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martes, 12 de diciembre de 2017

Morir en la Edad Media: Ritual funerario y costumbres

La sociedad medieval distinguía entre una ‘buena muerte’ y una ‘mala muerte’ 
 
Morir en la Edad Media: Ritual funerario y costumbres
La sociedad medieval distinguía entre una “buena muerte” y una “mala muerte”: la primera era la que encontraba al moribundo en el lecho, rodeado de sus familiares y amigos y preparado para afrontar sus últimos momentos. La “mala muerte”, por el contrario, pillaba al individuo desprevenido y era con frecuencia una muerte inesperada o violenta.

Tradicionalmente, se consideraba que la muerte era una especie de sueño o letargo que esperaba la llegada del Juicio Final, pero a partir del año 1000 se popularizó la idea de un juicio particular, es decir un juicio del alma del difunto en el mismo momento de la muerte. El moribundo era tentado por los enviados del diablo y, si conseguía evitar la tentación y no renegar de Dios en estos últimos momentos, su alma era inmediatamente salvada.

Por eso, cobró mucha importancia el estar preparado para la llegada de la muerte. Tanto era así, que en cuanto una persona enferma comenzaba a dar muestras de empeorar, se dejaban de lado los cuidados corporales y se centraban en el cuidado del alma. La familia y amigos se reunían en torno al moribundo y éste redactaba su testamento y nombraba a su heredero, de esta manera se trataba de evitar el desorden que provocaba el fallecimiento. Luego, saldaba las deudas que tenía y estipulaba la limosna que quería dejar a las personas necesitadas. A continuación, el enfermo encargaba una serie de misas de difunto. Éstas eran oraciones que, previo pago, se realizaban en la memoria de la persona una vez muerta, para favorecer la entrada de su alma en el Paraíso. Por último, se distribuían los bienes materiales del moribundo. Despojado de todo lo tangible, se despedía luego de su familia y amigos. Confesaba sus pecados ante un sacerdote y se arrepentía del mal que hubiera hecho y recibía la extremaunción.

Sin embargo, el ritual de la muerte, no concluía con el fallecimiento y el entierro sino que se continuaba incluso años después de la muerte. A las misas de difunto, se sumarían los banquetes que se celebraban en nombre del difunto cada año en el aniversario de su muerte.

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