Cinco siglos de imprenta: el alfabeto latino

La caligrafía moderna corriente se ha inspirado principalmente en los tipos de los amanuenses florentinos y romanos del Renacimiento. Hay algunos ejemplos de conversión al alfabeto latino como Turquía, que abandonó la caligrafía árabe; o Alemania, que substituyó la “Fraktur”. La expansión del alfabeto latino y los tipos romanos se ha detenido en las fronteras de la antigua Unión Soviética, aunque hay algunos indicios de adopción en algunos países orientales como China.
Los caracteres del alfabeto latino no se adecuan a las necesidades de ninguna lengua moderna, por eso se ayudan de signos diacríticos, etc. Para subsanar este problema haría fatal crear un sistema estándar aceptable para la mayoría de las naciones occidentales.


Con el paso del tiempo, cada vez son más los países que van adoptando la caligrafía latina y los tipos romanos de letras. Esto supone el abandono de su escritura y, por tanto, la perdida de las señas de identidad del país. Tanto los alfabetos como los tipos de letras peculiares de cada nación forman parte de la historia y de la cultura de las mismas. Han sido fraguados a lo largo de muchos siglos y de muchos acontecimientos históricos que la han moldeado hasta su estado actual. Pero la adopción del alfabeto latino por otros países no sería una mala idea del todo si las naciones que lo acogen lo creen necesario para la educación, el progreso o por sus necesidades económicas, industriales…como hizo Alemania o China, donde su alfabeto está formado por treinta mil caracteres y hace difícil su aprendizaje. La adopción de uno más sencillo democratizaría la educación, lo cual no quiere decir que se abandone el anterior, sino que quede relegado a los intelectuales o que sea objeto de un estudio aparte, como ocurre con otras lenguas muertas de occidente como el latín y el griego clásico.
La lengua es un signo de la identidad de cada país, y modificarla atentaría contra su idiosincrasia. La escritura sólo es una parte de la lengua que, efectivamente, debe servir como vehículo de comunicación, pero la pregunta es entre quiénes se ha de establecer esas facilidades comunicativas, ya que si ese fuera el principal y único objetivo, dada la situación globalizadora en la que nos encontramos, lo mejor sería no sólo la adopción de un alfabeto único, sino también de una lengua única, una locura imposible de conseguir. Las letras y caracteres diferentes no impiden la comunicación (existen los traductores) pero sí ponen de manifiesto la libertad de las culturas y la esencia de ellas.
Si el alfabeto latino, como opina Steinberg, no se adapta a las necesidades de ninguna lengua moderna, deben ser ellas mismas las que busquen las soluciones y elaboren sus gramáticas y ortografías. Actualmente hay muy pocas lenguas que basan su escritura en la fonética, lo cual, como decía antes, es un indicio de su historia y de su riqueza, y ello no debe cambiar a menos que sus usuarios así lo hagan a través del empleo.
Por último, me parecen muy criticable las opiniones que el autor deja ver entre las líneas de su texto, al calificar de inútiles y estúpidas posiciones y de desgraciado que los turcos hayan decidido adoptar el alfabeto latino pero sin correspondencias de sonidos con los que tienen otros países, como el checo, que tan bien les hubiese servido.
El problema de los nombres de los autores que plantea Steinberg, no lo sería tanto si se aceptara una sola forma, como actualmente se hace o se intenta hacer. Así, por ejemplo, al transcribir nombres árabes, se busca la forma que ya esté aceptada para evitar confusiones. Steinberg está jugando a ser Dios, como actualmente se critica en esos científicos que están a favor de la clonación y de la eugenesia, pretende hacer unas culturas con las mismas características para su escritura cuando tal vez no sea necesario, y eso sería perderlas.

Comentarios