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jueves, 28 de diciembre de 2017

Propaganda de Ilión

Para unos bárbaros, para otros héroes

El caballo de Troya, por Tiepolo
Desde que Heinrich Schliemann nos descubrió las ruinas de la antigua ciudad de Troya han sido muchos los estudios que han intentado atribuir a uno de los determinados niveles el conflicto narrado por Homero (actualmente se sigue defendiendo que éste podría haber sido el motivo de la destrucción de la nombrada Troya VII). El hallazgo supuso la identificación definitiva de Ilión como una ciudad no griega situada en la entrada del Ponto Euxino, un hecho que acabaría teniendo repercusiones en la concepción que se tuvo de los troyanos; de hecho con el tiempo fue cambiando de manera muy radical. Mientras en La Ilíada encontramos simplemente la narración (revestida de mitología) de los hechos de la Guerra de Troya, a partir del siglo V a.C. nos encontramos con obras, como las de Eurípides, que mostraban una imagen muy peyorativa de los troyanos. Ahora bien, la tradición romana recogió la narración del conflicto, así como las obras del Ciclo troyano, y construyó su propia imagen, muy positiva, de un pueblo que había resistido frente al empuje de una gran unión de pueblos (la facción griega); así organizaron los orígenes de Roma, antes de Virgilio, como veremos, a partir del personaje de Eneas.

La Guerra de Troya simbolizaba la unión de todos los griegos contra un pueblo no heleno; es decir unos bárbaros. Esta misma descripción es la que podemos utilizar a la hora de hablar sobre las Guerras Médicas, y es que el concepto de bárbaro en un principio fue relacionado a los eternos enemigos de Grecia pero con el tiempo se atribuyó a cualquier pueblo no griego. Y es este mismo concepto el que nos encontramos en la Andrómaca de Eurípides. A pesar de la aplicación general que se realizaba del concepto, el problema residió en la concepción del mundo que tenía Atenas en el momento en que se convirtió en una de las grandes potencias del Mediterráneo. Así pues nació un sentimiento de nombrar bárbaro a cualquier práctica que saliera de la esquemática ateniense, viendo que incluso durante la Guerra del Peloponeso se llegó a nombrar bárbaros los espartanos. Eurípides, ateniense, nos presenta, bajo el protagonismo de la tragedia y las desgracias de Andrómaca, la concepción de bárbaro. Un buen ejemplo lo encontramos cuando Hermione habla con la protagonista: 
“[…] Porque aquí no hay Héctor ni Príamo ni oro que valga sino una ciudad griega. Has llegado hasta tal punto de inconsciencia que tienes la osadía, desgraciada, de acostarte con el hijo del asesino de tu marido y encima de tener hijos de él. Así es toda la estirpe de los bárbaros; el padre se amanceba con la hija, el hijo con la madre, la hermana con el hermano, los seres queridos van desapareciendo de esta tierra asesinados, y no hay ley alguna que lo impida. Conque, no vengas a introducir esas costumbres entre nosotros. Porque no está bien que un hombre tenga las riendas de dos mujeres. Fíjate bien; quien no quiere vivir de forma indecorosa ama con la vista puesta en una sola Afrodita patrona del lecho nupcial”.

Lo que nos encontramos con Hermione es un constante recuerdo para el lector de que la tebana no tenía ni sus mismos orígenes ni compartían las tradiciones. Tanto es así que Hermione la acusa de haber llevado costumbres bárbaras a su casa, un hecho que habría provocado el distanciamiento de Neoptólemo. Esta imagen de los troyanos no era más que la influencia de la enemistad con los persas. Desde las Guerras Médicas se dejó de ver a los de Ilion como no-griegos para pasar a una imagen más peyorativade incivilizados; y todo justificado sólo con que habían sido los predecesores de los persas. La voluntad de querer diferenciar los griegos del resto, de los incivilizados, no se ve sólo a Andrómaca sino que Eurípides vuelve a hacer referencia en Hécuba afirmando que los pueblos bárbaros nunca podrían ser amigos de los pueblos griegos. La analogía entre troyanos y persas, los bárbaros y/o incivilizados de Oriente, es un concepto que encontramos constantemente a las obras literarias, sobre todo atenienses, del siglo V a.C.; y Eurípides es uno de los mejores ejemplos que podemos encontrar.

Cabe destacar que esta diferenciación entre el mundo griego y el troyano/bárbaro no es una invención de Atenas ni de Esparta, las dos grandes potencias del siglo V a.C., sino de la isla de Egina. El primer momento en que vemos esta identificación de los troyanos como incivilizados contra los que hay que luchar es en la mitología isleña. Así pues, en la narración nos encontramos con los mirmidones bajo el mando de Aquiles, nieto de Eaco, rey de Egina. La isla aportaba guerreros sobrenaturales (tanto los soldados como el héroe) para luchar contra los bárbaros. Ahora bien, la analogía entre los troyanos y los persas sí tuvo su origen en Atenas, ya que era la propaganda política necesaria para poder conformar la gran liga Panhelénica que lucharía contra los persas; y, además, era el referente que se utilizaría posteriormente para mantener la unión de la Liga de Delos. Era, al fin y al cabo, la justificación política de Atenas para atraer las otras ciudades helenas hacia su poder.

Pero, como hemos dicho, la consideración de los troyanos experimentó un cambio con la tradición romana. Aunque a nosotros nos ha llegado la ascendencia mítica de Roma, con Eneas, gracias a La Eneida encontramos un testimonio anterior que nos referencia este pasado mitológico. El año 281 a.C. la documentación nos muestra cómo el rey Pirro de Epiro se definía como descendiente de Aquiles, lo que supondría una victoria segura contra los descendientes de los troyanos (Roma). Lo que estamos viendo es que, aunque se piensa que no de manera consolidada, en el siglo III a.C. ya se hablaba de los romanos como aquellos descendientes de Eneas. Esta misma idea es la que encontraríamos en la inscripción de Lampsaco, pero, tratándose de una ciudad de Asia Menor, la relación con Roma ya no sería la de rivalidad "histórica" ​​sino la de hermandad. ¿A qué nos remite? En la analogía ateniense entre Troya y Persia como bárbaros. Lo que encontramos es el logro de esta idea ya no por parte de los griegos sino por parte de las ciudades orientales. De hecho, cincuenta años antes ya había vuelto a salir la relación Troya-Roma en el mundo griego y es que la ciudad de Acarnas pidió ayuda a los romanos contra la invasión Etólia; el motivo que apoyaba su petición era que no habían participado en la Guerra de Troya y, por tanto, no habían luchado contra sus antepasados. Otro testigo, anterior a Virgilio, es la acuñación de moneda por parte de Julio César, ya que la representación que se puede ver es la de Eneas llevando con el brazo a su padre Anquises. Fue el propio César quien comenzó a reforzar el origen mitológico de la familia Iulia con una propaganda política, mostrando un interés por la ciudad de Ilium como si se tratara de su ciudad natal.

Es destacable la mención a Venus, pues en el fragmento de La Eneida aparece como madre protectora del protagonista, pero también aplicando lo que sería un consejo importante: los culpables de la caída de Troya no fueron los griegos sino los dioses que luchaban entre ellos: 
“[…] ¡Hijo mío! ¿Qué encono provoca en ti esa cólera indomable? ¿A qué ese frenesí? ¿Qué se ha hecho de tu amor a los nuestros? ¿No quieres antes ver dónde has dejado a tu anciano padre Anquises, si vive todavía tu mujer y tu pequeño Ascanio? En torno de ellos andan de un lado y otro rondándoles las tropas de los griegos. Y si no lo impidiera mi desvelo por ellos, las llamas los habrían arrebatado ya y la espada enemiga habría ya agotado su sangre. No es la odiosa belleza de una mujer laconia, hija de Tíndaro como tú te imaginas, ni es Paris el que debe ser culpado. Son los dioses, los dioses implacables los que están arrumbando esa opulencia y los que a Troya arrasan de su cumbre”.

Estas afirmaciones no son más que propaganda política. En el análisis hemos visto que, por una parte, Atenas se encargó de extender la consideración de los troyanos como si fueran los antepasados de los persas sólo para poder conseguir la unión Panhelénica que tanto deseaban; una acción que finalmente acabó suponiendo la conformación de la ciudad ática como una de las grandes potencias de su momento, así como la gran potencia marítima del Mediterráneo nororiental. Por otra parte, como hemos mencionado, encontramos el caso de Roma, quien en un principio utilizó su pasado mítico en Asia Menor para mantener contactos con sus orientales; hemos visto referencias de la costa Anatolia a su hermandad (Làmpsac). Pero fue más allá con la aparición de La Eneida, justificando toda acción de poder por parte de la familia Iulia, no sólo de Augusto.

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