Calabazas, conocido popularmente como Calabacillas. Aquí, el artista representó a una persona privada de sus facultades mentales y, en definitiva, de su inteligencia. Este bufón fue identificado, en un principio, como el Bobo de Coria. Estuvo, en primer lugar, al servicio del Infante Don Fernando de Austria, pero, más tarde, pasó al servicio del rey, falleciendo siete años después, en 1.639. Velázquez lo retrató prácticamente arrinconado en el suelo, sonriendo de forma alelada, reflejando, así, el grave trastorno o patología que el personaje padecía. Juno a él, en el suelo, aparecen unas calabazas – y de ahí el apodo con el que se le ha conocido -, que son una clara simbología del retraso mental que sufría. “Calabazas” es un apellido que se documenta respecto a otros bufones desde mediados del Siglo XVI y hace referencia a una tara  mental, ya que existía una tradición de uso de dicha palabra para aludir a la falta de cabal juicio. La postura es extraña, pero está en armonía con la deformidad física y con la insólita expresión del personaje, que resulta conmovedora y, a un tiempo, bobalicona, es expresiva, muy gráfica, de su falta de capacidad intelectiva.

Por último, voy a detenerme en dos personajes que aparecen en el lienzo de Las Meninas, de nuestro artista, y cuyo título es, en realidad, “La familia de Felipe IV”. Efectivamente, el artista, en este portentoso lienzo, el mejor del arte universal, retrató también a dos personajes bufonescos: la enana Mari Bárbola, y a Nicolasito Pertusato. Esta enana era un personaje hidrocéfalo, de origen alemán, y a la muerte de la Condesa de Villerbal y Walther, pasó a formar parte del servicio de palacio, con paga y raciones. Paradójicamente, esta enana aparece, prácticamente, situada en el primer plano de este lienzo universal y ello ha dado pie a la historiografía para realizar numerosas especulaciones y teorías que, como siempre, deberían ser debidamente contrastadas para no caer en suposiciones más o menos disparatadas. Sí es cierto que su mirada, intensa y arrolladora, es un punto de referencia al que dirigirnos cuando tenemos ocasión de contemplar este magnífico lienzo.

El otro enano es Nicolasito Pertusato, que aparece azuzando con su pie al mastín castellano llamado Moisés. Este enano era, sin embargo, más inteligente, y llegó a ser ayuda de cámara e incluso hizo una fortuna y tenía hasta criado.

Velázquez, en definitiva, hizo alarde de conocer a todos estos personajes de la Corte española, y de relacionarse con ellos de un modo u otro. No disimuló sus carencias físicas y/o psíquicas, sino que incluso las subrayó, pero tratando a estos servidores del rey como a auténticos seres humanos y no como se había hecho en tiempos pasados, como si fueran animales. De ahí el mérito, no ya sólo pictórico, indudable, sino el profundo interés humano y afectivo que irradian estos retratos.

Vía| Dialnet
Imagen| Wikipedia

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