jueves, 14 de diciembre de 2017

Que parezca un accidente

El dolor nos desapega de la vida, el dolor nos prepara para nuestro último y liberador responso: la muerte

Que parezca un accidente

El dolor nos desapega de la vida, el dolor nos prepara para nuestro último y liberador responso: la muerte. El dolor, cuando se consustancia con quién lo padece, cuando se marida, enfermiza como encarnizadamente con el cuerpo mediante el cual se desplaza, desarrolla y finalmente se desprende, construye el camino obligado, anestésicamente, el puente llamado de que somos un ser para la muerte.

Tomás tuvo la suerte de sentirlo de chico, de enfrentarse al horror, sin alguna otra arma alguna que su inocencia violada, una y otra vez, por la faceta más execrable de la condición humana. Tomás cómo reacción, como mecanismo, como lágrima inconfesable, se orinaba de niño, también se orinaba de grande. Se le rieron los adultos primero, padres, maestros, como pares, más luego los rectores de ese mundo que perversamente, permitía y gozaba que abusaran de niños como él, para luego, celosamente, imprimirle reglas, imponerle métodos, para que ese adulto olvidara como había sido tratado de niño y que fuera con estos. ¿Cómo habían sido con él?

A Tomás le costó mucho, o mejor dicho no le costó nada. Cada golpe, cada dolor, cada vejación a su alma, era resistido merced a la ausencia de esa justicia tan anhelada, a ese dios profundamente ausente, a ese mundo tan hostil para alguien que no había pedido nacer, o siquiera ser arrojado a tal lugar. Tomás en algún momento descubrió su bálsamo, la idea que pudiera sostenerlo ante tanto martirio, esos cinco segundos de tranquilidad que le imploraba a ese firmamento, mudo, indiferente, cómplice.

Tomás encontró en la muerte, a su madre, a su esposa, a su hija, a su diosa eterna que algún día le haría olvidar la traumática experiencia de su vida, que lo cubriera, finalmente, con una aterciopelada manta negra y lo condujera a la fugacidad del infinito. Tomás se permitió instantes, oasis de placer, en donde se equivocó, en donde daño, en donde se manifestó, traviesamente, a sabiendas que la cita final con la muerte no lo redimiría de todo ni mucho menos, sintió culpa, miedos varios y sobre todo, ansiedades que lo hacían caer en contradicciones.

Durante un período el coqueteo con la muerte, le resultaba sublime. Al sentirse tan próximo a ella, al pensarla cotidiana como obsesivamente, se permitió todo tipo de excesos, de posiciones al límite que lo hicieron vivir intensamente.

De a poco, sin darse cuenta, se fue despojando de todo aquello que lo retenía inercialmente. Tomás fue deconstruyendo su propia vida. Se fue vaciando de sí mismo. Lo dijo todo, lo escribió, lo gritó, lo conferenció, se lo rechazaron, se lo aceptaron, lo ningunearon, lo aplaudieron, lo reconocieron, lo olvidaron, lo tomaron, lo interpretaron, lo difamaron, lo citaron.

La partida de ajedrez con la muerte, era su vida completa, no un instante de ella o una aporía que definiera el número de un sello. Un buen momento, supo que estaba ante el último movimiento. No le sobrevino ni la angustia, ni la tristeza, ni la infelicidad. No se trataba del pasaje al acto, de un salto, de un cruce de línea. Fue simplemente el normal desenvolvimiento de un proceso natural que todos los humanos lo atravesamos, necesariamente en nuestra condición de tales.

Tomás, como algunos otros, tuvo esa ventaja, esa prerrogativa, el privilegio de ser acunado por la muerte, le brindó el saber cuándo lo inapelable se traduciría en el ensordecedor silencio que reina en el onírico mundo de las alquimias.

No sintió calor ni frío, nunca tembló. Condujo el vehículo, hacia las afueras, a la desolación de la zona rural. Caía la noche, el rojo atardecer se eclipsaba con las mortecinas luces de zonas postergadas por la civilización. Se detuvo en la gasolinera con autoservicio. Bajo, muy seguro de sí, pleno, íntegro, lo embargaba una extraña felicidad.

Pidió un café, apenas cortado con leche. Compró un habano, un cigarro, tabaco presurizado. Se sentó afuera, contempló el fin de la tarde, el ocaso del sol. Encendió el puro, cada exhalada la vivió como un clímax, como un acabose sexual. Envío el último correo electrónico, subió el último posteó. Le devolvió al mundo la última vez que lo observaría, mediante su formulación de palabras. Fue la única vez que le gusto lo que escribió y que no pensó en lo que pensarían o que harían, con ello los demás.

La crónica oficial expresaría que Tomás se accidentó mortalmente aquella tarde-noche. La muerte lo lloró, desconsoladamente, pocas veces le sucedía, pero cada tanto se topaba con esos especímenes, a los que le agarraba cierto cariño, cierta predilección. La muerte lo extrañó, al punto que cuando cede, milagrosas extensiones, inexplicables agregados temporales a los que parecen entregados a su manto, se dice que está pensando en seres como Tomás, que se queda detenida en los recuerdos de duendes como él, que danzaron tan bien con ella que por instantes le hicieron olvidar que era la mismísima muerte o que la invitaron a pensar que tal vez pudiera ser mucho más piadosa con ciertas vidas humanas en la compleja experiencia de la humanidad.

Vía| Liverdades
Imagen| Ajedrez social

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