El agua para los romanos ( V )
Las reservas: las cisternas y otros depósitos

En los primeros años de la República, Roma sólo disponía del agua que procedía directamente de la naturaleza. Así que para garantizar la continuidad del suministro en tiempos de sequía se recogía y conservaba el de la lluvia. Para ello, los romanos disponían de unas reservas privadas que se llenaban gracias al sistema del compluvio (vertiente del tejado) y del impluvio (recipientes que recogía el agua). El agua recogida de almacenaba en una cisterna para su uso diario. También existían una serie de reservas públicas, ya que los pozos y las fuentes podían quedarse sin agua durante las estaciones secas. Las autoridades hicieron construir depósitos públicos de gran capacidad, que se alimentaban tanto de las aguas de los acueductos como de las lluvias. Esta agua, antes de llegar a los consumidores, sufría un proceso de decantación que la purificaba en parte.
La construcción de las cisternas de grandes dimensiones solía hacerse con mucho cuidado, ya que debían soportar la presión interna del agua. Para impedir las filtraciones se empleaba el opus signinum, que era una mezcla de cal y arena de teja. Se distinguían tres tipos de cisternas: cámaras con pilares, cámaras abovedadas sin pilares y otras con varias unidades adyacentes para un sistema de decantación. El agua era sacada con ruedas hidráulicas o por el sistema del caracol a la terraza, desde donde se conducía por canales a la ciudad.

La conducción: los acueductos

El primer paso antes de comenzar un acueducto era buscar un punto de partida idóneo, preferiblemente en un lugar elevado donde el agua fuese siempre pura, abundante y regular. Una vez garantizado esto, se construía un embalse, si era necesario, cuya agua pasaría a un depósito donde se acumulaba y reposaba antes de partir hacia el acueducto. Los estanques donde se recogían no eran muy diferentes a las grandes cisternas, aunque de menor tamaño. Su función principal era elevar un poco el nivel del agua inicial y decantarla. Después, el agua circulaba por el specus, que eran canales cubiertos, herméticos y la mayoría de ellos eran subterráneos.
El siguiente paso era calcular la pendiente y trazar el recorrido del specus. El agua correría por él sin presión, únicamente a favor del potencial gravitatorio. Para hallar la pendiente se servían de la groma y el chorobates, utilizados en los trabajos de nivelación.
Los obstáculos unas veces eran evitados y otras salvados directamente por medio de grandes obras como puentes, sifones, túneles. A veces aparecían algunos defectos como malas elecciones del terreno, rupturas de la pendiente, etc.

La difusión: tuberías y depósitos
En las piscinae limariae se depositaba el agua que venía de los acueductos, donde se filtraba de nuevo el líquido antes de pasar a la red de canalizaciones que la llevarían a su destino: las fuentes públicas, las termas y otros servicios del Estado y los particulares. Las canalizaciones podían ser de madera, arcilla... ya que el plomo era peligroso según los romanos porque acarreaba “enfermedades saturninas”.


La Evacuación: las cloacas
El final del recorrido estaba en las cloacas, que con un sistema parecido al de los cuniculi, evacuaban las agua negras de la urbe. No hay que dejarse engañar ya que estos sistemas de cloacas no eran tan eficaces como los actuales. En otros casos, el drenaje de la ciudad se hacía por unos canales sitiados junto a los acerados.

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